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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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JAVIER CUERVO
-Es de 1935, de Villamejil (Oviedo).
Donde vivo. La casería de mi abuelo materno -dos casas y un chigre que atendía mi madre- daba para la familia, cuatro hermanos: uno soltero, uno viudo y dos casados, con dos hijos cada uno, entonces. Soy el segundo de mi madre. En 1937 salimos de allí porque el Naranco tenía un punto estratégico, el Orfanato Minero, y llovían bombazos. Fuimos a La Estufa, Lugones, a casa de unos amigos del abuelo. Cuando volvimos en 1940 todo estaba en el suelo. Mi tío mayor, con su mujer y sus dos hijos, se fueron a La Granxa, hacia La Corredoria. El tío José fue policía municipal, también socialista, trabajó en la carpintería Laviada, en la Argañosa. El otro tío, Armando, no militaba en nada, era un bendito, pero lo llevaron igual. Después del campo de concentración y de cumplir condena trabajando en Regiones Devastadas, también acabó de carpintero. La guerra arrasó los bienes de la familia.
-¿Qué ideología tenía el resto de su familia?
El abuelo materno era socialista. Mi padre fue socialista y en la guerra se hizo comunista. En la guerra perdió una pierna y parte de la otra; una mano y parte de la otra. En el cuartel de Simancas de Gijón lo sacaron para fusilarlo. Mi madre nos llevó a verlo. Lo llamaron por altavoz y un preso contestó: «Está muy enfermo, no puede bajar, que le faltan las piernas». «Tiradlo por la ventana», replicó el del camión. El médico defendió que mientras estuviera en la enfermería estaría a su cargo. Le salvó de ser fusilado. Cuando lo trajeron a Oviedo mi madre nos llevó a verlo a la estación. Un primo suyo, falangista, llevaba el traslado. Mi madre le pidió que dejara que lo viéramos y él contesto que ya lo veríamos en el cementerio. Mi padre era jardinero y el director de la prisión de Oviedo le encargó de las flores. Cuidaban el jardín, pero comían habas de mayo medio podridas, recogidas a pala del suelo, donde las volcaba el camión, y cargadas a la olla.
-¿Cómo se las arregló su madre, Julia Ania Cabal?
Sembraba algo, vendía un poco de leche, atendía a los fíos y a mi abuelo, inútil de un mortero de la guerra. En la carnicería de Belarmina, en General Elorza, le decían: «Julia, tú, si tienes dinero, vienes, y si no, vienes también». A mi padre lo soltaron en 1943 y tenía que presentarse tres veces a la semana en la Guardia Civil.
-¿Qué tal era su padre?
Según Herminio Pevida -suegro de Toni, el del Real Oviedo-, el hombre más alegre que había conocido. Con la inutilidad desarrolló mala hostia. Fuera de casa seguía siendo alegre. En casa paraba poco.
-¿Cómo era su madre?
Una mujer excelente que daba lo que no tenía. Quedó sin madre muy joven y tuvo que cargar con dos hermanos. Pasó por las amarguras de haber tenido toda una familia represaliada. La tristeza le impedía ver más allá. Murió después de 72 años de sufrimiento.
-¿Usted iba a la escuela?
Cuando se podía. Era en el instituto de General Elorza. Llamaron a mi hermano Manuel para que empezara de pinche en Mármoles Cabal, en la calle Cervantes, y no quiso. El encargado, amigo de mi padre, me lo ofreció a mí, y acepté. Tenía 11 años. Hasta hoy trabajando el mármol. Ganaba 90 pesetas a la semana por 10 o 12 horas de trabajo diario, lo justo para no morir de hambre. Era una de las marmolerías más importantes del norte de España, con treinta y tantos marmolistas.
-El encargado era Herminio Pevida.
Y mandaba más que Belarmino Cabal, el dueño, un prepotente. Allí trabajabas de marmolista desde el primer día y aprendías el oficio. Gamazo, jefe del Movimiento en Oviedo, iba por las empresas obligando a los patronos a que los chavales aprendiesen el oficio. Mis primeros trabajos fueron en la «Casa del Coño», calle Toreno, esquina con Marqués de Pidal. El dinero venía muy bien en casa. No teníamos ni ropa. Cuando acababa de trabajar, el sábado a las 6 de la tarde, mi madre lavaba el mono para que pudiera ir al día siguiente a una romería. A los 16 años empecé a ganar más.
-¿Había reivindicaciones en el taller?
Te contaban cosas y yo siempre estaba reclamando. Un día dije que iba a Magistratura de Trabajo porque nos obligaban a trabajar 4 horas más al día y no las pagaban y mandó a un auxiliar detrás de mí. Bajé por Gil de Jaz y me guardé donde estaba el diario «Región» y según le vi pasar le metí un puñetazo: «Dile a Cabal que ya me viste».
-¿Duró mucho con ese ambiente?
Tuve que irme a los 18, con Francisco Cabal, hermano de Belarmino, marmolista con taller en la calle la Lila. Me pagaba bien, 150 pesetas semanales, y me hizo su mano derecha. Con 19 fui a la mili, casado, después de año y algo de novios.
-¿Cómo se conocieron?
En la calle Cervantes. Adonina Iglesias Galán trabajaba con una familia que la había conocido en Villablino (León). Dada la situación, a grandes males, grandes remedios, le dije vamos a casarnos y si morimos, morimos juntos. Fuimos a casa de mis padres?, más bocas que alimentar, nosotros más Miguel, el guaje.
-¿Dónde hizo la mili?
En Madrid, en el polígono de Experiencias, y pasé hambre hasta que me hicieron furriel. Cuando se dieron cuenta de que no iba a misa, me llamó el sargento. «Ni fui, ni voy a ir». Se acabó el furriel y se acabaron los permisos. Fui a ver al capitán y le planteé que no iba a misa porque no creía «ni en la Iglesia ni en San Pedrín. Necesito que usted no me juzgue por esto, sino que me eche una mano, porque soy un hombre casado y tengo que trabajar y ganar un dinero que mandar a mi esposa». Me buscó un taller en Carabanchel.
-Volvió de la mili y?
A hacer una casa. Teníamos terreno. Nada más techar, con el suelo de escoria, entramos a vivir. Solicité un crédito a fondo perdido que daba el Estado, de 30.000 pesetas, y la terminé. Ya tenía a Wenceslao, el segundo hijo. Por el medio perdimos una niña, María, a los tres días de nacer. Ganaba 400 pesetas: bien pero sin desahogo. Trabajé casi un año en el Banco Herrero de Villaviciosa, de mármol italiano por dentro, fuera de casa de lunes a sábado.
-¿Y la política?
Volví inquieto del servicio militar, pero mi problema empezó en 1958 con las huelgas de La Camocha. Buscaba cualquier papel y preguntaba a todo el mundo qué estaba pasando. Luego vinieron las huelgas del valle del Nalón, con un estado de excepción brutal. Quería integrarme en algo útil. Tenía un amigo, Adolfo Labrador Cabrero, que acababa de salir de la cárcel después de 15 años. Era marmolista del cementerio de Oviedo, un comunista muy vigilado por la brigada político-social, que llegó a tener un grupo de seis chavales a los que daba clases de marxismo. En 1959 empecé a pensar en marchar de España, por la libertad. Tuve pasaporte mucho antes del plan de estabilización que abrió las puertas a Europa y de que miles de españoles emigrasen y mandaran divisas.
-¿Por qué marchó a Suiza?
En Navidad encontré a un amigo, Gonzalo, que acababa de regresar de un cursillo para una empresa farmacéutica en Suiza. Me dijo: «El mejor sitio es Suiza, y el peor momento, éste, porque tienes que entrar clandestinamente -el cantón alemán no había abierto la puerta a los emigrantes-, y el invierno es muy duro. Necesitas pasaporte, mochila, tren a París y de allí a la Alsacia francesa, a San Luis y entrar en Suiza como un montañero. Te daré la dirección de Martha Kunt, una intérprete de alemán-español, miembro destacado del sindicato suizo en Basilea». Tuve que decidirlo en dos días.
-¿Cómo lo planteó en casa?
De ninguna manera: ahí os quedáis. Fui a pedir mil pesetas para mi mujer, a un tío, padrino, que las tenía, y no me las dejó. Uno de los compañeros de viaje dijo que tenía dinero para el hotel. Me dio 6.000 pesetas y le di 1.000 a Nina. A los ocho días de estar en Suiza mandé 3.000 pesetas a casa.
-¿Y se fue?
Con Agustín, marmolista, y Jaime, albañil. Cuando bajamos del tren en San Luis, a 200 metros de la frontera por carretera, creí encontrarme en Siberia. Bajamos por una pendiente hasta la carretera general, que estaba limpia porque pasaban las quitanieves. Las secundarias tenían 80 centímetros de nieve. Caminamos sin hablarnos, con la mochila, calzados con chirucas, a 20 bajo cero. Al llegar muy cerca de la frontera, pasamos por detrás de tres camiones aparcados, giramos a la derecha, como nos había aconsejado Gonzalo, y emprendimos una subida muy empinada, dos pasos adelante, uno para atrás. Avanzábamos pegándonos a la muralla con la que los suizos habían cercado su territorio, antes de que empezara la guerra, un muro de hierro de 50 centímetros de espesor y 40 metros de altura. Después de 200 y pico metros de subida encontramos 50 metros de llano y allí empezaba otro tipo de cierre en forma de equis de 20 metros de altura, con pinchos soldados, para impedir el paso de personas y de tanques. Hallamos un paso de 50 centímetros. Vi una garita. Estaba vacía.
-Ya estaban en Suiza.
Sí. Cogimos el primer tranvía. Llegamos al hotel Iberia, frente a la estación de tren de Basilea, el jueves, Día de Reyes, empapados. Salí a buscar la dirección de Martha. Me abrió un señor «emperejiláu» y «tiesu», el marido. Él habló en alemán; yo pregunté por Martha en español. Salió al minuto una mujer de 47 años y me dijo «tú eres Juan». Gonzalo le había enviado un telegrama pidiéndole que me atendiera y me encontrara un trabajo. No sabía si echarme a llorar. Me trajo un pantalón de chandal y zapatillas para cambiarme, té y un bizcocho de medio kilo.
-¿Quién era Martha?
La hija de un voluntario de las Brigadas Internacionales al que mataron al llegar a Madrid. Quería recuperar los restos de su padre. Le dije que hasta que no muriera Franco, nada. Ella formaba parte del Partido del Trabajo, que era el Partido Comunista Suizo. Le pedí -y le encantó- que me afiliara al sindicato al día siguiente, porque entendía que ésa debía ser la fuerza de una organización. También le dije que me presentara a alguien del PCE. Me habló de Pedro de la Cruz y de Antonio López, en Suiza desde los años 40, y en contacto con París, donde estaba la central del PCE.
-¿Y el trabajo?
Al día siguiente me llevó a Liestal, a 25 kilómetros, me presentó al patrono. Le dije que empezaría a trabajar inmediatamente y que si no le gustaba, que me despidiera. Le pedí una vivienda y me habló de una que tenía al fondo del jardín, con leñera y chimenea, pero no podía dármela hasta el lunes, en que le limpiarían la nieve. Le contesté que si me daba una pala yo llegaba hasta la casa para dormir ese día.
-¿Cuándo logró su primer contacto con el Partido Comunista?
A las tres semanas, Martha me llamó para presentarme a dos miembros del comité central del PCE: José García Meseguer y Pedro Díaz. Me dijeron que en cuanto llegaran españoles había que organizar el partido allí. Como estaba en el sindicato y Martha vio que era un currante, me mandaba a empresas en las que entraban españoles. Les hablaba del sindicato y del partido. En seguida empece a ir más lejos, a Zúrich, a Wintertur. No tenía idea de nada, pero me sobraba ansia. Meses después estuve en cursillos del PC en la República Democrática Alemana. Allí conocí a Anita Sirgo, a la que habían dado tantas palizas en la huelga del 62.
-¿Y la familia?
Mi mujer llegó al mes y medio con el hijo mayor, que entró en un colegio. Ella empezó a trabajar en una fábrica de calzado militar. Estuve casi siete años en Suiza. A casi todos los de Oviedo que trabajaron allí les mandé yo los contratos.
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