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MARCOS PALICIO
Los tres hórreos de La Corredoria son de adorno. Decoran un jardín junto a la estación del ferrocarril y sólo hace falta cruzar la calle para que empiece la gran ciudad en una aglomeración de edificios marrones de bajo y cinco alturas. Los hórreos son un residuo de pasado agrario encajado en la entidad de población asturiana que ha ganado más habitantes en este siglo, que ha multiplicado por tres los residentes del año 2000 y ha construido un barrio pegado a Oviedo donde no hace tanto que había un pueblo con molinos y caserías. Para los que han conocido aquí estos mismos graneros a pleno rendimiento, mirar hacia la aglomeración urbana que se ha comido una aldea equivale a entender Asturias en el arranque de la segunda década del siglo XXI. Asturias es un hórreo desubicado que ha perdido su función, la exacerbación progresiva de un fenómeno de doble concentración, cada vez más población en los ambientes urbanos, más gente en el centro y menos en los extremos. Cada vez menos vida en los alrededores agrarios y una desbandada que desaloja las alas y corre el riesgo de perder el campo. Una región más habitable, mejor cuidada, más accesible. ¿Mejor? También cada día más desigual. Asturias en plural, Asturias a dos velocidades. La Asturias en crisis enfrentada a un futuro sin la ayuda pública de antaño, donde a la pregunta por lo que hace falta se oye de arriba abajo y de izquierda a derecha casi siempre la misma respuesta: «Trabajo».
La serie «Viejas y nuevas polas», que ha culminado un recorrido por los 78 concejos de la región a la búsqueda del vigor de los distintos modos de poblamiento en el Principado, quería ser un vuelo rasante por la vitalidad de las modalidades de ocupación del territorio asturiano, un chequeo a la forma de estar en la tierra a través del análisis pormenorizado de los principales núcleos de población de cada municipio. En la región de la penuria demográfica, de la plusmarca española en envejecimiento y mortalidad, hay islotes de prosperidad que tienen en común una configuración invariablemente urbana y una querencia a avanzar a costa de la desertización del campo. Así se edifica una de las singularidades demográficas de Asturias, la paradoja de una comunidad uniprovincial de población menguante y apenas un millón de habitantes que, sin embargo, aloja la séptima área metropolitana más habitada de España, sólo superada por las de Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao y Málaga.
La doble reunión
Asturias es esta región donde dos concejos acaparan más de la mitad de la población y el otro cincuenta por ciento se reparte de modo desigual en 76. Esta comunidad asimétrica es un lugar donde el 85 por ciento de los habitantes, y subiendo, vive en el sector central, «apiñado» en los aledaños del área metropolitana triangular que localiza los vértices en Oviedo, Gijón y Avilés, y aproxima a la certeza la sospecha que entre bromas se oye con frecuencia fuera de la burbuja urbana del corazón del Principado: que llegará un momento en el que «en el triangulín» «no vamos a caber todos». El caso es que el centro se expande, se dilata, crece, pero también que dentro de esa zona en general densa y de las alas en regresión se percibe una extensa tipología de poblaciones y personalidades colectivas diferentes. Dar la vuelta a Asturias en 150 núcleos habitados, los más importantes de cada concejo y muchos más aparte de las capitales, con toda la tipología que cabe entre los cincuenta residentes censados en Villabre y los más de 260.000 de Gijón, sirve para comprobar que el patrón de crecimiento afianza sus líneas básicas en lo tocante al repliegue metropolitano. Hay cifras donde apoyar la tesis sobre la tendencia doble a la agrupación, a la aproximación masiva al centro y, dentro de cada municipio, a la concentración en las villas urbanas mejor dotadas de servicios. Entre 2000 y 2011, la población ha progresado únicamente en trece de los 78 concejos asturianos, pero han crecido 33 capitales. Diez de esos municipios demográficamente prósperos pertenecen al área central, únicamente tres al Oriente -Cangas de Onís, Parres y Llanes-, ninguno al Occidente y sólo uno, el más pequeño -Sobrescobio- a las cuencas mineras. Las capitales crecientes se distribuyen por el mapa de modo menos desigual: hay incluso diez en el Occidente -sólo Navia entre las grandes- y hasta cinco en los valles hulleros, señales, en todo caso, de que los movimientos de concentración van a más y tienen una dirección difícil de revertir.
De las 150 «viejas y nuevas polas» que ha analizado esta serie, cincuenta han incrementado su cifra de residentes en lo que va de siglo. Más de la mitad, 26, están en el centro, sólo cinco en las cuencas. Pertenecen a 35 municipios, de modo que las 43 restantes, y de éstas las hay por toda la región, ni siquiera tienen dentro una población de referencia capaz de captar parte de los flujos migratorios internos de su población.
La terciarización
Oviedo recibió en 2011 más de diez habitantes al día procedentes de otros municipios de Asturias; Gijón, casi ocho, y Siero, cuatro. A Yernes y Tameza y San Martín de Oscos llegaron sólo cinco en todo el año, y a San Tirso de Abres, dos. La frialdad de los números subraya la doble tendencia de la población a guarecerse en los ambientes metropolitanos y a mudarse al centro, y apunta una posible explicación: esa expedición colectiva al centro urbano discurre paralela a una orientación económica enfocada a la terciarización. Toca techo en Oviedo, donde más de ocho de cada diez trabajadores pertenecen al sector de los servicios, pero el recuento total del Principado también arrastra datos esclarecedores. El setenta por ciento de los asturianos empleados trabaja en el sector terciario, y subiendo, porque el porcentaje era del 62 hace sólo una década, cuando la agricultura y la ganadería todavía pesaban el 9,2 -ahora rondan el cuatro-, y la industria, que en el recuento actual se acerca al quince, era un dieciséis.
El componente económico se confabula con el sociológico y el psicológico. Lo que «viste» es un piso en el centro y tiene escasa difusión la visión de la vida de Vicente Riego, que elabora y vende arroz con leche en Santolaya de Cabranes: «Siempre oí aquí que progresar era comprarse un piso para vivir en Oviedo o en Gijón, pero ahora la perspectiva es otra. Ahora se puede vivir aquí como allí».
Mirándola desde su propia periferia, esta región se ha hecho más accesible, pero las mudanzas han utilizado, sobre todo, los carriles de salida. Los que se van dejan a la espalda una tendencia al decrecimiento que se siente más en los extremos, más en el Suroccidente y mucho en las cuencas mineras. El reverso del progreso de la Asturias metropolitana se percibe allí donde los yacimientos tradicionales de empleo, los agrícolas y ganaderos, los pesqueros, los mineros, han atenuado su eficacia a veces hasta extremos poco tolerables. El resumen que hace José Manuel Mera, profesor jubilado y concejal en Pesoz, carga de significado la falta de alternativas, el «qué voy a hacer yo aquí» y la impresión de que «mucha gente querría volver, pero no puede». No tienen a qué.
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