«En abril de 1958 ingresé en el PSOE con el aval de Wenceslao Carrillo, el padre de Santiago Carrillo»

«En Noreña, siendo estudiante le tiré sin querer las gafas a un policía y salí corriendo hasta que me topé con un señor muy alto y canoso: Alonso Vega»

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Manuel Villa en el jardín de su casa de Valdesoto,  en el concejo de Siero, durante la conversación  con LA NUEVA ESPAÑA.
Manuel Villa en el jardín de su casa de Valdesoto, en el concejo de Siero, durante la conversación con LA NUEVA ESPAÑA.  

Boda y «turismo carcelario».
«Mi padre, Manuel Villa Díaz, nació en 1907, en Puñide, Siero, cuanto todavía era parroquia de Valdesoto y que ahora es parroquia de Santa Marta. Tenía dos hermanos, pero uno murió en Marruecos y el otro fue fusilado después de la guerra en Figueirido, en Galicia. Mi padre fue militante de base del Partido Socialista y era de aquella hornada de gente que cuando en 1936 se fundaron las Juventudes Socialistas Unificadas estaban en contra de la fusión con los comunistas. Así que estaban a muerte contra Rafael Fernández. De aquello viene que los socialistas cerrábamos el puño izquierdo y no el derecho, como los comunistas, para demostrar que estábamos más a la izquierda que ellos.

Luchó en la Guerra Civil y todavía hace poco que conseguí un documento acreditando el nombramiento de mi padre como comisario del batallón en el que estuvo, que participó en el cerco de Oviedo y también, cuando va cayendo el frente norte, viene de retorno del País Vasco y, ya en Asturias, participó en la batalla del Mazucu. Mi madre, Ángeles Díaz García, se dedicó toda la vida a la familia, pero los primeros años de la mocedad y cuando se casó lo pasó muy mal porque la boda fue en 1938 (y casi voy yo de testigo a la boda), con mi padre condenado a pena de muerte y esperando a que lo sacasen a fusilar en cualquier momento. El cura, o el capellán, de la cárcel de Oviedo no quiso casarlos, pero una señora de Oviedo buscó otro cura que fue a la prisión y los casó. Esa misma noche se esperaba que sacasen a mi padre para fusilarlo, pero no sucedió así. Lo cambiaron de cárcel y le conmutaron la pena a cadena perpetua, y después a 30 años y un día. Yo lo visité ya, siendo muy niño, en un colonia de carbones, que en realidad era un campo de concentración por el valle del Nalón, en Langreo. Recuerdo que los presos estaban tirados por el monte y vigilados por los moros y la Guardia Civil. Más tarde, supongo que hizo "turismo carcelario" profuso y difuso porque después de mucho tiempo sin saber dónde estaba apareció en el penal del Puerto de Santa María. Allí soltaban a algunos presos y, claro, a venir andando hasta Asturias como podían, de pueblo en pueblo».

Escupir carbón.
«Nací el 26 de junio de 1938, en el Cotayo, Siero, y tengo una hermana más pequeña, Ángeles, que ya nació cuando mi padre volvió de la cárcel. Y fue entonces cuando yo le conocí en persona. Yo tenía 8 o 9 años. Aunque lo había visitado de crío en la cárcel de Oviedo y en Langreo, había sido una cosa fugaz y tenía de él recuerdos muy borrosos. Pero es curioso que cuando vuelvo de Bélgica, en 1978, voy un día por Oviedo y paso por debajo del puente de la Renfe. De repente me dije: "Esto lo conozco, esto lo conozco". Pregunté a los que iban conmigo: "¿No está por aquí la cárcel?". Me dijeron que sí, y era que me habían venido a la mente las imágenes de la infancia. Y lo mismo me pasó hace unos años, cuando fui con una amistad a Langreo y al entrar en un pueblo remoto y ver yo la carretera, pregunté: "Oye, ¿por aquí no había una mina?". "Sí, ahí arriba". "¿Y aquí no hubo lo que llamaban una colonia de presos?". "Sí, también".

Clavado todo; me vinieron las imágenes del pasado. Al estar mi padre encarcelado, mi madre tiene que marchar a servir a un pueblo de Infiesto para mandar a mi padre algo a la cárcel y poder mantenerse ella y mantenerme a mí enviando algo a casa de mi abuela, con la que yo vivía. Ella, mi abuela materna, Emilia García, trabajaba en el pozo Mosquitera, en lo que llamaban la cadena, que era donde escogían el carbón y lo separaban de la piedra. Después cargaba los vagones del ferrocarril con unas palas que tenían un mango muy largo. Se ponía un capirucho hecho con un saco y en el invierno se cubría con vendas y trapos. A mi abuela la vi en aquella cadena y tengo unas imágenes horrorosas de aquello. Años después de jubilada en Mosquitera, todavía escupía negro, todavía echaba carbón de los pulmones. Recuerdo que mi abuela me llevó alguna vez a ver a mi madre a Infiesto y a la hora de despedirnos no había manera de arrancarme de sus brazos. Me acuerdo como si fuese hoy».

Vuelve el padre.
«Así que mi padre volvió a casa y lo conocí. Vivíamos en el Cotayo, en una casa con la puerta de dos batientes y marchaba la luz con mucha frecuencia. Recuerdo que aquel día había un corte eléctrico y fui yo el que abrí la puerta y vi a un hombre que preguntó: "¿No vive aquí Ángeles?". Sale mi abuela, lo ve y dice: "Ángeles, ven, que tienes a alguien aquí". Mi madre abre la puerta y todavía recuerdo sus gritos de emoción. Se abrazan los dos y yo pensé que aquel intruso estaba haciéndole algo malo a mi madre. Fui a la cocina a por un cuchillo cuando me dice mi madre: "Mira, es tu padre". Así fue el encontrarme con mi padre. Pero no pasaron dos minutos y llegaron dos fascistas a decirle: "¿Qué, te pegaron mucho?". Mi padre respondió: "No, no", y ellos replicaron: "Ya ves, no somos tan salvajes". Después de la cárcel mi padre trabajó primero en el pozo del Cabritu, más tarde en Pumarabule, y después fue cuando se vino conmigo, que ya vivía en Bélgica. Porque, claro, mi padre tuvo un problema muy serio: cada vez que había una huelga o cualquier cosa le llamaban al cuartel y le decían: "Bueno, a trabajar mañana". Y le decían eso porque antes habían llamado a otros que habían dicho: "Yo, si no va Manolo a trabajar, no voy". Y Manolo era mi padre, y le llamaban y lo calentaban. Así que le dije que se viniera a Bélgica con mi madre y lo hizo; allí trabajó y se jubiló. Mi padre tenía el aprecio de sus compañeros. Era muy callado, muy metódico, y en la guerra debió de ser un tío muy bregado. Tanto los compañeros de guerra que estuvieron en el frente, como los que trabajaron con él o le conocieron le tenían ese aprecio y todavía la gente que queda por ahí de aquellas épocas me hablan de él con gran respeto y cariño».

Cabritu el empresario.
«Ya digo que el primer pozo en el que trabajó fue el Cabritu, que era el nombre por el que se conocía al empresario de aquella explotación, Manuel Suárez, que era del Cuto, aquí en Siero. Era panadero y en una finca de la madre encontró una veta de carbón y abrió un pozo más allá del Candín. Después, se unió con un ingeniero de minas e hizo el pozo del Pradón, que se llamó Santa Eulalia, pero todo eso era conocido por el nombre del Cabritu. Este hombre hizo una labor impresionante que no se conoce. Por ejemplo, en aquellos tiempos de la posguerra el cemento estaba muy racionado, pero empezaban a hacerse casinas de seis por seis, una cosa muy pequeña. Pues el Cabritu les daba el cemento a los trabajadores para que pudieran construirlas. También empezó a pagar a los trabajadores una prima por producción que a veces alcanzaba cotas superiores a las de la paga. Pero, sobre todo, cogía a obreros que venían de la cárcel y tenían ya la línea roja debajo del apellido. Estando en el Cabritu, dos veces intentaron que mi padre fuese candidato a delegado sindical, cosa a la que le tenía pavor. Él les decía que antes de eso se suicidaba. De aquella yo estaba intentado estudiar practicante y hacía las prácticas en el botiquín del pozo Pumarabule. Y la única vez que en su vida me pidió mi padre algo fue entonces: "Mira a ver si puedes meterme en Pumarabule, que yo en el Cabritu no puedo aguantar más". Hablé con el médico con el que yo estaba, don perfecto Fernández Cocañín y me dijo: "Que venga pasado mañana a trabajar". Hubo que hacerle a mi padre un certificado firmado por don Perfecto Fernández en el que se decía que padecía una enfermedad rara, pero había que sacarle del Cabritu».

Lejos de Falange.
«En el Cotayo estudié la Primaria en la escuela del pueblo, a la que íbamos todos: a un lado los chiquillos y al otro las chiquillas. Fue una infancia de escuela, recreos y de correr por el monte. Nunca me metí en problemas. Falange tenía sus cosas para pequeños, mayores y adultos, cantidad de cosas, pero nunca en mi casa me dijeron: "No vayas allí o vete a tal sitio". Y mi rechazo no sé por qué fue. También fui durante un tiempo a misa y un día dejé de ir por razones discriminatorias del cura hacia una serie de gente, entre los que yo estaba. Me dije: "No vuelvo más", y no volví, pero mi madre insistió y un día me riñó: "Que vas a perjudicar a tu padre". Entonces él se levantó de la cama y le dijo a mi madre: "Bueno, ¿algún día le dije yo que no fuese a misa?". "No". "¿Y ahora no quiere?". "No". "Pues que no vaya y así se terminó la cuestión". Nunca escuché a mi padre hablar mal de nada ni de nadie, ni decir "aquel es un asesino y el otro fue un tal". Nunca. Y eso que padre no iba ni los jueves, ni los sábados, ni los domingos al cine que teníamos en el pueblo; iba un lunes o un miércoles, por no encontrarse con cierta gente. Pero jamás, jamás le escuché echar un juramento en casa».

Una estampa del Niño Jesús.
«Hice la preparación para el ingreso en Bachillerato en el Colegio San José de Noreña, donde no había muchos alicientes para un chiquillo. Íbamos a jugar al parque y un día se nos cae la pelota en las enredaderas. Subo a por ella y cuando bajo había un policía municipal, que se llamaba Colleta, esperándome. Al bajar, con la pierna le di en las gafas y se las tiré. Eché a correr como un demonio hacia el fondo del parque, donde había un señor muy alto, con el pelo muy canoso, paseándose y leyendo. Se sonrió. Era Camilo Alonso Vega. "¿Que te pasó?", me pregunta. "Mire, esto, pero fue sin ninguna malicia". Empezó a hablar conmigo, muy afable, y terminó dándome una imagen, una postalita de esas del Niño Jesús de no sé qué. Todavía la tengo guardada. Camilo Alonso venía a Noreña y nuestro colegio estaba entre donde dejaban los coches de la escolta y la casa donde vivía él y la esposa, doña Ramona. En Noreña había nada más que dos guardias: Colleta y el Hermoso. Por la mañana se dedicaban a hacer de policías municipales y por la tarde a regar el pueblo. Noreña se regaba todos los días. Estudié hasta quinto de Bachillerato y empecé a prepararme para practicante, que entonces se permitía hacer por libre. Tenías que ir a examinarte a Valladolid y Fisiología e Higiene te la daban aquí, en la Universidad de Oviedo. Empecé a hacer las prácticas con don Perfecto en Pumarabule y allí estuve tres o cuatro años. Yo curaba, daba bajas y altas y lo que fuera. Después el médico me dijo un día: "Mira, para poder quedarte aquí con nosotros es mejor que hagas Peritaje Mercantil, que son tres años y pasan en seguida, y así podrás entrar en Pumarabule y ya te cojo yo para el botiquín"».

La academia del Frailín.
«Hice Peritaje Mercantil en La Felguera y fue después cuando decidí marchar para Bélgica. Con 16 o 17 años todavía no asimilaba, pero durante esos estudios empecé a tener contactos con gente. Subía a ver a los de la Imprenta Felguerina, por algún encargo de mi padre. Por ejemplo a causa de un certificado de un pasaporte para un chaval que se llamaba Alfredo Canga Antuña, que tenía que marchar para Venezuela. El certificado ponía algo que invalidaba la posibilidad de tener pasaporte y mi padre me mandó a buscar unas tintas. Era una cosa que de aquella era muy castigado y penado. En La Felguera también había uno que tenía una tintorería y había sido compañero de mi padre en la cárcel. Y después estaba la Academia Mercantil, donde yo estudiaba y cuyo director era Daniel Álvarez, el Frailín, un hombre que había dejado los hábitos de fraile, de La Salle, para solidarizarse con los obreros en el 34. El Frailín siempre nos estaba induciendo y solía decir: "¡Ay, el día que el obrero y el campesino despierten?!". Yo creo que en esta región hay mucha gente que no ha tenido el reconocimiento que merecía y uno de ellos es Daniel Álvarez, el Frailín. Hay un porcentaje elevadísimo de trabajadores, pero no manuales, sino empleados, técnicos, químicos y demás, que encontraron trabajo gracias al Frailín. Cuando destacaba un estudiante, él intentaba buscarle ya un trabajo y le decía: "Búscate las habichuelas, trabaja y págate tus estudios". En su academia teníamos un plan de ahorro impresionante con los libros: tenías la obligación de pasarle los tuyos a otro estudiante del curso anterior y a ti te los pasaba el del curso siguiente. El Frailín tenía ideas sociales muy claras, pero era muy duro. Por ejemplo, si un alumno daba un perfil de capacidad suficiente y sus padres no podían pagar la mensualidad, que era de 25 pesetas, él les decía que dejaran allí al chaval, pero lo controlaba más y como fallara llevaba palos y le decía: "Vino tu padre a rebajarse, a avergonzarse, porque no puede pagarte la carrera y tú haciendo el vago"».

Acusación de homosexualidad.
«Habrá poca gente en Langreo de aquella época que pueda decir que el puesto de trabajo no se lo debe al Frailín, que tenía unas amistades increíbles. En un momento dado le acusaron de homosexualidad y fuimos a declarar a favor de él 523 de los 525 alumnos. Era una mentira, totalmente incierta. Aquello fue una venganza por sus ideas. Cuando murió Alexander Fleming nos formó en el patio y nos dio una charla sobre quién había sido Fleming. Y como no era católico creyente, publicó una esquela que decía: "Guardemos un minuto de silencio por el benefactor de la humanidad". Punto. Pero amigo, don José Arenas, el cura párroco de La Felguera le obligó a llevarnos a todos a misa. Armamos la de Dios en la iglesia. El Frailín nunca entraba. A José Arenas, que ya era mayor, lo llamábamos "el cura de las dos caras", porque le mirabas de un lado y estaba riéndose, pero lo mirabas del otro y parecía que estaba llorando».

El padre Stalin y el propio.
«Decidí marchar a Bélgica, entre otras cosas, porque aquí no había ninguna posibilidad, y también porque hubo un conato estudiantil en Oviedo y a casi nos cazan como a tontos por un lado y por otro. Y tomé la decisión de que ni hacía la mili, ni nada, sino que marchaba. En abril de 1958 llego a la estación de Austerlitz de París y allí me está esperando uno de la Camperona que había estado por el monte con Mata y compañía en los últimos tiempos. Pero era un bala perdida que había matado a un ingeniero de Mosquitera, don Ildefonso, que si hay una peana libre en un altar tendría que ser par él. Este hombre no había ido a por él, sino a por los jefes de oficinas, pero por contactos con los del monte tenía un arma y le pegó dos tiros a don Ildefonso. Después de llegar a París pasé a Bélgica, porque tenía el pasaporte muy limitado, ya que había entrado en caja de la mili. Fui a Bruselas y allí ya me puse en contacto con Daniel Secades Fernández, que fue comandante del batallón de Sama de Langreo, el batallón Secades. El 22 de abril de 1958 ingresé en el Partido Socialista Obrero Español, con el aval de Francisco López Real, Daniel Secades y Wenceslao Carrillo, el padre de Santiago Carrillo. Wenceslao Carrillo vivió gracias a solidaridad de los metalúrgicos de Bélgica, cuyo secretario general, Artur Gallí, había fundado una clínica donde Wenceslao pasó los años en los que estuvo muy enfermo. Él estaba muriéndose en Londres y Gallí lo trajo a su clínica. Después vino el yerno, que estaba casado con una hija de Wenceslao, hermana de Santiago, Nora, y también llegó Emilio Fradera. De la carta que Santiago Carrillo mandó a su padre en 1939 mandé miles de ejemplares a España, impresos en la offset que teníamos en Lieja. Si digo que mandé 10.000 copias me quedo corto. Era la carta contra un padre, de un hijo que prefería al padre Stalin al suyo propio. Cuando Wenceslao Carrillo murió en Charleroi, en 1963, se presentó el hijo al entierro. Todos los jóvenes socialistas íbamos con camisa roja, pantalón azul y botas de trabajo. Dimos el pésame a todos menos a Carrillo, que impertérrito estuvo con la mano tendida mientras pasábamos todos por delante».

Ni extranjeros ni comunistas.
«Yo estaba en Bruselas, pero militaba en la sección de Charleroi, como muchos que vivían en la capital pero trabajaba en Charleroi y sus aledaños, en las minas, por ejemplo. Allí había un elemento, un asturiano que había sido un combatiente de la Guerra Civil y que se llamaba Fructuoso. Él hacía mucho por los españoles cuando llegaban; les invitaba a comer, o a cenar, o a dormir a su casa. Había otra solidaridad que aquí había desaparecido. Y entonces Fructuoso los agrupaba a todos en la sección de Charleroi-Chatelino y había rivalidad porque tenía un porrón de afiliados que eran de Bruselas, hasta que nos cambiamos de sección aplicando los estatutos: tenías que militar donde residieras. En Bruselas, por mediación de Francisco López Real, Curro, que murió hace poco, voy a la Universidad y me dan una beca que no me daba ni para comer. Aquello me fastidiaba: había llegado anteayer al país y qué iba a reclamar. Me dijeron que había trabajo en Lieja y allá me fui. Encontré trabajo en un taller que estaba dirigido por un ingeniero que era de los niños del guerra. Me enseñó a trabajar en la fresadora y el torno y allí estuve hasta que se cerró el taller. Después fue cuando empecé a ir de un sitio a otro indagando cómo entrar en la Fábrica Nacional de Armas de Guerra, que era lo mejorcito a lo que podías aspirar. Entro en la fábrica en el departamento de Tierra y allí estuve construyendo piezas de camiones y de todos los artilugios de tierra, especialmente para el Ejército belga. Pero un día me dice el capataz: "Mira o vas para cartuchería, a la fábrica vieja, o vas con un amigo capataz que esté en la 230, que es el departamento de Aviación". Pero el departamento de Aviación tenía una consigna muy fuerte: extranjeros y comunistas no. Lo de los extranjeros era por una cuestión xenófoba, pero lo de los comunistas era porque cuando la guerra de Corea habían pillado a unos comunistas belgas intentando sacar planos fraccionados, aunque era información que no servían para nada».

El finiquito.
«El caso es que dije: "Al departamento de Aviación", y me viene a ver la Seguridad del Estado porque estaba todo muy vigilado. Me preguntan si voy a ir para Aviación y respondo: "Sí, sí". ""No puedes ir". "No soy comunista", les repliqué, y eso fue lo que me valió que la Seguridad del Estado diera de mí una información favorable. Fui el primer extranjero que puso los pies en el departamento de Aviación y allí estuve 13 años. Siempre digo: "Nosotros os colonizamos a los belgas varias veces; el duque de Alba fue el que más os jodió, pero yo vine de segundas y puse la pica en Flandes en el departamento de Aviación". Estuve allí hasta que un día por la mañana entro a trabajar y me llama el capataz al despacho. Fui temblando: "¿Qué habré hecho?". El trabajo era muy delicado, te daban una corona del motor a reacción de un avión que valía 70.000 francos, es decir 280.000 pesetas de entonces. La pieza venía de fundición y la última operación era la tuya. Y trabajábamos con tolerancia prácticamente cero. Me presento al capataz y me dice: "Tienes que estar en Bruselas hoy por la mañana; tienes el finiquito preparado y todo hecho, lo mismo que si fueses diputado". Me mandó ir a una dirección determinada, que era la de la Federación General del Trabajo de Bélgica, el gran sindicato nacional. Llego y me encuentro en un despacho enorme con un señor altísimo, con los ojos achinados, que me pregunta: "Usted, ¿quiere trabajar para los sindicatos?". Yo era delegado sindical en la fábrica y dije sí. "Mañana empieza usted por la mañana". Allí estuve siete años, de los cuales cuatro ejercí como responsable del servicio de trabajadores emigrados y llevando un poco una parte baja de las relaciones internacionales a nivel de emigrados. Cuando había conferencias sobre emigración éramos nosotros los que lo llevábamos. Yo tenía una aureola bastante buena y había un cariño hacia los españoles bastante grande».

Capacidad de improvisación.
«El español en Bélgica tenía una cotización muy buena, muy elevada. En las bolsas de trabajo, al español en el paro se le daba trabajo antes que a ningún otro. Se le buscaba trabajo inmediatamente no porque quisieran quitárselo de delante, sino porque los españoles, aunque con excepciones, como en todo, rindieron y además se adaptaban a la disciplina del país con una facilidad impresionante. Y después teníamos otra cosa que no nos quita nadie: la capacidad de improvisación. Cuando un belga tiene un problema, le pasa como al alemán: cuando hay un problema no se mueve hasta que el encargado, el vigilante, o el supervisor llega y le dice lo que tiene que hacer. Pero nosotros continuábamos produciendo y, o salía algo que les dejaba a todos alelados, o podías joder la marrana. Pero tomabas la decisión y tirabas para adelante. Y otra cosa que apreciaban mucho en nosotros era la polivalencia. Por ejemplo, un albañil español se lo rifaban porque sabía enlucir o poner un marco. En Bélgica el de los marcos era el carpintero y enlucir era del enyesador especialista en la capa final, no en la primera. Pero dejaban a un albañil español con un peón y llegaba el contratista por la tarde y se echaba las manos a la cabeza: "¿Cómo es posible que este tío sea capaz de poner ladrillos, enyesar y poner los marcos, o sea, todo?"».

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