«Creo que soy el funcionario más viejo de España; entré en 1951, y sigo y sigo»

«Ser empleado público te permite discutir críticamente, y ponerlo por escrito, y depender sólo del interés general»

14.04.2009 | 02:00
Juan Velarde Fuertes, en su despacho del Tribunal de Cuentas, en Madrid.
Juan Velarde Fuertes, en su despacho del Tribunal de Cuentas, en Madrid.

Gijón, J. MORÁN


Juan Velarde Fuertes (Salas, 1927) recorre en esta tercera y última entrega de sus «memorias» para LA NUEVA ESPAÑA su trayectoria como alto funcionario del Estado. «Creo que soy el funcionario más viejo de España; entré en 1951, y sigo y sigo», asegura.


l Un consejo de Carrero. «El gran cambio de la economía española es en 1953, año de los acuerdos con EE UU. Ya no teníamos que ser proteccionistas, pero se mantuvieron situaciones de proteccionismo e intervencionismo. Acerca de ello, y años después, tuve diferencias con Carrero Blanco cuando me encargaron el plan de desarrollo de Guinea Ecuatorial. Había publicado unos artículos sobre tinglados financieros como el de la Transmediterránea, que tenía un contrato para cubrirle los costes de que los buques llegaran allí. Me llamó Carrero: "Velarde, ¿usted tiene un seguro para decir estas cosas?". "¿Cómo un seguro?". "Mire usted, los militares, cuando criticamos algo, es porque nos han pedido que lo hagamos, y a usted nadie se lo ha pedido". "Don Luis, es que yo tengo un seguro: soy catedrático de Universidad, y si me dicen que deje el plan de desarrollo, me voy a mis clases y se acabó"·. "¡Ay, Velarde, Velarde!, piense que le he dado un buen consejo"».


l Paga, barrera y boda. «Estoy en la Universidad desde 1947, primero como ayudante de clases prácticas de José Miguel Ruiz Morales. Se nos pagaba un cantidad pequeñísima al año, de una vez, pero me permitió invitar a la chica con la que me casaría en 1956, Alicia Valiente Pita de la Vega, a una barrera en la plaza de las Ventas. Era de sol, pero como estaba el día nublado, ella no se enteró. Ella estudió también Económicas y una vez le dijo Fraga en clase: "Señorita Valiente y Pita de la Vega, ¿no le da vergüenza apellidarse así? Sepa que los Pita da Veiga quitaron la espada a Francisco I en la batalla de Pavía, y etcétera, etcétera; siéntese usted". La causa era que un antepasado suyo, Teodoro Pita de la Vega, era liberal y no quiso llamarse como su hermano, que era carlista, y castellanizó el apellido. Sobre mi mujer tengo otra anécdota. En un encuentro del Fondo de Cultura Económica, en México, aparece el agregado comercial de la Embajada de España: "¿Tu eres Velarde? Me han dicho que te casaste con Alicia Valiente; pero si era la chica más guapa de la Facultad". "¿Y qué quieres que haga?". Aquel señor parecía irritado por mi boda».


l El «error Girón». «Entro en 1951 en el Cuerpo Nacional de Inspección Técnica de Previsión Social. Y, al mismo tiempo, en la sección de estadística del Consejo Superior Bancario, cuyo director era Luis Olariaga, uno de los grandes economistas, con quien me apetecía mucho colaborar. En 1957 se produce la caída de Girón, como consecuencia de lo que nosotros llamábamos el "error Girón": subir los salarios para tratar de cortar las protestas sociales, un peronismo a medias con el que se organizó un cisco del demonio. Se va Girón y llega a Trabajo el ministro Sanz-Orrio, junto con Jesús Romeo. Yo paso a jefe de la sección de economía y estadística del Ministerio de Trabajo, y desde allí controlamos la "Revista de Trabajo", con lo cual desde muchos campos estábamos opinando sobre el cambio de modelo económico. Lo decisivo fueron otras cosas, por supuesto, pero nosotros hacíamos lo que podíamos. Y fui testigo del gran cambio, y éste será el título de un posible libro de memorias que esta sólo iniciado».


l Vocación de funcionario. «Siempre fui muy funcionario. Cuando aprobé las oposiciones Olariaga me dice que me ha encontrado una plaza en el Banco Hispanoamericano. "No, yo quiero ser funcionario público; es mi vocación". Yo creo que en este momento debo de ser el funcionario público más viejo de España, en el sentido de que entro en 1951 y sigo y sigo, porque paso de un puesto a otro y a otro. Veo en el funcionario: uno, el poder discutir críticamente todo lo que a uno le da la gana; dos, poder ponerlo por escrito, y, tres, no depender más que del interés general. No me siento vinculado con el interés privado; lo respeto y creo que está muy bien actuar en el mundo empresarial. Sólo he estado en un consejo de administración: en el Banco de Crédito Industrial, que era un banco oficial».


l El «caso Matesa». «Estuve en ese consejo después del "caso Matesa", que por una ironía casi lo descubro, pero no lo descubrí, quizás por tonto. Estaba en Trabajo y el ministro era Jesús Romeo. Y me dice: "Oye, voy a dar un discurso en la Feria de Muestras de Barcelona y me han dicho que hay un señor que exporta cantidades gigantescas a América latina mediante la firma Matesa; a lo mejor está bien que hable bien de un exportador". Por casualidad me habían llegado entonces las balanzas comerciales de Colombia y de Perú, y, supuestamente, Matesa realizaba una exportación tremenda de máquinas textiles para esos países, pero voy a las balanzas y no había nada, con lo que le digo a Romeo: "Mira, aquí no aparecen máquinas de ésas en Perú y Colombia, y como no puedes dar datos, yo que tú lo quitaría, para no hablar en el aire". Cuando después se descubre el caso, me dije: "¡Ahí va!, yo lo había visto y no lo vi"».


l La baja corrupción del régimen. «Pese a Matesa, la corrupción durante el franquismo tuvo un nivel más bien bajísimo. Si se llama corrupción a ciertas decisiones no perfectamente racionales de la política económica, por ejemplo, levantarle una torre de homenaje a no sé quién, lo hubo, pero eso no es exactamente corrupción, sino mala asignación de recursos. Hay una anécdota sobre la austeridad de la Administración. Estaba yo en mi despacho del Ministerio de Trabajo, en Nuevos Ministerios, y le pido al ordenanza un vaso de agua. Al cabo de tres cuartos de hora no había llegado el agua; vuelvo a tocar el timbre y me dice: "En cuanto termine de beber el señor ministro se la traigo". Había sólo un vaso, porque Sanz-Orrio había impuesto unas medidas tremendas».


l Un informe al cajón. «Hay otro suceso revelador con Girón. Estábamos inspeccionando la Caja Nacional del Instituto de Previsión y encontramos una serie de galimatías. Hacemos un informe feroz y nos llama Girón. "Queridos amigos, quiero decirles a ustedes que he leído el informe. Los felicito, espléndido. Por causa de eso he dado orden de que conste felicitación en su expediente personal, y de mis fondos reservados les he asignado a cada uno de ustedes mil pesetas. Y ahora, vean lo que hago con este informe". Abre un cajón y lo echa dentro. "Ahí queda; esto es reservado". Salimos de allí murmurando, pero en el Consejo de Ministros siguiente fue destituido todo bicho viviente en los altos cargos del Instituto de Previsión y, después, más abajo, hubo una sarracina tremenda. No querían hacer escándalo, pero las consecuencias fueron las mismas. Esto lo vi yo en primera fila».
l Un dólar de salario mínimo

. «Trabajé con Romeo en la creación del sistema de Seguridad Social. Fue apasionante hacer todo aquello. Colaboré en meter las cuentas de la Seguridad Social en la contabilidad nacional, y en crear un modelo econométrico para ver de qué manera la política del salario mínimo encajaba con los equilibrios del país. Fue entonces cuando salió el salario mínimo, de sesenta pesetas, que eran un dólar. A continuación, viene Licinio de la Fuente y sigo un tiempo con él, pero después paso de secretario general técnico al Ministerio de Planificación y Desarrollo, con Cruz Martínez Esteruelas, y voy con él después a Educación».


l La dimisión-destitución. «En 1982 estaba en el Instituto de Estudios Laborales y de la Seguridad Social, hasta el Gobierno socialista. Pensé que querrían nombrar a los suyos y pasé a ver al ministro de Trabajo, Joaquín Almunia: "Vengo a presentarte la dimisión, ministro". "No, soy yo el que te destituye". "Muy bien, diré para siempre en mi currículum, cuando me pregunten, que al llegar los socialistas al poder me destituyeron". Y entonces me dijo: "No seas cabrón", a lo que repliqué: "Tú me lo has puesto en bandeja". Yo, que soy muy poco imaginativo, tuve aquella frase, que me salió redonda».


l Un tribunal un poco raro. «Aparecen las disposiciones de incompatibilidad y vuelvo a la Universidad, hasta la jubilación, que coincide con el nombramiento para el Tribunal de Cuentas, presentado por el PP, aunque me apoyó muchísimo María Teresa Costa, del PSOE. El Tribunal es un sitio un poco raro dentro de los órganos constitucionales. Hay discusiones muy técnicas, y dos y dos no son cinco. De los asuntos importantes, sólo vi en el "caso Filesa", que se resolviera por el voto de calidad del presidente, que se quedó aterrado. Antes de aquello fui a dar una conferencia a Santiago, invitado por el arzobispo de entonces, Rouco Varela. Llego y veo muy contento a Rouco, que me dice: "Hay ahí mucha gente de la televisión que quiere hablar con usted; se ve que esto se ha anunciado bien". Entro y todo son preguntas sobre Filesa. "De asuntos en trámite no hablo, vengo a hablar de la encíclica Centesimus Annus". Salen todos y veo a Rouco, que entra: "¡Pero qué ha hecho usted, que se marchan todos!". Ahí sigo, en el Tribunal de Cuentas».

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