De unos poetas que vivían y bebían juntos

 
De unos poetas que  vivían y bebían juntos
De unos poetas que vivían y bebían juntos 

Meritorio esfuerzo de Lola Fernández Lucio de organizar un seminario en Oviedo sobre los poetas de la que da en llamarse Generación del 50. Vamos a decir algo de esos poetas.

Para que haya una generación es necesario que alguien la defina, como Azorín definió la del 98 (para irritación de Baroja, que la negaba), y la antología de Gerardo Diego la del 27 (o, como prefiere Cernuda, del 25). Para hablar de la generación de mediados del siglo XX es, por lo tanto, preciso tener en cuenta la antología «El grupo poético de los años 50», de Juan García Hortelano, que incluye a los poetas Ángel González, José Manuel Caballero Bonald, Alfonso Costafreda, José María Valverde, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Francisco Brines y Claudio Rodríguez. Permanece al margen de ella José Hierro, que además de ser algo mayor en edad, mantuvo siempre una voz muy personal, ajena a grupos. Y tampoco se incluye a Aquilino Duque, de la misma edad de Brines y dos años mayor que Rodríguez, y que presenta algunos aspectos semejantes a los de los poetas del cincuenta, además de haber empezado a publicar también por esas fechas: principalmente, el cosmopolitismo, que en su caso es verdadera manía de trotamundos. Sin embargo, la evolución ideológica de Duque fue divergente a la de estos poetas: en lugar de arrimarse al poder, se mostró crítico con el sistema democrático, lo que fue el motivo de su aislamiento, y también a diferencia de la actitud antiespañola de muchos de los poetas del 50, en Duque, sobre todo últimamente, se manifiesta auténtico frenesí nacionalista español. El hecho de que sea andaluz no sé si será significativo entre poetas de predominio levantino, bien catalán (Barral, Costafreda, Goytisolo, Gil de Biedma) o valenciano (Brines).

Sobre estos poetas, que por lo general cultivan un intimismo desolado, pesa como una losa la pesadumbre por la derrota de la guerra civil de 1936-39: les habría gustado que la ganaran quienes le perdieron, para poder suicidarse a gusto, como Maiakovski, Essenin o Ajmatova, o perecer en un campo de concentración siberiano, como Mandelstam. Con esto se destaca su perceptible masoquismo. Algunos, como Costafreda y Goytisolo, también se suicidaron, pero no bajo la bota de Franco, sino en Ginebra o durante la democracia. En realidad, pueden ser considerados como nihilistas, esto es, burgueses descontentos consigo mismo y con su clase (añado «social» ya que alguno «flirteó» con el marxismo): lo que Zapatero llama con extraña intuición «krausistas».

Estos poetas vivían juntos en el sentido de que hacían parecido tipo de vida, burgueses «progres» más «progres» que ilustrados y laicos, afrancesados y con inevitable tendencia al dandismo más o menos de andar por casa, ricos por su casa algunos de ellos, otros con profesiones bien pagadas (funcionarios internacionales, profesores en universidades extranjeras, etcétera) y algunos empresarios; y bebían juntos, supongo que porque el franquismo les daba mucha rabia y lo combatían con el trago. Por lo menos tres de ellos contaban que habían tenido escondido en su casa a Julián Grimau, lo que no deja de resultar sorprendente: quiero decir, sorprendente que no hubieran tenido escondida también a la Pasionaria, o que no le hubieran enviado la peluca a Carrillo camuflada en una caja de puros filipinos. Su elitismo displicente y nihilista les impedía, de todos modos, integrarse en organizaciones políticas clandestinas, porque siempre estaban a su izquierda. Caso singular por lo patético (es el sentido recto de que produce cierta tristeza y también en el que se emplea actualmente, más o menos como sinónimo de grotesco), es el de Valderde, que pretendió conciliar su catolicismo de familia y clase con la colaboración con opositores activos al régimen anterior, a los que parecía pedir disculpas constantemente. Algunos llegaron a ser verdaderamente lúcidos, como Gil de Biedma; otros, como el Valente del período final, incurrieron en una pretenciosidad cosmopolita verdaderamente aldeana. En fin, a todos estos poetas, alguien o algo los había ofendido tan gravísimamente, que les impidió reconsiderar la historia (como hicieron los del 98), o cantar el mundo (como algunos del 27), sino que optaron por despreciar el entorno y lamentarse de sí mismos. Su intimismo, incluso en el caso de un poeta existencial como González, es casi abstracto, lo que los anulaba, por fortuna para ellos, para la poesía «social» que en algún momento pretendieron. Este tipo de poesía exige la concreción y el vigor de un Otero o un Celaya, no la melancolía de tango de González o el cristianismo disponible y vergonzante de Valverde («en lo de amar el prójimo entra este gris cansancio»). En realidad, eran estetas con «mala conciencia», cosa que advirtió muy bien su antólogo García Hortelano: «Sencillamente, estos implacables estetas del desierto, con esa sañuda sed de conocimiento y belleza que se sufre en una cultura de secano, experimentan la inexistencia de una estética marxista». Sin andamiaje teórico, dieron en la desazón. Su poesía, en líneas generales, es desolada; algún día, tal vez, en el futuro, se extraiga lo que hay de verdadera poesía entre tanta desolación.

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