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ARQUITECTURA PERSONAL
Miguel Galano | Pintor (1) 

«Tengo un problema de fobia social que baña toda mi vida y mi obra»

«En casa ni vivíamos de cara al mar ni lo apreciábamos: no eran tiempos para mirar puestas de sol» l «A partir de la adolescencia tocar música fue un cauce en el que me sentía bien»

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«Tengo un problema de fobia social que baña toda mi vida y mi obra»
«Tengo un problema de fobia social que baña toda mi vida y mi obra»  
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JAVIER CUERVO
-Nació en Tapia de Casariego...

-Sí. Mis padres eran de La Roda pero vivían en Tapia, donde el muelle, de alquiler. Cuando mi padre hizo el chalé en la carretera, mi madre dijo: «Ah, Manolín, pra únde me llevas». La casa la hizo el arquitecto Federico Somolinos. La gente del pueblo iba a verla. Mi padre decía que había que ponerle una clave de sol porque la había pagado la música.

-Tendrían buenas vistas a los espectaculares atardeceres de Tapia.

-Mira al mar, pero nosotros ni vivíamos de cara al mar ni lo apreciábamos. Era una casa con cortinas. El escultor César Montaña, muy playero, estaba solo en la arena. No eran tiempos para mirar la puesta de sol. Mi padre trabajaba en cinco cosas: era corresponsal de banco, llevaba la contabilidad de alguna empresa? No había podido estudiar, pero se arreglaba muy bien con lo que había aprendido en la escuela. Dibujaba bien. Habría sido un excelente arquitecto. Tocaba el saxo y el piano. De chaval iba andando de La Roda a Tapia dos días a la semana para recibir las clases de música.

-¿Cómo era en casa?

-Recto, disciplinado y riguroso. Era funcionario del Ministerio de Trabajo, pero su vocación era de dinamizador cultural. Dirigió la orquesta «Allegro», de veintitantos miembros, que tocaba en los pueblos del Navia al Eo, mucho hacia el interior, y escribía obras de teatro, las ensayaba con actores, las dirigía, cobraba las entradas, todo. Un amigo le dice que sacaba el córner y lo remataba de cabeza. Con el reconocimiento de la fala por la Academia de la Llingua le publicaron algunas cosas.

-¿Le gustan a usted?

-Lo que más, sus cuentos, porque en ellos mezcla su memoria prodigiosa y su inventiva de hombre que ha ido siempre con los ojos muy abiertos.

-¿Cómo se relacionaba usted con él?

-Me cuesta contestar. Tengo un problema de fobia social que baña toda mi vida. El crío puede con todo, pero creo que no fui un niño feliz. Ya en párvulos tuve problemas para relacionarme. Las dificultades de esa «cojera» lo invaden todo y mi pintura no se entiende sin conocer ese dato. Pintar me salvó la vida porque, además de una afición, es medicinal. Mis relaciones con todos eran dificultosas, incluido mi padre.

-¿Y su madre?

-También. Es una barrera de nacimiento. Creo que mi madre -Élida, ya murió- también tenía esto pero no se vio tan expuesta socialmente como yo. Si tienes vértigo y vives en un bajo, no es lo mismo que si resides en una torre.

-¿Cómo era?

-Retraída. Cuando me diagnosticaron, leí que uno de los síntomas es que no quieres comer en público. Salvo el día del Carmen o en Nochebuena, mi madre comía después de nosotros, sola en la cocina, a veces de pie. Mi hermana también era muy retraída. Mi padre tiene algún problema de nervios. Vino a Oviedo por neurosis al mismo médico que había ido su padre.

-¿Cuántos eran en casa?

-Después de un niño que murió a los dos meses de nacer, vino mi hermana Leli, seis años mayor que yo, apasionada de la Historia, que estaba en la Universidad, en el departamento de Juan Ignacio Ruiz de la Peña. Murió en 1992, a los 42 años, de un cáncer linfático.

-Siendo usted niño, llegaron los veraneantes.

-La casa tenía una parte más noble, donde vivíamos en invierno. En verano la alquilábamos e íbamos a vivir a lo que llamábamos el sótano, que era la planta baja, cien metros. La planta de abajo tenía vistas a un prado y la de arriba a la carretera y dábamos más valor a la carretera. Cuando vinieron tiempos mejores, en los setenta, hicimos mejoras en el sótano y era lo que alquilábamos. Entonces todas las casas se alquilaban porque no había hoteles.

-¿Qué tal estudiante fue?

-Aprobaba todo, pero tenía más dificultades con las matemáticas y la física. Ahora que sé que me gusta el razonamiento me pregunto si con otro profesor? En dibujo era mejor. Nicolás Cancio, el boticario, me cogía en brazos, me subía al mostrador y me decía: «Dibuja un barco», y yo lo resolvía. Con 11 años me compraron en Lugo -que era hacia dónde íbamos, más que a Oviedo- unos óleos y un libro de cómo dibujar. En Ribadeo, adonde se iba en barco, me compraban pinturas marca Zuloaga y las primeras láminas de dibujo. En verano iba a La Roda, a casa de unos tíos, y pasaba diez días pintando, ya entonces, paisajes con casa en unos cartones entelados. Dicen que al tío Emilio le hice un retrato de admirable parecido.

-Pintar es una actividad solitaria.

-Eludía los juegos de grupo y no hacía deporte, salvo un poco de ping-pong. Los dos juguetes a los que dediqué más horas fueron una arquitectura de madera con piezas de colores y un Meccano que me regalaron con el que hice todas las figuras que traía el prospecto y luego otras que inventé. También hice muchos recortables. Cuando se acabaron los modelos de la tienda, los hacía yo: dibujaba, pintaba, recortaba y pegaba. Había hecho también muchos cuadernos de colorear, con sumo cuidado, sin salirme de la línea y sin empezar una lámina hasta haber terminado la anterior.

-En resumen, fue niño pintor.

-A los 14 años fui al concurso de pintura al aire libre de Ribadeo y gané en pintura y en dibujo, al óleo y los carbones. En sexto de Bachiller nos hacían pruebas de orientación y había que escribir los tres estudios que preferíamos hacer. Puse Bellas Artes. El profesor me dijo que tenían que ser tres y yo contesté que no, que iba a hacer Bellas Artes. Añadí dos por imperativo legal.

-¿Qué decían en su casa?

-No tuve ningún problema. Mi padre se asesoró por un amigo, Juan Seijo, que conocía a César Montaña, quien nos habló de la considerable dificultad de la prueba de acceso. Mi padre se había hecho a la idea que debía dibujar mucho en agosto y examinarme en septiembre, pero Montaña le contestó que era mejor si descansaba y en septiembre hablábamos.

-En 1974 fue a Madrid.

-Directamente desde Tapia, sin apenas conocer una ciudad mediana como Oviedo. Era consciente de que debía prepararme durante todo aquel curso para hacer una prueba de acceso que, según el número de plazas y la capacidad de los concurrentes, podía costarme uno, dos o tres años. Me puse a ello con la disciplina de siempre y con un inmenso placer. Hubiera subido el Everest.

-¿Qué sentía?

-Fluidez. Dibujaba ininterrumpidamente. En el estudio mis dificultades sociales desaparecían y lo pasaba bien. Quería ir a guateques, pero me causaba problemas. No es por contar sufrimientos, pero lo pasé mal porque un chaval de 17 años quiere lo que quieren todos los chavales de 17 años.

-¿Dónde pasó el primer año?

-En una residencia en la que había jugadores del Atlético de Madrid. Compartí habitación con Pepe López-Maeso, que luego jugó en el equipo español de Copa Davis. Como había jugado al ping-pong, un día lo reté. Él se descojonaba. Lo gané y él no podía entenderlo.

-¿Veía museos?

-Los fines de semana, muchos, de todo tipo, no más el Prado que el Arqueológico. Dibujaba diez horas diarias. Iba al Museo de Reproducciones Artísticas, un lujo, y pasaba allí la mañana copiando esculturas buenísimas, primeras copias. Aparecí con un lápiz carbón y un difumino y empecé a ver tíos con un estuche en el que tenían lápices, distintas gomas, trapos, medidores, una plomada... Por la tarde, de 4 a 7, acudía a una academia de artes y oficios donde me preparaban para el ingreso junto a estudiantes de Arquitectura que tenían que enfrentarse a una asignatura de dibujo muy exigente. Uno de mis preparadores fue el sevillano Hernández Quero. Años después fui allí profesor de Dibujo. De siete y media a nueve y media me acercaba al Círculo de Bellas Artes a dibujar con modelos vivos. Allí vi la primera mujer desnuda de mi vida. Progresaba muy rápido. En junio me examiné y entré.

-¿Qué vida hacía en Madrid?

-Salía poco. Cuando murió Franco, los compañeros que estudiaban Periodismo lo vivieron como parte de su profesión. Yo no tenía conciencia política y lo viví con indiferencia. Igual años después, cuando el 23-F. La Escuela de Bellas Artes no era de mucho barullo. Recuerdo a la Policía disolviendo a caballo las manifestaciones. Yo sorteaba todo aquello. No tenía ninguna conciencia política y, cuando la fui teniendo, nunca fue con mucha fe. No sentí esa llamada de la acción y la participación.

-¿Era usted distinto al volver Tapia en verano?

-En Madrid me hice un mapa profesional y me dio seguridad superar la prueba de entrada en la Escuela, porque era un triunfo... pero mis relaciones no mejoraron. Me costaba saludar. Me movía algo mejor en el círculo del pueblo. Los de mi generación estudiábamos y nos veíamos en vacaciones. Peter y Robert, los surfistas australianos, habían llegado hacía unos años y había movida en torno al mar, aunque yo no pisé la playa. Estuve de camarero en «Las gaviotas», en la playa, pero iba vestido como ahora. La fobia afecta al cuerpo y a que no lo puedas mostrar en público. Tuve un amigo, Nando, al que tampoco le gustaba la playa y le encantaba la música.

-¿Oírla?

-Yo tocaba la guitarra. Él, la guitarra, la flauta y cantaba. Ahora me espanta pero en la adolescencia íbamos en la onda de «El cóndor pasa», de «Aguaviva», del folk... Mi padre tocaba en misa y yo aprendí cuatro acordes en el armonio para el oficio del sábado. Aprendí los salmos, los cantos, «el cordero de Dios» y, como me gustaba mucho Santana, a la música de la elevación le daba un algo de «Samba pa ti».

-¿Eran muy de iglesia?

-Sí. La dejé al ir a Madrid. Como si apagara un interruptor. De pronto, no le vi sentido. Eso no me impidió seguir relacionándome con la música de iglesia. En Madrid coincidí con Alfonsito -Alfonso Román López-, que estudiaba Informática y que canta muy bien. Es de Castropol e hicimos juntos cursos de Bachiller. Era muy distinto de mí, muy abierto. Cuando la OJE, era jefe de escuadra y en clase era quien defendía en la tarima los trabajos de grupo. El primer año en Madrid contactamos con coros de iglesias. Yo tocaba la guitarra y él cantaba. En Tapia también.

-¿Y su fobia social? El público...

-El pie siempre me tembló en los pedales del armonio pero, a cambio, el placer de tocar era muy grande. El lugar más moderno de Tapia entonces era El Rincón del Pescador, del pintor Jomar y de su hermano Roberto. Allí había música y tocábamos Nando y yo, que llegamos a tener un repertorio de hora y media. Me acuerdo de ir por Tapia y que me preguntaran: «¿Bajáis hoy a tocar?» Era tremendo porque me conocían. Al tiempo, el alcohol desinhibe.

-¿Tomaba muchas copas?

-Entonces no. Igual tomo más ahora. Mis amigos eran mucho más bebedores. Los del mar, algo mayores que nosotros, le pegaban mucho.

-La música fue importante.

-Sí. Participamos como aficionados en concursos y festivales de Cartavio, en un salón grande, y del cine Fantasio, en Navia. Competíamos con veinte o treinta grupos. Yo organizaba, elegía la canción, dirigía los ensayos. Entonces ése era mi cauce, algo donde me sentía bien. Cantábamos Luis del Mourín, Marcos, Alfonsito, Beatriz de Teléfonos, Nando, Angelines, Antonia, Teresa...

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