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«´El proceso de Burgos sólo puede pararlo la Iglesia´, dijo Tierno, y fui a ver a Tarancón»

«Con el juicio y el aluvión de cartas, llamadas e informes, pasé de no hacer nada a tener tres secretarias en la Dirección de Relaciones con la Santa Sede»
• Mañana, tercera y última entrega de las «Memorias» del diplomático Amaro de Mesa.

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Amaro González de Mesa, en el Campo San Francisco de Oviedo.
Amaro González de Mesa, en el Campo San Francisco de Oviedo. jesús farpón

Gijón, J. MORÁN

Amaro González de Mesa, diplomático asturiano nacido en Oviedo en 1924, relata en esta segunda entrega de sus «Memorias» para LA NUEVA ESPAÑA su etapa final en el Vaticano y sus atragantones con el proceso de Burgos, que siguió de cerca como director de Relaciones con la Santa Sede, en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Intentó parar el proceso de Burgos con la intercesión del cardenal Tarancón.

l Crítica demoledora a las Leyes Fundamentales. «Llegó a la Embajada ante la Santa Sede, en 1964, Antonio Garrigues, que fue un gran embajador, extraordinario. Fue cuando estuvo Jacqueline Kennedy, y hubo habladurías porque se hospedó ocho días en la Embajada de España, y no en la de EE UU. Al acabar el Concilio, don Antonio decidió que allí teníamos poco que hacer y que había que elaborar un estudio sobre las Leyes Fundamentales españolas. Otros diplomáticos dijeron que no estaban para eso, pero a mí me divertía, y con otro diplomático y un claretiano, Gutiérrez, que era jurista y que después fue obispo de Segovia, hicimos un estudio crítico en el que, en definitiva, decíamos que esas leyes eran todo declaraciones de principios, salvo la ley de Cortes. Todo dependía de una persona, Franco, pero nos preguntábamos qué sucedería el día que faltase esa persona. Tampoco decían las Leyes Fundamentales cómo se relacionaban los poderes entre ellos. Total, que era una crítica demoledora, pero procurando salvar las apariencias».

l Funerales para el Movimiento. «Garrigues le llevó el estudio al ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Castiella, y le entusiasmó. "Esto no puede quedar aquí, tienen ustedes que hacer una ley fundamental", le dijo. E hicimos una segunda parte del estudio: una ley fundamental que, para lo que era aquella época, resultaba muy avanzada. Explicábamos que había que terminar con las obras del Movimiento, que se convertían en ministerios y se diluían. Y que había que instituir unas Cortes más representativas y con una relación entre ellas y el poder ejecutivo. A Castiella también le gustó mucho y llamó a Garrigues: "Se lo va a entregar usted al Generalísimo: le espera tal día en San Sebastián". Garrigues fue y la entrevista duró cinco minutos. Empezó a explicarle las propuestas: "Al Movimiento le haremos un funeral de primera". Y Franco repuso: "Eso no puede ser, Garrigues, no puede ser. ¿Quién me aplaude entonces a mí? En los viajes por las tierras y pueblos de España, los del Movimiento son los que empiezan a aplaudir; son como la "claque" en el teatro: no se puede suprimir"».

l Un cantazo al nuncio. «De Roma pasé a Madrid, en 1966, al Ministerio. Fui director de Cooperación Técnica Internacional y, después, director de Relaciones con la Santa Sede. No tenía mucho que hacer porque eso se llevaba en las alturas: el jefe del Estado o, todo lo más, el ministro. A mí no me visitaba ni el último de la nunciatura. Llevaba la administración de la Obra Pía de los Santos Lugares de Jerusalén y venían de vez en cuando los franciscanos a echar la mañana. También me visitaba un par de curas, el padre Santa Cruz y el padre Oltra, que venía a echar pestes contra el nuncio Dadaglio y contra la nueva política del Vaticano. Uno de ellos me dijo un día: "Debemos advertir que en cuanto haya un acto al que vaya el nuncio vamos a tirar un cantazo". Y yo les contestaba: "Ustedes comprenderán que después de esto que me dicen mi obligación es avisar a la Dirección General de Seguridad". Y replicaban: "No se preocupe, ya venimos de exponerlo allí"».

l El tremendo proceso de Burgos. «Y en éstas estaba cuando un día me llega una carta del ministro del Ejército, Castañón de Mena, al ministro de Exteriores, que entonces era López Bravo, diciendo que se iba a abrir en breve un consejo de guerra en Burgos, en el que serían juzgados no sé cuantos etarras y que estaban incluidos dos sacerdotes, Ugalde y Garitacelaya, para los que se pedían penas muy duras, y que, conforme al Concordato, para que fuesen procesados había que tener la autorización, y que la solicitase a la nunciatura. Había petición de cinco penas de muerte, que luego subieron a siete. Cuando llegó aquello, fui inmediatamente a ver al director general de Europa. "Pero Amarín, ¿cómo me traes esto? Vamos a ver al director general de Política Exterior". Y otra vez: "Pero Amarín, ¿qué es esto?; vamos al subsecretario". "¡Pero Amarín!". Todos me trataban con el diminutivo asturiano. "No sé, me parece que es tremendo", decía yo. "Vamos a ver al ministro", dijeron, pero no había manera de dar con él, porque al mismo tiempo se estaba produciendo el escándalo Matesa. A media mañana, me llama el subsecretario: "Prepara una contestación; escríbela como a ti te parezca, que la firmará el ministro y, si no está, la firmo yo". Redacté algo así como que "se pide a nunciatura, por nota verbal, la autorización solicitada, pero creo que no cumpliría con mi deber de ministro de Asuntos Exteriores si no advirtiese de las gravísimas consecuencias que en este momento tiene un juicio con cinco penas de muerte"».

l Algo de lo que arrepentirse. «Hice también algo que un funcionario no debe, pero de lo que no me arrepiento. Hablé con Fernando Morán, que era subdirector general para África. "¿Qué hacemos con esto? Es terrible". Paseando por la plaza Mayor, me dijo: "Vamos a ver a Tierno". Bajo palabra de honor de guardar discreción, le explicamos el asunto. "¡Pero qué barbaridad; ahora condenas de muerte, pero a estas alturas!", reaccionó, y me señaló: "Esto hay que intentar pararlo antes de que se haga público y la única que puede pararlo es la Iglesia; usted, que estuvo en Roma cuando el Concilio y que tiene varios obispos conocidos, ¿quién se le ocurre?". "Tarancón es el hombre y además está en Toledo", respondí. Era el 22 de octubre de 1969. Me acuerdo porque al día siguiente era mi aniversario de boda. Llamé a Tarancón: "Mañana cumplimos tantos años de casados; vamos a ir a Toledo a comer y queríamos visitarle". "Encantado. Vengan a tomar café, les espero a las tres y media a usted y a Paz. Cuánto me alegro". Al llegar, le dije: "La realidad es que venimos a contarle esto". "¿Está usted seguro?". "Segurísimo". "Vamos a ver qué se puede hacer"».

l De no hacer nada, a tres secretarias. «Hubo un aluvión de cartas, de modo que pasé de no hacer nada a tener tres secretarias. Porque, además, todos los días elaboraba un informe para el ministro de Defensa, Presidencia del Gobierno y Ministerio de Información, con todas las reacciones, los telegramas que iba recibiendo y cómo lo contaba la prensa. Los embajadores no paraban de mandar telegramas pidiendo información. Llamaban por teléfono, se enfadaban. "Nos tenéis sin información", pero nosotros estábamos en la misma situación. Fuimos insistiendo tanto que Sánchez Bella, ministro de Información, mandó a un funcionario a Burgos y volvió con un informe que servía para España, pero no para el extranjero. Decía que el implicado principal era Izko de la Iglesia, que era el que decían había matado a Melitón Manzanas. También estaba encausado Mario Onaindía. Pero el informe revelaba que la instrucción era un cajón de sastre, porque unos estaban implicados por asesinato de un policía; otros, por haber puesto la ikurriña en la Catedral de Burgos; otra, porque había escondido al novio tres días; otro, porque había ultrajado una placa por los caídos. La instrucción también era desastrosísima en cuanto a pruebas y demás. Largábamos aquello en el extranjero y nos corrían a gorrazos».

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