MEMORIAS [1]
Etelvino González, ex dominico, militante del PSOE y fundador de la asociación Cubera 

«´Dios nunca abandona al buen marxista´, nos decía Tierno Galván»

«La noche después de la matanza de los laboralistas de Atocha descubrí a un Felipe González sereno y lúcido y me sedujo por completo, pese a las reticencias que teníamos los socialistas de Madrid»

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Etelvino González, en su domicilio de Villaviciosa, con la plaza del Huevo de fondo, durante la conversación con LA NUEVA ESPAÑA.  / juan plaza
Etelvino González, en su domicilio de Villaviciosa, con la plaza del Huevo de fondo, durante la conversación con LA NUEVA ESPAÑA. / juan plaza 
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Etelvino González, ex dominico, militante del PSOE y fundador de la asociación Cubera

J. MORÁN, VILLAVICIOSA Etelvino González López (Amandi, Villaviciosa, 1937) contempló de niño, durante la posguerra, a las personas que se desmayaban de hambre en la hilera que les llevaba a las tiendas de la Villa, en busca de los escasos aprovisionamientos que se distribuían. Aquella visión influyó en su vocación, «tanto en la religiosa como en la social», y bajo el influjo del misionero asturiano Fray Melchor de Quirós ingresa en la orden de los Dominicos. Estudió Filosofía en Cantabria y Teología en Salamanca, el gran templo español de la Filosofía Tomista. Presencia el Concilio Vaticano II durante esa etapa y experimenta las tensiones entre los sectores contrarios y los favorables a la reforma de la Iglesia, particularmente en Asturias, ya que es destinado a Oviedo al finalizar sus estudios.

Le sobreviene entonces la crisis sobre su vocación y es enviado a Madrid y posteriormente a Barcelona, donde se licencia en Filosofía, da clases y colabora en la Editorial Planeta. Se traslada después a Madrid, donde colabora con la Fundación Friedrich Ebert, del Partido Socialdemócrata Alemán. Para entonces ya es militante del PSOE y en 1979 entra en el Ayuntamiento de Madrid de la mano de Alonso Puerta. Trata con el alcalde Tierno Galván, «un personaje curiosísimo, especie única, que una vez nos encontró a varios en un pasillo y preguntó: "¿Qué?, ¿están ustedes conspirando?", para después añadir: "Dios nunca abandona al buen marxista"». Al mismo tiempo, Etelvino González asiste a la reconstrucción del PSOE en España durante los años setenta, con episodios como el de «la noche después de la matanza de los abogados laboralistas de Atocha, cuando descubrí a un Felipe González sereno y lúcido, que me sedujo por completo, pese a las reticencias que teníamos los socialistas de Madrid hacia el socialismo andaluz».

Años después se afinca de nuevo en Asturias para dirigir el Orfanato Minero. «Yo desconocía ese medio, pero pude tener entonces constancia de problemas muy importantes de las familias mineras». Su relación con los socialistas asturianos venía de atrás, por ejemplo con Juan Luis Rodríguez-Vigil, «que también es una especie única». Tras su jubilación como director del Orfanato Minero dirigirá la Fundación José Barreiro del PSOE. Fue también fundador y es presidente de la Asociación Cubera, de Amigos del Paisaje de Villaviciosa.

La investigación y la publicación de estudios ocupan en la actualidad su tiempo. Es autor de obras como «Socialistas de Villaviciosa durante la II República», «Socialistas y católicos en Asturias. Un debate histórico (1919-1920)» y «El pontificado de Martínez Vigil y el socialismo asturiano». Ha estudiado particularmente a Palacio Valdés, a Unamuno y al dominico Padre Gafo. Sus «Memorias» para LA NUEVA ESPAÑA se publican en esta primera entrega, más otras dos, mañana, lunes, y el martes.

«Tengo el honor de haber sido quien puso a las niñas de San Ildefonso a cantar la lotería nacional»

Bajo bombas y puentes. «Nací en Amandi (Villaviciosa), concretamente en Valbucar, en los últimos días de la Guerra Civil en Asturias, el 7 de octubre de 1937, a las tantas de la tarde y con la aviación soltando bombas en aquel mismo momento. En esa época, en septiembre y octubre, había bombardeos todas las tardes, preparando la entrada de los nacionales. Conocí muchas casas de la Villa que hoy están levantadas y son magníficas, pero que entonces quedaron destruidas, en grandes solares. Nada más nacer nos cogen a mi madre y a mí y nos llevan debajo de un puente que está allí mismo, en Valbucar. Después ya me criaron en la villa. Mi familia, por parte de mi padre, José González Basurto, es de Amandi, y concretamente de La Parra y esa zona, y por parte de mi madre, Paz López Fernández, son de la Villa, pero procedían de Puelles y Cazanes. Y tuve un bisabuelo vasco, Juan Basurto Eguía, natural de Deva, en Guipúzcoa, que vino a Asturias a trabajar en la construcción de la carretera de Infiesto. Él tiene dos hijos, Etelvina (mi abuela paterna) y Manuel, que funda Vidrios Basurto, primero como Sociedad Basurto, Milla y González. Con los parientes Basurto guipuzcoanos sigo teniendo relación, pero salvo ese bisabuelo toda la familia es asturiana. Mi abuela Etelvina tuvo unos cuantos hijos, entre ellos mi padre, y también otro hijo, Etelvino, el más pequeño, que muere en el frente en el río Nalón, durante la guerra, desaparecido a la altura de San Esteban de Pravia. Bajas por la guerra, únicamente hubo esa en la familia, aunque luego hubo tíos en un lado y en otro. Pero no fue una familia castigada por la guerra. Yo he tenido dos hijos. El mayor, Ricardo Basurto, acaba de cumplir 40 años y es diseñador gráfico, muy prestigiado en Madrid. Tiene un hijo, Diego, de 14 años, que es un cerebrín. Y mi otro hijo, Ignacio, estudió Derecho en Oviedo, vive en Sevilla y trabaja en una fundación de emprendedores. Este tiene una niña, Paola, que va a hacer 5 años, una preciosidad y una pequeña bruja».

Un pan malísimo. «De mis padres nacimos cinco hermanos, de los cuales vivimos dos y mi hermana vive en Avilés. Yo fui el más pequeño, con mucha diferencia de años. Mi padre tuvo una panadería, primero en Amandi, porque ya mi abuelo era panadero. Luego la trasladó a aquí, a la Villa, y vivíamos encima. Mi madre colaboraba mucho en tareas del negocio, pero fundamentalmente se dedicó a la casa y a los hijos. Pasé la infancia en Villaviciosa y quizás el recuerdo más fuerte que tengo de mis primeros años son las colas del hambre. Yo no pasé hambre; no podría decir lo contrario, era un niño pequeño burgués y bien situado. Pero me impresionaba mucho la gran cola de hambre en la calle de la Magdalena, que llegaba hasta la plaza del Huevo. Eran colas de la posguerra para llegar a donde fuera, a las tiendas, concretamente, y a la panadería de mi padre. Y los que esperaban, llegaban o no llegaban, es decir, alcanzaba el pan o no alcanzaba, un pan malísimo porque llegaba una harina que era una porquería. Y ver a las personas que se desmayaban por el hambre me producía una impresión que he tenido siempre muy viva y quizás ahí radicó un poco mi posterior vocación, tanto la religiosa como la social».

Detrás de Fray Melchor. «Fui al colegio de San Rafael, como párvulo, y luego pasé al colegio de San Francisco. A continuación estudié dos años en Valdediós, los dos últimos años de vida del monasterio como Seminario Menor. Formé parte de la generación que cerró Valdediós y allí fui condiscípulo del padre Ángel García, gran amigo, o de Ovín de la Vega, el director de la Coral de Villaviciosa. Ingresé en el seminario porque cuando estaba estudiando primero de Bachillerato nos hablaron de las misiones y los misioneros y me fui a Valdediós para ser misionero. Y después, cuando Valdediós se cierra, en el año 1951, es la época previa a la beatificación de Fray Melchor de Quirós y me voy detrás de Fray Melchor, a los Dominicos. De Valdediós tengo gratísimos recuerdos. Recuerdo mucho el frío, el hambre, pero eso no era nada. Allí fui muy feliz durante los años de estudio, igual que durante la Filosofía con los Dominicos, y la Teología en Salamanca. Fui totalmente feliz, totalmente. Yo deseaba aquello; me estaba preparando y realizaba muchas actividades, aparte de los estudios. Tuvimos un estudio de radio, un periódico y una academia de Literatura, todo durante la Filosofía y la Teología».

Rigor y espiritualidad optimista. «Al ingresar en los Dominicos voy un año a Corias (Cangas del Narcea) y después entro en el noviciado de Palencia, donde tuve un maestro de novicios que era un santo, el padre Merino, que tiene introducido el proceso de canonización. Después estudié tres años de Filosofía en Las Caldas de Besaya, en Cantabria, al lado de Torrelavega, y más tarde cinco años de Teología en la Facultad de San Esteban de Salamanca, donde hace unos días estuve pronunciando una conferencia sobre el padre Arintero, dominico, y su relación con Miguel de Unamuno. Yo no conocía de nada a los Dominicos, pero ya digo que llegué a ellos por fray Melchor, que había estado y muerto en Tonkin (Vietnam), y yo me dije: "Allá me voy". Los Dominicos se caracterizan por dos cosas: primero, por el rigor en el estudio; el lema de "Veritas", la verdad, se lleva al máximo, aunque puedes estar en tesis que luego abandones. Pero ese afán por buscar la verdad y la objetividad yo lo he observado en todo los compañeros. Y segundo, una espiritualidad muy abierta, hoy diríamos optimista. Todo esto iba unido a una gran confianza con los formadores y profesores. Son dos rasgos fundamentales que, además, destacamos mucho cuando hablamos entre nosotros, los antiguos compañeros».

Arquitectura de Santo Tomás. «En Palencia pertenecí a un curso que era pequeño, de treinta y tantos compañeros, porque el año anterior a nosotros habían sido 62. Y en Salamanca, en los cinco cursos de Teología éramos doscientos alumnos, cuando ya se habían hecho las sucesivas selecciones y demás. Durante los estudios de Filosofía me enganché a la Sociología, y concretamente recuerdo que había un libro, "Filosofía del comunismo", de un agustino, Charles McFadden, que yo pedí a mi padre que me lo buscara, y él recorrió todo Oviedo y todo Gijón, hasta que lo consiguió. Luego lo perdí y finalmente lo he vuelto a encontrar en una librería de viejo, y lo conservo. Tuve algunos profesores señalados, como el asturiano Jesús Rodríguez Arias, un profesor de Lógica impresionante. Y también otro que ya murió, que nos dio el Tratado de la Ley, y sobre todo nos hizo ver la arquitectura, yo diría que estupenda, maravillosa, de la obra de Santo Tomás de Aquino».

Reforma de la Iglesia. «A Salamanca la llamábamos "la nevera del Tomismo", y lo hacíamos en los dos sentidos de la palabra, por el frío y porque era un tomismo muy riguroso, que contrastaba, por ejemplo, con el de los franceses, de Congar, o de Chenu, o el de los holandeses, como Schillebeeckx. Estos teólogos dominicos, aun siendo tomistas, eran muy abiertos y nosotros los jóvenes teníamos una gran afición a leerlos. Leíamos casi a hurtadillas a aquellos que unos años después iban a ser los padres del Concilio Vaticano II. La convocatoria del Concilio me pilla en los primeros años de Teología. Llego a Salamanca en 1957 y el Papa Pío XII muere en octubre de 1958. Juan XXIII convoca el Concilio en enero o febrero de 1959. Se produce entonces una gran revolución mental, porque en muchos aspectos eran cosas que ya nosotros sentíamos y por las que pugnábamos, pero esos enfoques conciliares estaban rigurosamente vigilados, ya que no se consideraban teológicamente correctos. Pero unos años después se celebra el Vaticano II y pasan a ser lo teológicamente correcto. Y en ello estriba mucho la crisis de toda la generación a la que yo pertenecía. Y si digo toda la generación no es por quitarme la responsabilidad de encima. Había una inmadurez personal, porque habíamos entrado allí de críos y habíamos vivido en una reserva, prácticamente. Y, por otra parte, vino la revuelta intelectual. Recuerdo que el gran sueño era leer el libro «Verdaderas y falsas reformas de la Iglesia», del padre Congar. Y, claro, decir entonces "reforma de la Iglesia" era blasfemo, y casi herético. Pero unos años después el Papa decía: "Ecclesia semper reformanda", la Iglesia siempre se está reformando. Este es el ejemplo de una tesis discutida, pero había muchas más; aquello se ponía patas arriba y había grandes tensiones».

Dominicos castigados. «Los dominicos franceses, que fueron castigados, o los sacerdotes obreros en Francia, que recibieron un batacazo, eran movimientos que nos atraían. Y en Salamanca convivían con nosotros unos estudiantes dominicos holandeses. Fui muy amigo, sobre todo, de uno que ya murió, Jordan Wilberger, y ellos nos traían otros aires, porque venían directamente de las clases de Schillebeeckx. Y así anduvimos, no diré que con mucha angustia, pero sí con tensión y con ilusiones. Íbamos a renovar la Iglesia y el mundo, y eso no nos causaba una crisis, sino que ésta vino por desfondamiento, por decepción, porque llegó en el choque con la realidad en las casas de dominicos a las que te destinaban. Eso ya era otra historia. Inicialmente estuve destinado a México, a Copilco, que era una casa que tenía la Universidad de México. Mi misión hubiera sido organizar cursos de Sagrada Escritura y para ello iba a acudir antes, durante dos años, a la Escuela Bíblica de Jerusalén. Así que mi gran tirón en la Teología fueron las materias bíblicas, y por eso estudié intensamente el griego y el hebreo».

Desbordamiento. «Pero cuando terminé los estudios en Salamanca mi padre estaba muy enfermo, y de hecho murió unos meses después. El propio provincial me dijo que me viniera a Oviedo, donde estuve de profesor y estudié los años comunes de Filosofía y Letras en la Universidad. Y estuve muy metido en movimiento especializado de la Acción Católica, la JOC y la JEC. En concreto Tarancón me nombró consiliario de la JIC, la Juventud de Medio Independiente católica, una cosa diferenciada de la JOC, la Juventud Obrera Católica, y de la JEC, la Juventud Estudiante. La JIC estaba formada por chicos y chicas que no eran ni obreros ni estudiantes, sino profesionales. También estuve trabajando en los Cursillos de Cristiandad y me moví mucho. Visto desde el presente, creo que ese fue un cierto problema: el del desbordamiento personal. Lo digo con toda sinceridad porque a estas alturas de la vida uno reflexiona sobre los pasos dados y hubo un momento en el que yo me sentí fuera».

Todos vigilados. «Vine a Oviedo en 1962, el año de la "huelgona", que había seguido desde Salamanca, por los escasos datos que nos llegaban. En esa época final de Salamanca, además de esos estudios más intensos de griego y hebreo mi pillé un gran atracón de Unamuno, que era "un gran revulsivo", como luego me decía don Gustavo Bueno en Oviedo, del que fui discípulo y con quien traté. Y también me entusiasmé con aquel jesuita, Yves Calvez, que en Taurus publicó la obra "Marx y el marxismo". Las tesis y la doctrina de las alienaciones me deslumbraron, pero nunca tuve problema entre el marxismo y la teología. Yo no tenía ningún problema. El problema surgiría más tarde, a la hora de llegar a la realidad. Terminé los estudios con la idea de que estabas en el mundo para hacer algo, para mejorarlo. Sigo creyéndolo ahora también, aunque con menos optimismo que entonces. Pero lo creía y en un momento determinado en Oviedo me siento muy desfasado por lo que estaba haciendo, mis actividades y dando clases en el Colegio de Santo Domingo, donde tuve alumnos tan importantes como Antonio Masip, Bernardo Fernández y otros muchos, personas hacia las que mantengo un gran cariño. En Oviedo no tuve problemas con la Policía, pero estuve al borde de tenerlos, porque estaba fichado. Una vez hablé de ello con Tarancón y me dijo: "Hay que tomar esto con serenidad porque todos estamos muy vigilados"».

Enemigo Montini. «El Concilio termina estando yo en Oviedo. Antes, al morir Juan XXIII, eligen Papa a Pablo VI, y hay un sector mayoritario y mandante que echa las muelas contra aquella elección de Montini, porque era un enemigo, mientras que el grupo joven lo veíamos con mucha ilusión. Ahí hubo una gran tensión entre dominicos mayores y dominicos jóvenes. Esa y otras cosas por el estilo son las que te van desfondando. Y eran tensiones no sólo de la orden de los Dominicos, sino de la Iglesia en general, y también de aquí, en Asturias, donde había entonces un clero joven magnífico. Recuerdo a muchos y a algunos los sigo tratando. Era un clero bien formado, con unas ganas enormes de renovar la Iglesia y el mundo, con una vocación social y con muchas variantes. Todos vivíamos aquella gran tensión. Querías realizar lo que te habían dicho que era la vocación, pero grandes sectores de la institución no te lo permitían».

Proceso doloroso. «Después, en 1966, me destinaron a un suburbio de Madrid, en Carabanchel, a Caño Roto. Allí había un dominico, el padre Manzanaque, que había fundado un albergue para mendigos y vagabundos, y allí había que abrir una parroquia. Esa fue mi tarea: iniciar la parroquia Santa Rosa de Lima. Trabajé en ello un par de años y me relajé bastante, en el buen sentido de la palabra. Cesaron bastante mis tensiones y pude pensar. Y ya hubo un momento en el que lo que yo sospechaba al irme a Madrid se me hizo evidente: que tenía que dejar la orden, iniciar el proceso de secularización. Interiormente fue muy doloroso, porque, primero, empiezas a sospechar (como ya me había sucedido en Oviedo) que no pintas nada, que tienes veintitantos años y has entrado en aquello con 11 o 12, y que toda tu intensidad y todo tu esfuerzo ha sido el de prepararte para aquello. Pero cuando ya ves que horadamente no puedes estar allí, por muchos aspectos personales, íntimos, y por aspectos mentales, ambientales o políticos, entonces tienes que tomar una decisión».

Entre editoriales. «Hablo con el provincial y me dice que no me secularice, que yo tengo vocación y que he de esperar. Me dice que vaya unos años a estudiar y me voy a Barcelona, una ciudad que no conocía, pero donde podía cursar Pedagogía y donde tenía amistad con unos sacerdotes con los que había trabajado en el mundo de la marginación. Ellos me facilitaron la entrada en una residencia y me puse a trabajar, a dar clases, y en la Universidad hice el primer curso de la especialidad en Pedagogía, aunque después acabé licenciándome en Filosofía. Di clase en un colegio muy interesante, donde traté a su director. Emili Teixidor, el autor de la novela "Pa negre", recientemente llevada al cine. También le traduje dos novelas al castellano. Conocí en Barcelona a una gente realmente curiosísima y a partir de ello entro en contacto con la Editorial Planeta, con un asturiano del que José Manuel Lara decía que "si no hubiera sido por Lombardero, Planeta no existiría. Es Manuel Lombardero, gran amigo de Ángel González, al que conocí por él. Lombardero me invitó a trabajar con él, un hombre interesantísimo. Él y su mujer son los padrinos de mi hijo Nacho. Todavía en estas últimas Navidades estuve comiendo en su casa de Barcelona. Planeta me propone en un momento determinado ir a Madrid con proyectos de la editorial, pero allí las cosas no salieron como me dibujaban. Y en esa época surge por allí Ediciones Naranco y "Asturias semanal", y Graciano García me engancha para abrir Naranco en Madrid y al mismo tiempo colaboro en "Asturias semanal". Esto hablado de los años 73, 74, 75...».

El primer colaborador. «Aparece entonces en escena la Fundación Friedrich Ebert, del SPD, el Partido Socialdemócrata Alemán, y llega quien va a montarla, Dieter Koniecki, con quien todavía hace poco estuve hablando. Me invitan a ser colaborador de la Fundación y en dos o tres ocasiones que estuvimos con Willy Brandt Koniecki le decía que yo era "Der erste Mitarbeiter", el primer colaborador. Allí trabajo sobre todo en educación de adultos y en formación de cuadros sindicales y políticos. En esa época ya estaba yo afiliado al Partido Socialista Obrero Español. Trabajo varios años en la Fundación Friedrich Ebert, pero después de constituirse los ayuntamientos democráticos y de que en el de Madrid fuera Tierno Galván el primer alcalde. Alonso Puerta, otro asturiano, me llama para dirigir los estudios previos a la reforma administrativa del Ayuntamiento. Allá voy y trabajo en ello hasta que se produce el "caso Puerta", cuando le expulsan del partido por oponerse a la adjudicación irregular de contratas. En aquel momento yo quedo colgado y tenía a mis dos hijos viviendo conmigo. Le expongo a Tierno mi situación y que yo estaba en el Ayuntamiento porque había sido llamado allí. Entonces me contratan por un tiempo para trabajar en el archivo de la Villa. Yo había preparado oposiciones a archivos y bibliotecas, aunque no las había hecho, y cuando ya estaba trabajando en la reforma del archivo de la Gerencia de Urbanismo, cuyo proyecto había elaborado yo, me llaman para trabajar en Educación. En esa nueva ocupación dirijo la reforma de los centros educativos municipales y tengo el despacho en el Colegio de San Ildefonso, que había pasado a ser mixto, también para niñas, y yo tengo el honor de haber sido quien puso a las niñas a cantar la lotería nacional, cosa que me costó grandísimos disgustos porque no había forma de hacer entender que las niñas eran capaces y tenían derecho y deber de cantar la lotería».

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