El arma de Urbizu se enfrenta al bisturí de Almodóvar

«No habrá paz para los malvados» y «La piel que habito» parten como favoritas, dos grandes y turbadoras películas que salvan a duras penas la pequeña y mustia cosecha del cine español

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El arma de Urbizu se enfrenta al bisturí de Almodóvar
El arma de Urbizu se enfrenta al bisturí de Almodóvar  
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2 TINO PERTIERRA Amores que matan. Recuerdos que sudan sangre. Ajustes de cuentas a quemarropa. Cabalgadas crepusculares antes de morder el polvo la última leyenda. Quienes acusan al cine español de repetirse cual cebolla de pocas capas se quedan sin argumentos este año a la vista de los títulos que aspiran a llevarse un «Goya»: hay una mezcla de géneros que revitaliza el cine de Pedro Almodóvar (La piel que habito, intriga, pasión, humor y jirones de ciencia ficción en incomprendido y memorable cóctel explosivo), hay un thriller bronco y tajante que hace justicia con Enrique Urbizu (No habrá paz para los malvados), hay una recreación de la España ensangrentada (La voz dormida, un regreso nuevamente amartillado de Benito Zambrano a la denuncia armada de emoción), y hay... ¡un western con todas las de la ley! (Blackthorn, la apuesta audaz de Mateo Gil por un género con el que pocos se atreven, incluso en Estados Unidos).

Las previsiones apuntan a un éxito más o menos arrollador de No habrá paz para los malvados, que repetiría así el fenómeno de Celda 211: cine de género con buenos resultados en taquilla y factura impecable, implacable en muchos sentidos. Al margen de los méritos reales e indiscutibles de la película, su éxito serviría al mismo tiempo para rendir merecido homenaje a un cineasta que es una rara avis en el cine español: Urbizu es uno de esos casos insólitos de cineasta artesano y autor al mismo tiempo, que puede rodar o escribir un encargo con eficacia probada y embarcarse luego en proyectos tan personales como La caja 507 o esa obra maestra que sólo hemos visto cuatro, La vida mancha. Su trabajo en No habrá paz... es tan austero como rotundo, tan preciso como sugerente. Aunque el guión sufra de alguna arritmia (sobre todo en la trama paralela de la jueza), el resultado, con su mezcla de dureza crepuscular y sarcasmo corrosivo (un héroe por accidente que evita una masacre cuando lo que realmente busca es acabar con quienes pueden arruinar su vida), es notable y perturbador.

Como perturbador es el proyecto más osado (y odiado en muchos casos) de Pedro Almodóvar. Tras el patinazo de Los abrazos rotos, con La piel que habito da un portazo a su carrera anterior para narrar, con extremada gravedad y enfermizo romanticismo, una historia de amor inclasificable, con un juego perverso y rompedor de la sexualidad errante. Sin apenas humor en sus imágenes meditadas al máximo y aún así nada acartonadas, Almodóvar ofrece un ejercicio de suprema elegancia y concisión que emociona e inquieta a quienes admiran su propuesta, y que irrita y aburre a quienes la rechazan de plano. El tiempo la pondrá en su sitio, con «Goya» o sin «Goya»: sus posibilidades en los premios, teniendo en cuenta la poca simpatía que despierta el cineasta en muchos sectores de la Academia, por mucho homenaje que le regalara Alex de la Iglesia en sus tiempos de «reconciliación», está en la cuerda floja.

Frente a estos dos favoritos, ni La voz dormida ni Blackthorn parecen serias aspirantes al título principal. La primera es todo buenas intenciones, pero salvo algunas interpretaciones de gran nivel, no aporta nada perdurable, y el atractivo western de Gil se antoja demasiado «marciano» como para recibir el espaldarazo. Se echa de menos la presencia de obras como No tengas miedo, un Montxo Armendáriz injusta y vergonzosamente olvidada. Santiago Segura se quejó de que su Torrente se quedara fuera, pero seamos serios: aunque su producto funcionó muy bien en taquilla, enhorabuena, amiguete, suena a broma pesada pretender que se valore como cine de valor artístico semejante sucesión de chistes cutres, rodado con extremada torpeza y habitado por famosetes que de actores no tienen nada.

Si se confirman los buenos augurios para No habrá paz para los malvados en las categorías de película y director (esperemos que no se caiga en el error que a veces cometen los «Oscar», premiando la obra y dejando fuera a su principal responsable), el efecto dominó le daría todas las papeletas a José Coronado por su fiero trabajo, con el que sepulta cualquier duda que pudiera despertar por su pasado como actor adorno. Su victoria tendría un mérito doble por la calidad de sus rivales: el mejor Antonio Banderas desde Átame, un Daniel Brühl que lo borda en la estimable Eva, y Luis Tosar, aunque su trabajo en Mientras duermes no coja la altura de sus mejores logros.

Donde reina una incertidumbre total es en la categoría de mejor actriz. Quizá tenga una ligera ventaja Salma Hayek por aquello de ser corteses con la estrella llegada de fuera, aunque su aceptable interpretación en La chispa de la vida, la aguada película de De la Iglesia, no posea la fuerza que sí acompaña a Verónica Echegui, Elena Anaya o Inma Cuesta. En el área de los intérpretes secundarios suele haber una incertidumbre total casi siempre, aunque también se suele dar una cierta querencia a la sorpresa, dejando de lado a los más consagrados. Si fuera así, Juan Diego o Lluís Homar podrían ser desplazados por Juanjo Artero o Raúl Arévalo, y Maribel Verdú y Pilar López de Ayala por Ana Wagener o Goya Toledo.

Más de lo mismo con el mejor director novel, aunque Kiko Maíllo ha tenido muy buenas críticas por su Eva, respaldo que no han tenido sus competidoras. El guión original, si hay riada de No habrá paz..., se lo llevarán con justicia Urbizu y Michel Gaztambide, salvo que se quiera dar a Woody Allen un regalito por su simpática pero endeble faena de desaliño en Midnight in Paris. Como guión adaptado, todo lo que no sea premiar a Almodóvar por La piel que habito sería un error: ni Katmandú, ni La voz dormida ni Arrugas le hacen sombra, aunque la última de ellas sí está bien escrita. De hecho, tiene casi seguro ganar como película de animación.

¿Volverá el gran Alberto Iglesias a coger tu «Goya» gracias a su trabajo formidable en La piel que habito? Sería lo justo, aunque resulte ya previsible. Tiene José Mota muchas opciones de llevarse el premio a actor revelación, pero su fama le puede perjudicar frente a tres desconocidos como Jan Cornet, Marc Clotet y Adrián Lastra. Por contra, María León parte con cierta ventaja en La voz dormida. Y, si bien todas las candidatas tienen una fotografía cinco estrellas, el trabajo de José Luis Alcaine en La piel que habito tiene un plus de creatividad y riesgo que lo hacen distinto, especial, puro arte maduro.

Aunque no sea una categoría relevante, puede tener cierto morbo la correspondiente a mejor película europea. ¿Se llevará el «Goya» al agua la excelente adaptación de Jane Eyre, la pompa esteticista de Melancolía, el trabajito de cámara de Un dios salvaje o la multipremiada The Artist? Se admiten apuestas.

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