Santa Eulalia derrama sus dones sobre el campo asturiano, en la puerta de la Catedral. | miki lópez 

Puertas que hablan de un viejo mundo

El maestro ovetense José Bernardo de la Meana plasmó en la talla de su obra de entrada a la Catedral los paisajes y las costumbres de la Asturias del siglo XVIII como si de instantáneas se tratara

05.03.2014 | 17:34
Restauración de la puerta de la Catedral de Oviedo
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Puertas que hablan de un viejo mundo
Puertas que hablan de un viejo mundo

Fue designio de los cielos que José Bernardo de la Meana tallara la puerta principal de la catedral de Oviedo y que recreara en ella dos realidades contrapuestas: hombre y mujer, mundo rural y urbano, la Asturias campesina y la emergente de las ciudades. En 1723 un rayo cayó sobre la basílica de San Salvador, causando importantes destrozos en el edificio, sobre todo en la torre. El templo ya había sido antes diana de las tormentas: la torre gótica sustituyó a la románica, derribada por otro rayo en el año 1575. En esta segunda ocasión, en el siglo XVIII lo que empezó por todo lo alto acabó a los pies del templo, porque el cabildo, ya metido en reformas, decidió encargar al que por entonces era maestro mayor de la Catedral "unas puertas nuevas para la iglesia, las que sean fuertes y bien adornadas de talla y moldura", según recoge Germán Ramallo en su tratado sobre la escultura barroca en Asturias. Y en ello se empleó a fondo el artista ovetense, que convirtió el acceso de la basílica de San Salvador en una obra maestra y en un tratado sobre la cambiante sociedad de la época.

La limpieza y las medidas de mantenimiento que el restaurador madrileño Jesús Puras, afincado en Asturias desde hace décadas, ha sometido a la puerta de De la Meana hacen más evidentes todos los detalles trazados en la madera, instantáneas de una Asturias ya inexistente y que vivía una época de cambios e innovaciones, tan revolucionarios entonces como olvidados ahora.

Fueron los años en los que el cultivo del maíz se extendió por la provincia. Su introducción data del siglo anterior, según Fermín Bouza-Brey. "Cuando el maíz llega a Asturias el panorama agrícola es éste: el labrador no cuenta sino con mijo y algo de centeno y de escanda; no ha asomado aún -y tardará en hacerlo- la patata, y es la castaña la que suple a ésta", cita el investigador en una monografía sobre este asunto. El maíz es el aliento de un mundo nuevo y prometedor, anima la dieta de animales y personas y hasta transfigura los campos: "El advenimiento del maíz no sólo transforma la economía, sino que el paisaje se llena de gracias nuevas: un color fresco que fulge al sol".

José Bernardo de la Meana (Oviedo, 1715-1790) esculpió el maíz crecido en las puertas de la Catedral, en la hoja de la derecha, que es la que reservó para los aspectos femeninos del universo doméstico que para él era Asturias. Santa Eulalia de Mérida, patrona oficial de la ciudad de Oviedo, de la diócesis y del Principado de Asturias desde el siglo XVII, aparece derramando el agua y con ella la fertilidad sobre los campos de maíz, en medio de una casería con su vivienda, los establos y las vacas paseándose por los paneles de nogal en los que el maestro de obra de la Catedral dejó impresa, por siglos y siglos, la imagen de la Asturias del XVIII, la que conoció y contempló durante su vida.





El escudo de España, sostenido por dos angelotes, sobre el Salvador. | miki lópez


Una imagen impactante antes de la oración

La visión de la puerta de la Catedral recién salida del taller de José Bernardo de la Meana debía ser impactante. Jesús Puras, que la restauró en 1987 y que ha dirigido su limpieza durante estas últimas semanas, hace reparar en lo llamativo que debía resultar el contraste entre la piedra desnuda del edificio y aquellas puertas policromadas con colores llamativos, los dorados y los profundos azules que tanto gustaban a mediados del siglo XVIII, y con una profusa decoración barroca.

Al acercarse a ellas los fieles más observadores descubrirían el imaginario personal de su creador, "con motivos rococós, animales fantásticos, mascarones y cenefas", según enumera Puras, y entre ellos las imágenes de una Asturias cotidiana. "La mayoría son motivos habituales, pero lo más novedosos son el maíz, los castaños, las vacas, los jabalíes; a la izquierda aparecen dos castaños, un pozo -que tiene que ver con la importancia del agua- y la torre de una iglesia", explica el restaurador.

De la Meana volcaba en sus obras lo que veía en su imaginación y en su día a día. Por eso, opina Puras, la torre de la iglesia que aparece en la hoja de la izquierda, al amparo del Salvador, recuerda la del vecino monasterio de San Pelayo, aunque no parece representar ningún edificio concreto, sino más bien ser un símbolo de la diócesis o de la Iglesia. Como el escultor barroco conocía y contemplaba a menudo la sillería del coro, no es raro que muchos de los detalles que talló en sus puertas guarden cierta semejanza y tengan un estilo similar a los de aquélla.

El escultor reservó la parte derecha de la puerta principal de la Catedral a los motivos femeninos. Es en esa hoja donde está representada Santa Eulalia, patrona del buen tiempo, de la lluvia y del sol, capaz de atraer las buenas cosechas y cuyo culto en la ciudad de Oviedo se intensificó en el siglo XVI. "En 1594 la Corporación pidió apoyo al cabildo para fundar la Cofradía de Santa Eulalia. Pero hubo canónigos que se negaron, porque tenían que contribuir de su bolsillo", refieren los archivos históricos. Finalmente, la cofradía se creó en 1617 por iniciativa municipal y la santa, una mártir niña que se había rebelado contra los romanos, fue elegida patrona de Oviedo por votación popular en el año 1639. Ese mismo año, el Papa Urbano VIII en su rescripto del 19 de febrero de 1639 la reconocía oficialmente como patrona de la ciudad, de la diócesis y del Principado de Asturias.

Las reliquias de Santa Eulalia, según la tradición, fueron traídas por el rey Silo a Oviedo en el siglo VIII.


La Cruz de los Ángeles preside la hoja derecha de la puerta. | miki lópez

Santa Eulalia aparece representada bajo el símbolo de la ciudad, la Cruz de los Ángeles, rodeada de nubes y pájaros y con un campo de maíz a sus pies. En cada una de las puertas que dan entrada a la Catedral están representados dos dragones, a la mitad de su altura: los que aparecen en la de la derecha, custodiando a la virgen mártir convertida en símbolo de fecundidad, son hembras; los de la hoja opuesta, bajo la figura del Salvador, la advocación bajo la que se levantó la catedral ovetense, son machos. "En la iconografía cristiana los dragones son un símbolo del mal, aquí aparecen en actitud de sumisión", observa Jesús Puras.

"Las dos imágenes", comenta el restaurador refiriéndose a las figuras del Salvador y de Santa Eulalia, "tienen un canon muy estilizado, son relieves de talla muy fina y exquisita, la obra de un artista de primera línea. Hay algunas cabezas talladas en alto relieve, y también hay algo en los ángeles y los escudos". Aun así, en el trabajo se aprecia la huella de varias manos porque no todas las figuras fueron talladas personalmente por José Bernardo de la Meana, sino que algunas son obra de los oficiales que trabajaban en su taller.

En la hoja de la izquierda el Salvador reposa su mano izquierda sobre el orbe y debajo el escultor representó una iglesia, símbolo de la diócesis de Oviedo probablemente. Al otro lado hay un pozo y un poco más abajo un animal que parece ser un ciervo bebe de un abrevadero. En lo alto de la puerta, dominando toda la composición, está el escudo de España y sobresale un mascarón, en la parte central, de una factura excelente, según Jesús Puras, y que está emparejado con el de la otra hoja.

Por todo el conjunto escultórico vagan los angelotes y los pajarillos, se desenvuelven los motivos vegetales y geométricos que le confieren su carácter barroco, y todo ello enmarcado por la tarja o moldura de madera que va delimitando las escenas principales. Algunos motivos, por supuesto, no tienen más razón de ser que el capricho del artista o dotar de equilibrio la composición.

En las puertas de la Catedral pervive el propósito de adoctrinamiento que la Iglesia católica da a las obras que promueve. El encargo que en 1746 el cabildo hizo al maestro mayor de la basílica ovetense estaría bien delimitado, pero el escultor logró crear una obra personal, a pesar de las imposiciones eclesiásticas, y dejar en ella el testimonio de su época, que es lo que, en definitiva, distingue a los artistas de los artesanos.

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