Animal El inmenso poder de las creencias

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Animal El inmenso poder de las creencias
Animal El inmenso poder de las creencias  

¿Qué es lo que necesitas para ponerte en órbita ahora que se ha ido, ahora que tienes más de 21, ahora que tu animal se ha ido? Animal, él era un animal, un animal

(Animal Nitrate de Suede)

Si me obligan a elegir, diré que no me gusta, que lleva tiempo, que no es fácil ser justo. En no sé qué historia india que leí cuando Fenimore Cooper y Karl May ocupaban mis lecturas juveniles, un viejo tardaba días en responder a lo que le preguntaban. «Creí que era importante», decía cuando alguien le afeaba su tardanza.

De modo que en general me cuesta elegir, pero no siempre.

Entre el visón y la señora que lo viste tras ser gaseado me quedo con el mustélido, entre el venado orgulloso y el cazador agazapado elijo el venado, entre las caricias melosas del diputado y las esquivas de Nico, mi gato, prefiero las de mi gato, entre el galgo y el tipo que lo cuelga en un árbol cuando está acabado me tienta reutilizar el lazo. Entre el jinete que espolea y el caballo que corre, siempre el que carga.

No soy vegetariano, tampoco creo que serlo sea malo, pero entre la carne elijo la honesta mientras pueda hacerlo, el animal sacrificado por la mano, el que ha visto la luz, catado el verde y el maíz. Me creo las imágenes de cerdos mutilados, me creo lo que veo y a veces lo que me han contado. Me pregunto si le merecerá la pena el pez que agoniza a quien lo ha pescado, y maldigo de firme a quienes permiten que la mar se tiña de rojo delfín cada año en Teiji, Japón, tan civilizado. Aplico la navaja de Ockham cuando me pregunta el engominado, entre el toro y el que baila voluntariamente con la muerte me quedo con el astado. Sin desear el mal ni al que quiere ni al obligado. Es que pretenden esconder la muerte, me dicen, pues me temo que ella, y no el amor, está en todas partes. Ella está en todas partes.

Entre Ahab y la ballena me cubro de blanco, si me recuerdan al hijo de puta que arrastró a su perra atada al coche durante dos kilómetros, o el reincidente que fue grabado apaleando con un tronco a quien no se movía por fidelidad, no necesito decir quién está malgastando el oxígeno que nos fue dado. Que la tierra les pese. No entiendo a quien se deshace del gato por arañar el sofá, que es como despedir a Leo Messi por marcar un gol. Y qué decir de los desalmados que salen de cacería felina para colgar en Facebook sus fotos. Ante Admudsen matando a sus perros a correr para ganar, el Tarsero filipino que se mata cuando está enjaulado, o Laika y siete de su sucesores achicharrados en el espacio, ante los miles de bichos cegados en aras de un pelo con volumen, lustroso, denso, suave, sin lágrimas, siento un mareo y un algo ácido que moja mis labios. Un no querer saber, un no querer mirar.

Resumiendo, que entre el animal y la bestia me quedo con el animal.

Si ha pasado, está cantado; si está cantado, es que ha pasado.

Lo que ha sucedido hace unos días en Corea del norte, me ha hecho recordar el inmenso poder que tienen las creencias. Miles de personas haciendo cola para darle el último adiós a su líder, semanas de luto en las que toda celebración fue cancelada y escenas histéricas por parte de camaradas que competían por mostrar el mayor dolor posible. Y todo, porque ellos son adoctrinados, desde el nacimiento, en la fidelidad absoluta al líder y viven bajo un brutal aparato de represión que castiga duramente al que no muestra suficiente entusiasmo. Lo cierto es que no hay prensa independiente para saber lo que realmente sucede. Pero como en menor escala, casi todos hemos pasado por situaciones similares, nos imaginamos que tras ello existe un terrible miedo, totalmente impregnado en todas las células de su ser. Y ahí es donde entra el papel de las creencias. Pero, ¿qué son las creencias?

Pues son como guías, certezas, convicciones que van a suministrar sentido y orientación en la vida. O sea que, utilizadas adecuadamente, pueden ser la fuerza más poderosa para hacer el bien; por el contrario, las que ponen límites a nuestras acciones y pensamientos -como es el caso de los coreanos- pueden ser tan devastadoras como negativas.

En realidad, ninguna otra forma rectora del comportamiento humano resulta tan poderosa. De hecho, una creencia puede destapar o tapar el discurso de las ideas. Hay que recordar que todas las experiencias humanas, todo lo que se ha visto, oído, tocado, olido y gustado, se almacena en el cerebro. Si uno dice congruentemente que no puede hacer algo, tiene razón; en cambio, si dice que sí puede, entonces transmite al sistema nervioso una orden que abre caminos hacia aquella parte del cerebro que, posiblemente contenga la respuesta que uno necesitaba. Hay una frase muy interesante de Virgilio que dice: «Pueden, porque creen que pueden».

Por tanto, tenemos que reconocer que no somos hojas marchitas arrastradas por el viento. Los sistemas de creencias no son inmutables. Cualquier juicio que uno exprese, tiene su momento y ha de considerarse en relación con la época en que se formula. No es la declaración de una verdad universal, sino algo verdadero únicamente para una persona determinada en un momento concreto. Es susceptible de modificación. Las creencias negativas hacen mucho, muchísimo daño. Pero, si no gustan, se pueden cambiar. Y en un momento. Tan solo, depende de nosotros.

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