Hoffman: «El nuevo reto es hacer ciencia con menos dinero»

Astrónomo y astronauta, participó en cinco vuelos de los transbordadores de la NASA y reparó en el espacio el telescopio «Hubble»

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Hoffman: «El nuevo reto es hacer ciencia con menos dinero»
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2 AMADOR MENÉNDEZ VELÁZQUEZ PREMIO EUROPEO DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA, INVESTIGA EN EL MIT Con el aterrizaje del «Atlantis» el 21 de julio de 2011 se cerró la era de los transbordadores espaciales. Se acababa así uno de los capítulos más largos y polémicos de la carrera espacial. Después de 30 años despegando como un cohete, volando como una nave espacial y aterrizando como un avión, las máquinas volantes más complejas jamás construidas acabarán como piezas de museo. Nos han dejado un sabor agridulce. Por el camino se han quedado miles de millones de dólares y la vida de 14 astronautas, tras los accidentes del «Challenger» y el «Columbia». Pero también nos han deparado grandes e inolvidables gestas, de las que Jeffrey Hoffman ha sido un indiscutible protagonista.

¿Astrónomo o astronauta? ¿Mirar desde la Tierra al espacio o mirar desde el espacio a la Tierra? «En la vida hay que escoger», dice Jeffrey. Y él ha escogido, pero las dos cosas. Primero, como astrónomo en el MIT, pudo contemplar las primeras «imágenes en rayos X» del Universo. Posteriormente abandonó el MIT para ser astronauta de la NASA, de 1978 a 1997, consiguiendo reparar y corregir la defectuosa óptica del telescopio espacial «Hubble». Por su complejidad y trascendencia, ha sido considerado uno de los más grandes hitos de la carrera espacial, «el segundo en audiencia tras la llegada del hombre a la Luna», puntualiza Jeffrey.

Stephen Hawking sostenía: «El nido del género humano es el planeta Tierra, pero ningún pájaro permanece para siempre en su nido». Jeffrey Hoffman fue el primer astronauta en permanecer más de 1.000 horas fuera de su nido a bordo de estos míticos transbordadores, tiempo acumulado durante sus cinco viajes espaciales. De vuelta al nido, en el año 2001 el MIT recibía a su ex astrónomo, ahora reconvertido a investigador y profesor de Ingeniería Aeroespacial. En el departamento de Aeronáutica y Astronáutica del MIT, dialogamos con una viva leyenda de la astronáutica.

-Muchos niños de su época también soñaban con viajar al espacio. ¿Cómo llega el niño Jeffrey Hoffman a convertirse en astronauta?

-Nací en Nueva York. Con mis padres solía acudir a conciertos, visitábamos museos y otros lugares como el planetario Hayden. Mi padre me llevaba a ver un nuevo espectáculo todos los meses. Disfrutaba con todas estas cosas, pero de manera especial en el planetario. Mis padres se percataron de ello y me animaron a inclinarme por este camino. Me fui a la Universidad, me gradué y doctoré en Astrofísica y pasé a ser un investigador del MIT. En ese momento, el programa espacial ya estaba en marcha y me atraía. Pero los primeros astronautas eran seleccionados del cuerpo de pilotos militares, una profesión en la que nunca estuve interesado. De hecho, los aviones no me atraían demasiado, porque no volaban ni suficientemente alto ni suficientemente rápido. Siempre me fascinaron las naves espaciales. Entonces la NASA cambió ligeramente sus planes y abrió un poco el abanico. Anunció que iba a abrir la posibilidad de ser astronauta no sólo a pilotos militares, sino también a científicos e ingenieros. Decidí presentarme y tuve la suerte de ser seleccionado en el primer intento. Así es como llegué al mundo espacial.

-Cuando se lanzó el «Sputnik» o cuando el hombre pisó la Luna, era un niño. ¿Lo recuerda? ¿Marcó esto su trayectoria?

-Sí, lo recuerdo muy bien. Mi padre me llevaba junto con algunos amigos al campo de fútbol del instituto y veíamos pasar el «Sputnik», era realmente fascinante. En los años cincuenta todo el mundo leía mucho sobre los satélites artificiales y todo el mundo esperaba verlos orbitando algún día alrededor de la Tierra. Lo que no esperábamos en Estados Unidos era que los rusos nos iban a adelantar. Creo que fue un duro golpe para América. En los colegios también veíamos por televisión los vuelos de los astronautas; nunca pensé que sería uno de ellos, aunque desde luego era un bonito sueño. Cuando el hombre pisó la Luna, recuerdo las reacciones de asombro e incredulidad entre mis amigos, lo veían como algo casi milagroso. Por el contrario, yo estaba muy feliz y emocionado, pero no sorprendido; sabía que algún día sería realidad y que sólo era cuestión de tiempo. Desde luego, todas estas cosas me marcaron.

-Del MIT han salido más astronautas que de ninguna otra Universidad o centro de investigación. Me imagino que tener a Jeffrey Hoffman como referente y tutor es una fuerte motivación.

-El MIT tiene una larga tradición generando astronautas. El mismo Edwin Aldrin, que junto con Neil Armstrong pisó la Luna en el año 1969, salió del MIT. Desde luego, el espacio es algo que suele atraer y motivar a los jóvenes, como a mí me motivaba. Cuando a principios del curso pregunto a mis alumnos cuántos quieren ser astronautas, más de la mitad levanta la mano. Muchos de ellos me piden cartas de recomendación a posteriori, cuando la NASA abre procesos de selección. Obviamente, no puedo pasar los seis meses del curso hablándoles exclusivamente de mis viajes espaciales, que sería lo que les gustaría. Tengo que hablar de algo un poco más árido, pero necesario, como es la ingeniería aeroespacial. Los requisitos para ser astronauta varían con los tiempos. Los rusos solían decir: «Primero te piden que seas muy fuerte y luego te hacen preguntas muy difíciles». Desde luego que hay que ser fuerte mentalmente y estable emocionalmente. Si yo tuviese que participar alguna vez en comités de selección de astronautas, no les daría la plaza a personas que tuvieron una vida demasiado fácil.

-Después de treinta años, con algunas cancelaciones por el medio, la era de los transbordadores espaciales llegó a su fin. ¿Puede hacernos un balance?

-Aun no siendo perfecto y habiendo costado vidas humanas, creo que el transbordador espacial es una maravilla tecnológica. Ha servido para transportar y lanzar satélites, construir la estación espacial internacional, trasladar astronautas a la misma... y para transportar y reparar en órbita el telescopio espacial «Hubble», su logro más significativo. Probablemente, nunca volvamos a tener un vehículo como éste, quizá tampoco lo necesitemos. Quizá los próximos vehículos espaciales deberán estar destinados a tareas específicas y no necesitarán ser tan versátiles como los transbordadores. Lo peor de la era, evidentemente, han sido las desgracias del «Challenger» y el «Columbia», debidas a fallos que podíamos haber evitado, como posteriormente se demostró. Comparto la decisión sobre su retirada tras 30 años, creo que ha sido la correcta. La decisión está basada, por una parte, en criterios de seguridad. Al ser viejos los transbordadores ya no eran suficientemente seguros. La decisión también obedece a criterios económicos. Cuando tienes un vehículo viejo no puedes estar gastando continuamente en reparaciones, no es rentable, es mejor hacerse con uno nuevo.

-Pero ese vehículo nuevo aún no está disponible. Estados Unidos se ha quedado ahora sin un vehículo propio para viajar al espacio y debe depender de las naves rusas «Soyutz» durante al menos unos cinco años. ¿Hiere esto el orgullo americano?

-No es una cuestión de orgullo, los rusos son buenos socios y están haciendo su trabajo. Pero no podemos depender exclusivamente de un único vehículo para ir al espacio. La NASA debería haber tenido listo un vehículo propio que reemplazase a los transbordadores cuando llegó la hora de jubilarlos el pasado año. Después de siete intentos, no lo ha conseguido. Esto es algo que se veía venir y creo que es una auténtica vergüenza para América.

-Tras la retirada de los transbordadores, se abre un período de incertidumbre en los cielos y también de oportunidades para el sector privado.

-Creo que es el momento del sector privado. A la NASA ya le ha pasado su turno. Ha invertido mucho tiempo y dinero en estos taxis de ida y vuelta a las órbitas bajas de la Tierra, hasta una tercera parte de su presupuesto. Si las compañías privadas logran desarrollar estos vehículos, y espero que así sea, lo único que tiene que hacer la NASA es alquilar sus servicios. Así salvará mucho tiempo y dinero y podrá centrarse en objetivos más ambiciosos, como es la construcción de la infraestructura necesaria para viajar mucho más allá de las órbitas bajas de la Tierra y aterrizar en otros cuerpos celestes.

-El presidente Barack Obama apuesta por un plan que permita a una nave estadounidense tripulada alcanzar un asteroide en 2025 y Marte en 2030.

-Desde luego, Marte es ahora mismo nuestra frontera final, aunque no me atrevo a dar fechas. Marte tiene mucho interés geológico y quizá biológico. También son de interés las lunas de Marte. Un asteroide sería de interés si tiene un tamaño considerable. Por ejemplo, un asteroide de 10 metros de diámetro no nos aportaría demasiado desde un punto de vista científico, aunque aterrizar en él podría servirnos de entrenamiento para otros objetivos de más envergadura, como podría ser Marte. Pero dado el alto coste, sería preferible viajar a un gran asteroide, que nos pudiese servir para ambas tareas, como misión científica y como entrenamiento. Creo que tampoco deberíamos descartar la Luna, aunque ya la hayamos visitado, pues por su riqueza geológica todavía podría aportarnos muchas cosas.

-Pero en la misión «Apollo 11» a la Luna, en el año 1969, la NASA recibía el 5 por ciento del presupuesto federal. Ahora el presupuesto se mueve entre el 0,5 y el 1 por ciento. ¿Son viables estos proyectos?

-Eran otros tiempos, eran los tiempos de la «guerra fría» en los que había que demostrar la superioridad frente a Rusia, lo que justificaba altas inversiones. Eran también tiempos de bonanza económica para América. No creo que nunca más volvamos a tener un presupuesto del 5 por ciento. Lo que tenemos es que aprender a hacer ciencia y tecnología con menos presupuesto, lo cual es un nuevo reto. Quizá también tengamos que pensar en una cooperación entre países para hacer algunos de estos objetivos más viables. Creo que, cada vez más, el espacio debería ser un lugar de cooperación internacional.

-Algunos americanos critican la inversión en el sector aeroespacial en un tiempo en el que el mundo se enfrenta a numerosas crisis.

-Lo que no sabe mucha de esta gente es que el presupuesto espacial es ínfimo en comparación con el dedicado, por ejemplo, a temas militares. Si hubiese que elegir entre el espacio y la educación, por supuesto diría que la educación. Pero si suprimimos el presupuesto dedicado al sector espacial, en torno al 1 por ciento como mencionamos, no se solucionarían los problemas del país. Todo lo contrario, América sería un país mucho más pobre. La inversión en el espacio tiene muchos beneficios colaterales, por toda la tecnología que se desarrolla. Invertir en el espacio es invertir en el futuro.

-La emergente China está apostando fuerte por la carrera espacial.

-Sí, no me sorprendería que un día los chinos pisasen la Luna. No sé cuál sería la reacción del pueblo americano. Si en ese momento nosotros ya estamos en Marte, pues simplemente les diríamos: «Enhorabuena, chicos, habéis hecho un buen trabajo, pero nosotros ya hemos estado en la Luna hace 50 años». Pero si entonces nosotros seguimos en la Tierra, sería de nuevo un duro golpe para América.

-¡Una cirugía en el espacio interestelar! En el año 1993, usted fue el encargado de ponerle unas «gafas» al telescopio espacial «Hubble», que gozaba de cierta «miopía» y nos enviaba imágenes muy borrosas del espacio.

-Efectivamente, el telescopio «Hubble» llevaba tres años en el espacio enviándonos imágenes muy distorsionadas, debido a un defecto en uno de sus espejos. Hubo que instalarle un sistema óptico corrector. También aprovechamos para cambiarle las celdas solares, otros componentes electrónicos y los giroscopios, responsables de mantener una orientación adecuada del telescopio. ¡Como astrónomo y como astronauta, ser capaz de acariciar al telescopio «Hubble» en el espacio fue lo máximo, una experiencia única! La reparación fue un éxito, aunque compleja. Cuando ahora veo diferentes imágenes del Universo capturadas por este telescopio, las siento un poco mías.

-El jefe científico del proyecto, Edward J. Weiler, declaró que «el "Hubble" ha quedado reparado a un grado que nunca hubiéramos soñado». La que ha sido calificada como «la reparación más ambiciosa de la historia de la aeronáutica» fue también una gran responsabilidad para usted en ese momento.

-Lo fue, había mucho en juego. Los astrónomos habían depositado grandes esperanzas en el telescopio tras su lanzamiento en el año 1990, pero sus expectativas se vinieron abajo. En ese momento tampoco había sido aprobada la financiación para la construcción de la estación espacial internacional. Hasta en el Congreso se burlaban un poco de nosotros. Decían: «Si no sois capaces de tener operativo un telescopio, ¿cómo podéis ser capaces de construir un laboratorio científico en el espacio?». Recuerdo que mis amigos científicos me llamaban y me decían: «Jeff, no queremos meterte presión, pero ¿crees que serás capaz de reparar el telescopio?». En la NASA me decían más de lo mismo: «Jeff, no queremos presionarte, pero sabes que está en juego el futuro de la carrera espacial». Afortunadamente, aunque no exento de dificultades por el camino, todo salió bien al final.

-¿Humanos, robots o ambos en la exploración espacial?

-Sin lugar a dudas, ambos. Combinando humanos y robots podemos realizar tareas mucho más complejas de las que sería capaz de realizar cualquiera de ellos por separado.

-¿Llegará el día en el que el turismo espacial no sea demasiado prohibitivo?

-Eso espero, viajar al espacio es una experiencia única e indescriptible. Por mucho que te digan, no es suficiente, tienes que vivirlo. Hasta ahora sólo unos pocos hemos podido disfrutar de este privilegio. Me gustaría que todo el mundo pudiese disfrutar de esta oportunidad. Si las compañías privadas apuestan fuerte y las personas empiezan a viajar al espacio, conforme aumente el número de viajeros irá disminuyendo su precio. Y así podría llegar un momento en el que ir al espacio sea relativamente asequible a un amplio sector de la población. Entiendo que hoy en día esto puede sonar a ciencia-ficción. Pero pensemos, por ejemplo, en Charles Lindbergh. Fue un héroe en su época por haber cruzado el Atlántico en un avión sin escalas, desde Nueva York a París. Lo que entonces era una gesta hoy está al alcance de muchos de nosotros.

-¿Cómo cambiaría el concepto de «ser astronauta» si muchos turistas viajan al espacio?

-No tendría por qué cambiar. Cuando la gente sea capaz de viajar a las órbitas bajas de la Tierra, nosotros deberíamos estar en otros lugares más distantes, como Marte. Eso espero, de lo contrario habríamos fracasado en la carrera espacial.

-Acaba de ser elegido miembro del equipo directivo del NSBRI, el Instituto Nacional de Investigación Biomédica Espacial. ¿Cuál es la misión de este centro?

-Todos sabemos los problemas de salud que acarrea el espacio, como pérdidas de calcio, tejido óseo y muscular, alteraciones cardiovasculares, etcétera. Todo esto se agrava si consideramos viajes de muy larga duración, como el que sería necesario si queremos pisar Marte. Allí la exposición a una elevadísima radiación sería otro factor a considerar. El Instituto se centrará precisamente en esto, en la investigación de los aspectos biomédicos ligados a la posible presencia humana en Marte.

-¿Echa de menos el espacio?

-Echo de menos el espacio, de la misma forma que echaba de menos la investigación científica cuando era un astronauta. Pero en la vida hay que escoger. Pude volver al espacio una sexta vez, pero en esas mismas fechas la NASA también me propuso ser su representante europeo. Había que elegir entre el espacio o París. En este caso, mi mujer eligió por mí y eligió París. Después de haberme tolerado cinco misiones espaciales, pensé que ahora era su turno. Era consciente de que si perdía esa oportunidad nunca más volvería al espacio, pero después de cinco misiones espaciales con éxito, también era un buen momento para retirarse como astronauta. Al mismo tiempo la oferta de París era atractiva. Allí estuve de 1997 a 2001, año en el que regresé al MIT. Y aquí sigo, con ilusión; el MIT es un lugar fantástico para investigar y compartir mis experiencias del espacio con otros investigadores y estudiantes. Imparto la asignatura de Ingeniería Aeroespacial. Por otra parte, en colaboración con Dava J. Newman, también del MIT, estamos tratando de diseñar nuevos trajes espaciales más flexibles, inspirándonos en la piel de las jirafas. Cuando miro atrás y hago un balance de mi vida, me siento muy orgulloso y afortunado.

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