Heradio y Ramiro o Ramiro y Heradio: tanto monta

14.05.2008 | 02:00

Dos personajes muy peculiares del Oviedín del alma del último cuarto de siglo (aunque no hayan nacido a la sombra de la Catedral, llevan a Oviedo en la entraña, o como escribió Ramón Pérez de Ayala en la «Epístola a mis paisanos», hasta la cápsula y la médula de sus huesos), están en celebración: Ramiro, el peluquero por antonomasia, porque se jubila, y Heradio, el abogado poeta, porque cumple los 73 años. Lo que a efectos de efemérides es como cumplir los setenta y dos o los setenta y cuatro años sobre más o menos, aunque quién diría que Heradio está a punto de sumar setenta y tres años si está hecho un chaval. A ambos les gusta salir en los periódicos más que el caramelo, qué digo el caramelo, sino que a un político profesional. Mas como ninguno de los dos es político profesional, sino dos personas amables, bondadosas y pintorescas, vamos a contribuir a su vanidad (la vanidad, cuando no es interesada, es incluso aceptable en pequeñas dosis) poniendo en letras de molde que son dos tipos estupendos.


Heradio, el gran Heradio, grande no sólo por el tamaño y la estatura, sino por la afectuosidad y la cortesía que desparrama a su alrededor y que le acompaña a donde quiera que va, me escribe una carta un poco lúgubre en la que me comunica que el próximo 17 de mayo del año en curso «me vuelo 73 tacos», por lo que le agradecería que con ese motivo escribiera algo a propósito de su libro «Palpitaciones poéticas», en el que también palpita, en palabras preliminares y en la financiación, el no menos poético Román Suárez Blanco, que en horas de ocio quiere a Luarca como a una novia. ¿Qué podría decir yo de Heradio como poeta, poeta tanto en la prosa como en el verso, sino que es el más caracterizado poeta rubenista que hay hoy por hoy en Oviedo? Y no sólo es poeta, sino que nadie como él ha defendido en Asturias la memoria del gran Rubén Darío hasta el punto de que todo lo que aquí se ha hecho en recuerdo y homenaje del gran poeta nicaragüense se debe al entusiasmo, al fervor, a la iniciativa de Heradio González Cano. Y no es Asturias un nombre cualquiera en el vasto universo rubeniano, sino una tierra a la que el poeta acudía y sobre la que escribió páginas memorables. Sobre la parcela del cielo de los poetas, el poeta de Metapa (Rubén) bendecirá eternamente al poeta de Metagalpa (Heradio), por lo mucho que hizo, hace y hará por perpetuar su memoria, la memoria de uno de los mayores poetas de la lengua española de toda época, renovador de la palabra poética y, en palabras no renovadas de Heradio, «recio bardo cantor y defensor supremo de la Hispanidad». En efecto: en estos momentos no del todo optimistas, porque se apunta la disgregación de España, recordar al inmenso poeta épico que se erigió como el cantor de un pueblo que «reza a Jesucristo y canta en español» es la afirmación gozosa y potente de una gran tradición profunda a ambos lados del océano Atlántico. En estos momentos lamentables en que algunos españoles parecen decididos a renunciar a España, la gran obra de Rubén, creando y recreando en versos sonoros la lengua española, reafirma las fuertes raíces de España y de América, de España sobre América y de América sobre España. Porque la verdadera esposa siempre es de nuestra tierra, aunque la querida sea de París. Y aunque Rubén Darío era un afrancesado, no por ello dejó de ser americano y español, y gracias a esa conjunción magnífica su poesía prevalece como la de nuestros clásicos, a los que tanto amaba.


Querido Heradio: cumplir 73 a estas alturas no es nada. Vuelve a tu tierra nativa no para despedirte de ella, como te propones, sino para regresar renovado de Nicaragua, de América, y para sentir en Metagalpa la nostalgia de Oviedo y en Oviedo la nostalgia de Metagalpa. Y que la «elogiosa homilía» que don José Franco ha preparado para tu funeral se retrase muchos, muchos años, lustros estelares.


Y en cuanto a Ramiro, ¿qué decir sino lo importantes que son los peluqueros en nuestras vidas cuando notamos el pelo largo? Álvaro Cunqueiro pasó horas muy gustosas en la peluquería de su amigo el Pallarego, que era el corresponsal de «El Faro de Vigo» en Mondoñedo, y Cunqueiro le escribía los artículos. Yo, por no ser menos que Cunqueiro, corté el pelo durante la mayor parte de mi vida desde que era niño en la peluquería Higiénica, con sus dos imponentes sillones hidráulicos, primero con el inolvidable Abundio y después con su hijo Félix, hasta que empecé a sentirme extraño en mi pueblo y me fui a cortarlo donde Paquín, en Cangas de Onís, que me lo sigue cortando. Nunca me lo cortó Ramiro, seguramente debido a esta fidelidad a otro concepto más tradicional de la peluquería, pero he recibido puntualmente sus escritos teóricos sobre psicoestética, que son un alarde de imaginación. No ya el rostro, sino el corte de pelo es uno de los espejos del alma. Y por si fuera poco, estética y psicología, que parecen materias bastante ajenas, se relacionan por arte de Ramiro en el corte de unas tijeras. A cada cual, su corte de pelo, teoriza Ramiro con su sabiduría práctica a la vez que con efusiones líricas desea a sus amistades centenares de euros de felicidad con motivo de las fiestas navideñas. Miles de euros de felicidad le deseo yo a Ramiro con motivo del acontecimiento fausto de su jubilosa jubilación.

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