«Los españoles tenían sentido de democracia y empezaron a pagar impuestos en 1978»

«En el Tribunal Económico Administrativo tuvimos miles de reclamaciones de pensiones a excombatientes y viudas del Ejército Popular de la República»

21.02.2013 | 02:12
Alfonso Gota Losada, en su domicilio de Madrid, durante la conversación con LA NUEVA ESPAÑA.
Alfonso Gota Losada, en su domicilio de Madrid, durante la conversación con LA NUEVA ESPAÑA.

Nacido en Teruel en 1930, Alfonso Gota Losada llega a Oviedo con su familia a los 10 años. Junto a sus dos hermanos cursa el Bachillerato en el Alfonso II y Derecho en la Universidad ovetense. A continuación oposita al cuerpo general de Hacienda y, después, a liquidador de utilidades, cargo que desempeña en Oviedo. Su siguiente destino será León, ya como inspector de Hacienda. En 1963 le llaman a Madrid e inicia su etapa de altos cargos, el primero como secretario técnico del subsecretario de Hacienda José López Muñiz

Alfonso Gota Losada (Teruel, 1930), afincado en Oviedo a los 10 años, relata sus experiencias como alto funcionario de Hacienda en esta segunda entrega de sus «Memorias».

 Inflación del 27%.
«Al caer en el Ministerio de Hacienda Barrera de Irimo y López Muñiz, llegó de ministro Monreal Luque, que me metió en un embolado: estudiar las retribuciones de los funcionarios del Estado. Y es entonces cuando elaboro el decreto de 1973 que reguló las retribuciones complementarias de los funcionarios. Me encargó además la elaboración de la plantilla de puestos de trabajo y de la Secretaría General de Retribuciones del Ministerio. El año y medio que estuve en esa secretaría equivalen a cinco años en Harvard, porque donde se reparten las perras? En fin, que aprendí mucho. En 1974 viene un ministro muy simpático, Rafael Cabello de Alba, andaluz y abogado del Estado, que me nombra director general de Tributos y estoy con ese ministro y con los siguientes: Villar Mir, Carriles y Paco Fernández Ordóñez. De 1974 a 1977 fueron años muy complicados porque la situación económica era tremenda y el índice de inflación llegaba al 27%. Es la época que yo he llamado "de los decretos leyes" porque cada año hacíamos cuatro o cinco de medidas económicas, de políticas de renta, de funcionarios o de precios».

Salto de declarantes.
«En 1977, Paco Ordóñez, que me tiene por un hombre liberal, como en efecto creo haber sido y seguir siéndolo, me nombra inspector general de Hacienda con la misión de democratizar el Ministerio y eliminar todo vestigio del régimen anterior, y de revisar todos los expedientes de depuración de funcionarios en tiempos de la famosa ley de Responsabilidades Políticas de 1941, una ley durísima. Tengo que confesar que no hubo muchas solicitudes de reintegro; habían pasado muchos años y cada uno había hecho su vida. Además me encargó la organización del Ministerio y tengo que decir con satisfacción que, juntamente con Paco Ordóñez, hice algo que se necesitaba: unificar los cuerpos de inspección, porque no tenía sentido que hubiera un cuerpo de inspección para cada impuesto. Entonces creamos el cuerpo de inspectores financieros y tributarios y ampliamos las plantillas. Y de 1977 es la ley de Medias Urgentes de Reforma Tributaria, con el impuesto extraordinario sobre el patrimonio neto, que se aprueba con entusiasmo en el Parlamento, y con el nuevo impuesto sobre la renta de las personas físicas, el de sociedades, el de sucesiones y donaciones, el de transmisiones patrimoniales y actos jurídicos documentados. Se concedió una amnistía fiscal, que no dio ningún problema, y se suprimió el secreto bancario, algo extraordinario, y el fraude fiscal pasó a ser delito. Es cuando los españoles empiezan a pagar impuestos y el número de contribuyentes dio el salto a diez o doce millones de declaraciones. Además se creó el eslogan "Hacienda somos todos" y el éxito de la campaña de la renta de 1978 fue rotundo. Las cosa como son: en los españoles había un sentido de la democracia y presentaban declaraciones todos, fuera cual fuera su ideología».

Sin aire acondicionado.
«Paco se va al Ministerio de Justicia y viene de ministro mi gran amigo Jaime García Añoveros, catedrático en Sevilla y que tenía exactamente la misma edad que yo y además también había nacido en Teruel. Antes había sido presidente de la comisión de Hacienda del Congreso, por UCD, y venía a verme con mucha frecuencia, al igual que Enrique Barón, del PSOE, y hablábamos sobre decretos, proyectos de ley, etcétera. Añoveros me saca de la Inspección General y me nombra en 1979 director general de Tributos e incorpora a esa dirección la de inspección y el centro de proceso de datos, con lo cual yo no paraba. Jaime se dedicaba principalmente a la política y me largaba todas las comisiones. La verdad es que estaba cansado y tenía que llevarme trabajo a casa. Por ejemplo, Jaime me preguntaba: "Alfonso, ¿tú te has leído el reglamento del impuesto sobre sociedades?", que eran 370 artículos. "Sí, me lo he estudiado". "Bueno, puedo firmarlo, ¿verdad?". "Sí, yo te lo garantizo". Y para eso había que currar mucho y además tenía cantidad de visitas, aunque hice una cosa que me salvó del reuma, sobre todo en los meses de calor. Mi antecesor, Luis Ortiz, luego ministro de Obras Públicas, trataba de maravilla a las visitas: aire acondicionado, nevera, unos güisquis?, y la gente no se le iba del despacho. Conmigo los güisquis cesaron. "Hombre, Gota, tu antecesor?". "No, si he quitado la nevera". Y a partir de junio, cuando empezaba el calor, quitaba el aire acondicionado. Encima había una lámpara con 50 bombillas y el sol que daba en la calle de Alcalá era tremendo. Llegaban las visitas muy contentas y empezaban a hablar. A los diez minutos, se movían porque se les estaba pegando en el trasero el eskay del asiento. Y entonces empezaban: "¿No hay aire acondicionado?". "No, lo tengo estropeado; es muy antiguo y ya no hay piezas". Luego miraban a la lámpara y al sol. "Tiene las cortinas abiertas". "Sí, es que aquí se necesita mucha luz". Total, que a los 20 minutos se iban bien sudados. Pero todo aquello era un palizón y mi mujer estaba disgustada porque ni atendía a los chiquillos».

Bachillerato en gaélico.
«Me había casado en 1968 en Oviedo, con Mary Ann Thompson O'Connor, irlandesa con ancestros escoceses. Ella nació en Ardrahan, condado de Galway, y estudio el Bachillerato en gaélico, el idioma de los celtas. Luego en la London School of Economics and Political Science y, después, dos años en la Sorbona. Y como quería conocer cómo éramos los donjuanes españoles, o asturianos, se vino a Madrid y nos conocimos. Tenemos dos hijos: Alfonso (casado también con una irlandesa y con tres hijos: Dylan, Colin y Ryan Patrick), y Colman, nombre del santo patrón de Ardrahan».

Tres leyes importantísimas.
«Estuve en la Dirección General de Tributos hasta febrero de 1982 y paso a la presidencia del Tribunal Económico Administrativo Central, que depende de Hacienda y atiende las reclamaciones tributarias. Era un trabajo sin angustias y sin ansiedad, pero en aquellos años se aprobaron tres leyes importantísimas. Una, que se reconocieron pensiones a los oficiales y suboficiales del Ejército Popular de la República, que ése es su nombre, y no el de Ejército Rojo. Segunda, pensiones para huérfanos y viudas de aquellos que hubieran muerto privados de libertad o por causas bélicas, es decir, todos los que murieron en cárceles y campos de concentración o fusilados y muertos de mala manera en las tapias de los cementerios. Esto se aplicó también a huérfanos y viudas de los maquis. Y tercera, reconocimiento de pensión a los soldados republicanos mutilados. Recuerdo que en Tribunal dijimos: "¡Coño, ya era hora!", porque si el mutilado era alguien del Ejército Nacional, era un "caballero mutilado por la Patria", pero si era un pobre soldado del Ejército Popular era un "puto cojo". Ese dicho denotaba el terrible trato discriminatorio que habían sufrido. Por las tres leyes nos llegaron al Tribunal, que entendía también sobre materia de clases pasivas, miles de reclamaciones en 1985 y 1986, y tuvimos muchísimo trabajo, a causa de dificultades con la documentación, por ejemplo. Pero reunimos una información extraordinaria sobre el Ejército de la República, el maquis y sobre aspectos de lo que fue la terrible represión durante la contienda por un bando y por otro, porque ahí no había distinciones. Lo que pasaba es que los del Ejército Nacional ya habían sido reconocidos, pero a quienes se había olvidado y preterido por completo eran los del otro bando».

Tuberculosis y para casa.
«Incluso hicimos una interpretación extensiva porque la realidad es que en las cárceles y los campos los prisioneros estuvieron mal alimentados y hacinados, con lo que la tuberculosis había hecho estragos. Y los médicos cuando veían a un enfermo con síntomas un día y otro y tal vez le daban dos meses de vida, soltaban al prisionero y entonces moría fuera de la cárcel y o del campo. Nosotros dijimos entonces que en esos casos había que conceder las pensiones porque en realidad la causa de la muerte se produjo durante la privación de libertad, y si encima de mandarlo a morir a su pueblo no se reconocía esa circunstancia era una interpretación excesivamente restrictiva de la ley. Fue un trabajo enorme, porque además teníamos el trabajo propiamente tributario. Pero yo siempre tuve afición a la historia y, es más, incluso en la última edición de "La guerra civil española" Hugh Thomas me cita en la página de agradecimientos porque le facilité documentación».

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