Una vida al borde del amor y del olvido

Manuel Sol, de 92 años, recorre a pie a diario los cuatro kilómetros que le separan de su mujer para sacarla a pasear: Obdulia Fernández, de 85, ha perdido la memoria y está internada en una residencia de Avilés

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Obdulia Fernández enlaza sus manos al brazo de su marido. | mara villamuza
Obdulia Fernández enlaza sus manos al brazo de su marido. | mara villamuza 
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ELISA CAMPO
AVILÉS
Obdulia no recuerda ya ni su nombre, perdida en la telaraña de desmemoria que teje el alzhéimer, pero enreda sus manos en las del que es, desde hace 70 años, su Manuel. Mimosa, coge las galletas que él le desmenuza en un banco en la plaza de España de Avilés mientras la brisa de finales de invierno le remueve los cabellos blancos. Manuel Sol Conde y Obdulia Fernández llevan perdiéndose y encontrándose una vida: primero con un interminable noviazgo de once años, después con los continuos viajes que él tuvo que realizar por motivos laborales. Ahora se reúnen todos los días al salir el sol, porque Manuel, de 92 años, recorre a pie los cuatro kilómetros que distan entre su casa, en La Espina, y la residencia de ancianos donde vive Obdulia, de 85, para sacarla a pasear. A sus espaldas llevan la historia de tantos asturianos: la de la migración del pueblo a la ciudad y la de los años donde comer era un lujo. Y la de una pareja que, pese a todas las dificultades del mundo, se ha mantenido unida.

Los ancianos se sientan en un banco de la plaza de España. Detrás, el reloj del Ayuntamiento marca las pocas horas que durará su encuentro matutino. La caminata diaria de Manuel Sol para ver a su esposa que apenas le recuerda tiene un eco atrás en el tiempo: hace 70 años también él iba a buscarla, caminando desde Pesoz hasta el vecino Serán, para cortejar. Obdulia Fernández era entonces una jovencita de rostro dulce y melena oscura a quien sus abuelos guardaban bajo siete llaves. Se casaron, tuvieron dos hijos y aprendieron a convivir con largas separaciones por el trabajo de Manuel. Obdulia entretenía la distancia manejando con habilidad sus agujas de tejer. Sólo Manuel puede ahora recordar aquellos días. Y acaricia las manos de su esposa, que se aferran a su brazo como la única tabla de salvación después del naufragio.

Hace tres años que Manuel Sol comenzó a peregrinar a diario hasta Avilés: media hora a paso ligero a través de Santa Apolonia, El Pozón y Los Canapés. El ejercicio al aire libre le ha regalado un rostro bronceado que contrasta con la piel casi traslúcida de su mujer. Los pies de Manuel siguen siendo rápidos, aunque no tanto como cuando empezó a ganarse la vida y a reunir dinero para la casa en la que vivía de renta en el centro del pueblo de Pesoz. «No tenía ni un duro, tuve que pedir las 7.000 pesetas que costaba a un tratante de ganado». Hijo de viuda, no llegó a conocer a sus hermanos, que murieron en la terrible pandemia de gripe de principios del siglo XX. Los comienzos no fueron fáciles: «Fueron tiempos de mucha hambre».

Sin querer, a Manuel Sol le llegó la guerra, tenía 18 años. «Tuve que ir a incorporarme al Ferrol», relata. En la ciudad gallega le recibieron con una ración sucia y mal aliñada que ni él ni el resto de recién llegados al Ejército pudieron comer. La España dividida y de fuegos cruzados trastocó su vida. «Me tocaron las peores batallas, las del Ebro y Teruel», asegura. Sobre su cabeza sobrevoló la aviación alemana, descolgando bombas sobre ciudades evacuadas y sobre los campos. «Murió mucha gente», dice, para luego hacer una pausa en su historia. Sus compañeros de quinta estuvieron hasta siete años alistados, pero él pudo volver a casa antes por ser hijo de viuda.

Al regresar del conflicto armado se hizo zapatero. Así, sin que nadie le enseñara cómo se corta un trozo de cuero. Tomó un zapato en sus manos, compró las herramientas necesarias y aprendió los secretos del oficio a fuerza de hacer y deshacer. Durante dos décadas el taller de su casa de Pesoz se convirtió en centro de referencia para la confección y arreglo de calzado. «Y no era de los peores; de hecho en toda la comarca sólo había uno que me hiciera sombra», señala con orgullo.

De su taller salieron pares y pares de botas fuertes para caminar por el campo. «Se gastaban pocos zapatos», recuerda. «Para comprar el material me iba a Lugo. Salía un coche de Grandas de Salime a las cinco de la mañana y volvía en el día. Yo estaba a 7 kilómetros, así que iba caminando de noche para coger el autobús». A la vuelta, otra vez lo mismo, y con la carga al hombro. «¿Pues no traje una vez una cuna para el guaje?», alardea.

A su mujer, Obdulia Fernández, la conoció en el pueblo cuando aún era una quinceañera. La joven había ido a casa de sus padres, ya que, miembro de una familia numerosa (eran 12 hermanos), se criaba con los abuelos, en Serán. Y le entró por el ojo. «En su pueblo hacían bailes, y ella no tenía novio. La tenían muy atada los abuelos», asegura Manuel Sol, que inició entonces un cortejo de once años. «Era una mociquina muy inocente, muy buena. Debía de tener ganas de echarse novio porque me aceptó a la primera».

El noviazgo no fue un camino de rosas, y él confiesa que de vez en cuando coqueteaba con otras chicas. Asegura que no le faltó éxito entre las mujeres, porque «tenía un tejado», dice con humor. Se refiere a la casina en el centro del pueblo, un palacio en época de penurias. «La mitad del tiempo ella estuvo enfadada conmigo. Hasta que al final me pareció que era la mejor para mí». ¿Y acertó? «Creo que sí. Era muy buena, demasiado buena». Mientras Manuel relata sentado en el banco, Obdulia se estrecha contra su costado. Se aprieta fuerte contra él, como si quisiera tirar del ovillo de sus olvidos y rememorar cada reconciliación en casa de la vecina donde los novios se refugiaban antes de la boda. Él tenía 32 años, ella 25. «Era morena, guapa, redondina. Nunca fuimos de luna de miel».

La vida del joven matrimonio estaba asentada en el corazón del pequeño concejo de Occidente, pero el despoblamiento rural les obligó a tomar un nuevo rumbo. Y así, Avilés se convirtió su hogar, a mediados del siglo pasado, cuando Ensidesa era la esperanza y la ciudad meca de trabajadores. «Era yo viejo ya para Ensidesa», asegura. Encontró trabajo primero en Entrecanales y después en Montajes Nervión como calderero. «Creo que me porté demasiado bien», repite una y otra vez. La empresa, confiando en su buen oficio, lo desplazó a la central de Bilbao y desde allí hacía frecuentes salidas para revisar las plantas de producción del grupo. «Fui para 15 días y me tuvieron 10 años; anduve la mayor parte de las fábricas de España: donde se hacía la penicilina, la pólvora...».

El éxito profesional fue difícil para la familia. Manuel Sol dejó en Avilés a su mujer y a sus hijos y durante años permanecieron separados largas temporadas. Finalmente, Obdulia Fernández acabó reuniéndose con él en Bilbao. «La empresa no me soltó hasta que tuve los 62 años, después de haber enviado tres solicitudes al ingeniero jefe, y al final me jubilaron gracias a la intervención de un perito que era de la parte de Tineo», recuerda.

Mientras esperaba el regreso de su marido, Obdulia tejía. De sus manos salieron chaquetas, colchas, tapetes, hilos y lanas que hacían hogar y aún hoy llenan la casa. En la memoria de Manuel todavía persiste el olor de los guisos de su mujer, que fue «muy buena cocinera». Antes de casarse llegó a cocinar para un ingeniero, y siempre que en el pueblo había boda acababa metida en harina para sacar adelante el banquete.

Con la jubilación, Manuel y Obdulia creyeron que ya no volverían a separarse. Frecuentaron la casina de Pesoz, labraron una huerta... hasta que el olvido irrumpió en sus vidas. «Vino la desgracia», dice Manuel. Y Obdulia, con la memoria escurriéndosele entre los dedos, empezó a hacer pedazos las fotos que ambos conservaban. Desde hace tres años, ella vive en una residencia. «Está cuidada y atendida», asiente su marido. Pero él se encarga cada día de sacarla a caminar «para que no caiga inútil de las piernas».

Manuel Sol pasa las tardes de tertulia en otro banco, esta vez sin ella, en el barrio de La Espina. Confía en que pronto se abra el centro sociocultural del barrio porque el frío se le ha metido dentro: «Tuve un derrame cerebral y adelgacé 26 kilos. Antes era un paisano, ahora no tengo más que el esqueleto. Ahora tengo frío y nunca lo tuve». Al día siguiente volverá a calzar sus zapatos más cómodos para devorar los cuatro kilómetros que le separan de su mujer, pero que son infinitos por culpa del olvido. Pero aunque en la cháchara inconexa de Obdulia, a veces se entiende algo. Apenas una palabra. «Manuel».

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