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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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2 TINO PERTIERRA
El campo de batalla televisivo es escenario de una guerra apasionante. Dos enemigos grandiosos frente a frente: Juego de tronos contra Mad men. Muy distintas pero no distantes. Ambas están invadidas por la ambición desmedida y el odio sin límites, por amores en carne viva y rencores que se niegan a morir. Los guerreros de una llevan armaduras y espadas, y no tienen el menor reparo en usarlas sin piedad. Los guerreros de la otra van vestidos con trajes impecables, pero son igualmente implacables a la hora de tomar decisiones. No matan, pero pueden destruir una vida. Ambas series tienen algo en común: son obras maestras de la televisión, o, lo que es lo mismo, del arte audiovisual, ahora que el cine ha tirado la toalla.
Mad men se va a los años 60, al Nueva York donde la publicidad comienza a ser una gran arma de manipulación colectiva. La agencia Sterling Cooper es el embrión de un cruce de destinos que, a lo largo de sus cinco temporadas, ha llenado la pantalla de ingenuas esposas que acaban siendo infieles, de maridos con pasados ocultos, de secretarias manipuladoras y amantes manipuladas. De orgullos quebrados y moralidades en peligro. Y de alcohol, muchísimo alcohol. Y tabaco, muchísimo tabaco. En Mad men fuman hasta las plantas, hasta las fotocopiadoras trasiegan güisqui. Un mundo dominado por el yugo masculino donde el magnético personaje de Don Draper se lleva la palma.
Un publicista brillante, complejo, arrogante y al mismo tiempo vulnerable. A su alrededor, jefes sibilinos, colegas trepadores, y mujeres, muchas mujeres con las que mantener relaciones tormentosas.
A lo largo de las temporadas, Mad men ha jugado con maestría muchas cartas: el humor, la tensión, el erotismo, la violencia, el suspense, el melodrama... Una serie tan brillante que invita a revisarla una y otra vez. Si Shakespeare viviera, le encantaría ser su guionista. O uno de ellos: es el triunfo del trabajo en equipo, donde el conjunto importa más que las partes. ¿Qué importa quién la dirija? Todos para uno.
Shakespeare tendría que elegir entre Mad men y Juego de tronos para desarrollar su talento al máximo, aunque esta última parezca más próxima a las entrañas del dramaturgo. Basada en las extraordinarias novelas de George R. R. Martin, llega a su segunda temporada con dos peligros al acecho: tras su sobresaliente arranque es difícil mantener un listón tan alto. Y ahora que se ha convertido en un fenómeno de masas, se enfrenta a las lanzas bien afiladas de quienes antes no le prestaban atención y ahora llevan fatal que arrase.
Lo mismo que ocurrió con El señor de los anillos. Juego de tronos muestra la violencia sin tapujos y no tiene reparos en acercarse al sexo de forma directa (el fascinante personaje de Daenerys Targaryen es ya un hito erótico en toda regla). Stark, Lannister, Baratheon... Los seguidores de la gran saga se mueven con admiración y placer por un laberinto de pasiones plagado de escenas inolvidables y diálogos sobresalientes.
¿A quién quieres más, a papá o a mamá? A los dos. Son muy, muy buenos.
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