Materia gris

Stoll: «La temperatura en Asturias subirá cerca de tres grados en medio siglo»

La geóloga, que estudia el cambio climático mediante análisis de fósiles de algas y estalagmitas, pronostica una «progresiva reducción de lluvias»

 05:20  
Heather Stoll, ayer, en el exterior de la Facultad de Geología, en el campus de Llamaquique.
Heather Stoll, ayer, en el exterior de la Facultad de Geología, en el campus de Llamaquique.  nacho orejas

Oviedo, Eloy MÉNDEZ

Heather Stoll predice el clima en los restos del pasado. Esta estadounidense, que llegó a la Facultad de Geología tras casarse con un ingeniero asturiano, está al frente de un equipo de investigación que ha recibido 1,7 millones de euros de fondos europeos -uno de los montantes más elevados de la historia de la Universidad- para analizar durante cinco años las variaciones de temperatura y precipitaciones que están por venir a través de la observación de fósiles de algas acumulados en el fondo del océano desde hace sesenta millones de años. Paralelamente, participa en otro proyecto para estudiar la evolución del tiempo en Asturias mediante la observación de elementos químicos del interior de estalagmitas ubicadas en cuevas de la región. «En medio siglo tendremos una temperatura entre dos y tres grados mayor y, además, habrá una progresiva reducción de lluvias», advierte.

La docente, considerada una pionera en la rama del paleoclima, recibe periódicamente en su despacho sedimentos marinos extraídos por el buque del Ocean Drilling Program, un consorcio internacional en el que participa España, con sedes en Alemania, Japón y Estados Unidos, y que recoge fósiles vegetales a miles de metros de profundidad para fines científicos. «Cuando mueren, las algas se hunden y se fosilizan, formando mantos de varios kilómetros», explica Stoll. Esos mantos guardan las claves sobre la historia de la meteorología.

Esto es debido a que las algas son el gran regulador de CO2 en la Tierra, hasta el punto de que sin su fotosíntesis la atmósfera contendría el triple. En función de la mayor o menor proporción de este gas, que ha ido variando a lo largo de la historia, adaptan sus mecanismos. De ahí que se pueda saber cómo era el clima en un determinado momento analizando los restos de carbonato cálcico -calcita- y de ópalo que poseen. «Mediante el estudio de estas sustancias conocemos la adaptación al dióxido de carbono de los vegetales marinos y, por lo tanto, qué cantidad había en el aire en ese momento concreto», explica la investigadora en un perfecto castellano, combinado con su acento anglosajón, que delata los orígenes de una neoyorquina doctora por la Princeton University y que se instaló en el Principado definitivamente en 2005, tras una primera estancia entre 1998 y 2000. «Me costó adaptarme en un primer momento a la forma de trabajar en España, quizá más pausada, pero ahora ya me siento como en casa», dice.

Las pequeñas piedras con diferente antigüedad que guarda en bolsitas de plástico permiten conocer las características climáticas de cada momento. «Ha habido períodos con mucho CO2 debido a una gran actividad volcánica, y también otros con muy poco durante las glaciaciones», expone la norteamericana, siempre con la sonrisa puesta. Pero lo más importante no es saber cómo ha sido la vida hasta ahora, sino cómo será. «Cuando acabemos nuestra tarea, tendremos pistas determinantes sobre el mundo que nos tocará ver a partir de ahora, en pleno cambio climático, que ya se ha iniciado debido al aumento de contaminación», añade la directora del proyecto, en el que participan además tres becados posdoctorales, una doctoranda y dos técnicos de laboratorio, y que también lleva a cabo cultivos artificiales de algas para conocer su comportamiento en tiempo real. «Ya podemos afirmar que la vida en el mar seguirá siendo posible pese al calentamiento global. Ahora bien, será diferente. También sabemos, por ejemplo, que las transformaciones serán menos importantes en Asturias que en el Sur», indica.

Stoll dedica la mitad de su actividad diaria a estas indagaciones y el resto la divide entre sus clases y la otra línea de estudio que abrió hace dos años junto a tres especialistas de las universidades del País Vasco, Barcelona y del Instituto Pirenaico de Ecología, vinculado al Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Cada uno se recorre varias cuevas de sus respectivas regiones para extraer fragmentos de estalagmitas. Después, los diseccionan para comprobar los niveles de magnesio y estroncio que hay en su interior, lo que les permite conocer los índices pluviométricos desde hace siglos, ya que la cantidad de estos elementos es inversamente proporcional a la cantidad de lluvia. Además, también siguen la regularidad con la que se producían inundaciones, que quedan registradas en estas columnas naturales en forma de arenisca. Cada año, los datos obtenidos se inscriben en un centro de Mineápolis. «En realidad, predecimos el futuro», manifiesta Stoll, acostumbrada a ser una mujer del tiempo a largo plazo.

Reducir la burocracia. Si estuviera en sus manos, la geóloga Heather Stoll reduciría drásticamente el «excesivo papeleo» al que los investigadores tienen que hacer frente para poner en marcha sus proyectos. «En España, en general, y en Asturias, en particular, existe demasiada burocracia», se lamenta la estadounidense, acostumbrada a una cultura donde los científicos gozan de mayores facilidades a la hora de realizar su trabajo. «Se nos obliga a justificar todo lo que hacemos, muchas veces procesos que son prescindibles», añade. Por eso, considera que «existe cierta desconfianza en torno a cómo vamos a emplear el dinero, pese a que la mayoría estamos acostumbrados a ajustar nuestro presupuesto a nuestras necesidades y no precisamente a despilfarrar», subraya. A cambio, propone que se agilicen los trámites no sólo para poner a andar las indagaciones, sino también para la comunicación de los resultados. «Puede parecer una tontería, pero este tipo de procesos te llevan mucho tiempo y dinero y pueden desincentivar a muchos expertos que quieran desarrollar su labor», argumenta Stoll, con conocimiento de causa, pues dirige los dos grupos en los que participa para estudiar el cambio climático a través de la observación de fósiles de algas y también de las diferentes sustancias que surgen en el interior de estalagmitas con el paso de los siglos.

-Nacida en Nueva York, es doctora por la Princeton University y está considerada una destacada experta en paleoclima.

-Casada con un ingeniero asturiano, se estableció definitivamente en la región en 2005 y pasó a formar parte del Área de Petrología y Geoquímica del departamento de Geología.

-Dirige un proyecto de investigación para estudiar la evolución y predecir los cambios climáticos a través del análisis de fósiles de algas. Está dotado con 1,7 millones de euros de ayudas europeas.

-Paralelamente, también es la principal responsable de otro proyecto para estudiar la evolución climática a través de la observación de componentes químicos en estalagmitas.

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