LALIGA

Los institucionalistas

Liberales a la antigua usanza y devotos de la Institución Libre de Enseñanza, como Lorenzo Rodríguez Castellanos y Pedro Caravia, tuvieron un papel discreto pero clave en el período final del franquismo

 

El reciente homenaje a Lorenzo Rodríguez Castellanos, filólogo y antiguo director del Centro Coordinador de Bibliotecas, nos trae al recuerdo a una serie de personajes que tuvieron un papel discreto pero interesante en el período final del franquismo, y aun mucho antes, claro es. Hablar de «exilio interior» a propósito de Rodríguez Castellanos tal vez sea exagerado. Pero lo cierto es que durante el régimen anterior mantuvo una actitud muy profesional y digna, de funcionario eficiente que bajo ninguna circunstancia se permitió coqueteos con la situación entonces vigente (como otros muchos hicieron, en situaciones parecidas a la suya, o mejores). Yo tuve buen trato con don Lorenzo y su mujer, doña Adela Palacio Gros, catedrática de Literatura en el Instituto Doña Jimena, de Gijón, y ambos bonísimas personas y de gran dignidad tanto intelectual como política. Los dos eran de procedencia institucionalista y se les notaba. Eran republicanos, liberales, y doña Adela, probablemente, laica. Su hermana doña Virginia Palacio Gros era catedrática en el Instituto de Cangas de Onís y todavía se la recuerda, al cabo de cuarenta años, con afecto.



Pertenecían a una burguesía ilustrada, adornada con los excelentes atributos de esa clase: buena educación, cortesía, cultura amplia y diversa, amor a los libros, firmeza en sus convencimientos, liberalismo y tolerancia (que, a diferencia de lo que cree el lamentable jefe del Gobierno, es fruto de la buena educación, no de un programa electoral). Probablemente doña Adela fuera, en materia política, algo más explícita que don Lorenzo. Me extrañaba que no manifestaran especial curiosidad por la música, pero acaso ello se debía a que de ese modo establecían diferencias con la burguesía ovetense al uso. Los dos, en privado, expresaban opiniones muy duras contra el régimen del general Franco y sentían un entusiasmo por la II República verdaderamente encantador, como si se tratara de una edad de oro abolida por los espíritus del mal. Por entonces, uno estaba dispuesto a admitir todo lo que fuera antifranquismo, de manera que yo estaba convencido también de que la II República había sido el mejor de los regímenes políticos (con la excepción, claro es, del que dominaba en la Unión Soviética, que tanta felicidad distribuía entre el afortunado pueblo ruso), y no hubiera admitido que esa República fue la mayor calamidad que le tocó sufrir a España, cuando menos hasta que empezó a gobernar Zapatero. A mí incluso me fascinaba que doña Adela y don Lorenzo se sintieran como si hubieran perdido la Guerra Civil y, por otra parte, debo confesarlo, no lo entendía del todo, ya que yo pertenecía a una familia del bando que la había ganado. ¿Cómo personas a las que les gustaba vivir bien, y que tenían una gran cultura, podían sentirse identificadas con unos partidos extremistas que pretendían hacer la revolución violenta para instaurar la dictadura del proletariado, antes que defender a la República burguesa, en la que nadie de ese bando parecía creer y sobre la que el poeta comunista César Vallejo había escrito unos versos muy significativos: «Cuídate, España, de tu propia España... Cuídate de la república». Era claro que los anarquistas, los socialistas revolucionarios y demás fuerzas agrupadas bajo las banderas republicanas no defendían la República, y si la defendieron los comunistas fue por motivos tácticos. Pero después de la derrota, doña Adela y don Lorenzo seguían soñando con la República y anhelando cualquier cosa que pudiera derrumbar el franquismo.



Entre República y franquismo, en los años sesenta, no podía caber duda, pero, ¿entre franquismo y la dictadura del proletariado? Entonces, nadie se hacía ese planteamiento. Tal vez se confiara demasiado en la situación geopolítica de España, o en que las democracias no permitirían otra dictadura de otro signo, como no la permitieron en 1936 apoyando muy poco a la República. En 1936, había una revolución en marcha, con la que algunos grupos burgueses no tuvieron inconveniente en colaborar, y continuarán aprobándola después de la guerra, por lo que Aldo Garosci llega a una conclusión muy lúcida: «La revolución española no había nacido sólo de la crisis social. Si hubiera sido así, aquellos técnicos y oficiales de origen burgués, aquellos campesinos conservadores del País Vasco, aquellos políticos republicanos que se mostraron como garantías de la España republicana frente al mundo, no se hubieran encontrado en aquella parte». No obstante, es sorprendente la fidelidad de aquellos republicanos que por defender la República se habían situado en el bando que no era el suyo.



Lorenzo Rodríguez Castellanos había nacido en Besullo en 1905. Sus hermanos mayores hicieron la vida académica en los Estados Unidos: Caridad, en Wellesley College y en la Universidad de Nueva York, con Federico de Onís, y Juan, en la Universidad de Duke. Don Lorenzo, después de licenciarse en Filosofía y Letras por la Universidad Central y durante los cursos de doctorado, se incorporó en 1931 al Centro de Estudios Históricos y participó en los trabajos de preparación del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica bajo la dirección de Tomás Navarro Tomás y Aurelio M. Espinosa, trabajos que fueron interrumpidos por la Guerra Civil. Exiliado Navarro Tomás, Rodríguez Castellanos continuó en contacto epistolar con él, redactando las cartas en transcripción fonética, por si las interceptaba la Policía. Su mujer había estudiado en el Instituto Escuela y en la Residencia de Señoritas. Ambos eran dos institucionalistas muy característicos, llenos de respeto, que se aproximaba a la veneración, por la memoria de don Francisco Giner.



La Institución Libre de Enseñanza tuvo una importancia muy considerable en la educación de una minoría de españoles pertenecientes a una clase social de tendencia inevitablemente conservadora. Esa tendencia se amortiguó en algunos casos por la vía de la cultura y de la civilidad, pero en otros la cabra al cabo tiró al monte, y Dalí acabó en franquista sumiso, mientras en el cine Buñuel era fuertemente reaccionario (recordemos, sin ir más lejos, las escenas de los mendigos de «Viridiana»). Lo que ocurre es que como estaba exiliado, la gente se confundía, y así, un poeta radical, más tarde muerto en circunstancias trágicas, se escandalizó un día que le dije que las películas de Buñuel eran muy divertidas: «¡Entonces tú irás a llorar a las películas de Chaplin!». Pero tampoco: también iba a reírme. Por eso, jamás fui radical. También por aquella época no había actriz en ciernes o madura que no declarara invariablemente, tanto si se le preguntaban como si no, que se desnudaría si lo exigía el guión y que su gran aspiración era ser dirigidas por Buñuel.



En Oviedo hubo algunos antiguos alumnos de la Institución Libre de Enseñanza muy conocidos, como el ingeniero Julio Gavito, que no manifestaba preferencias políticas, y que en mi pueblo, donde veraneaba, trataba con la gente de la extrema derecha furiosa; pero es que, en aquellos años, en Llanes no había otra cosa que franquistas. Gavito siempre fue una persona muy correcta, que procuró pasar por aquel pueblo con discreción. También era institucionalista el pintor Paulino Vicente. Recuerdo que en una reunión previa a la constitución de la Sociedad de Amigos de Asturias en la que estuve presente, se propuso el nombre del ilustre pintor, a lo que se opuso uno de los asistentes alegando que era «muy de derechas». Yo luego tuve trato con Paulino Vicente, y nunca se manifestó como persona reaccionaria y de derechas, pero en aquel tiempo la moderación o el simple liberalismo estaban mal vistos.



En cambio, a don Luis Sela Sampil, catedrático de Derecho Institucional, se recurría para presidir cualquier cosa ajena al régimen o subrepticiamente contraria a él, y jamás se negó a prestar su nombre, su prestigio y su colaboración: por ejemplo, como presidente de la Alianza Francesa. Sin embargo, el institucionalista más conocido y evidente de Oviedo era don Pedro Caravia, catedrático de Filosofía del Instituto Alfonso II, el cual, curiosamente, no había cursado sus estudios en la Institución. Mantenía el espíritu institucionalista sin haber sido institucionista en el aspecto académico.



Éstas y otras personas, liberales a la antigua usanza, republicanos y antifranquistas, estaban allí: no estaban en edad para empuñar la tea, y la mayoría no lo pretendía, pero a veces su presencia bastaba. En las tertulias cada vez se hablaba más alto, y, por ejemplo, don Plácido Buylla diagnosticaba puntualmente el deterioro físico del Caudillo tomando las fotografías o el «No-Do» como referencias; y acertó en el párkison.



Don Lorenzo Rodríguez Castellanos, desde su puesto de director del Centro Coordinador de Bibliotecas, procuraba distribuir libros prohibidos por motivos políticos entre personas de su confianza. Uno de los libros que le encantaba que circulara era el de Herbert Soutworth sobre el alcázar de Toledo, donde se demostraba que la heroica conversación mantenida entre el coronel Moscardó y su hijo, prisionero de los «rojos» y a punto de ser fusilado, a la manera de Guzmán el Bueno y el suyo, no pudo efectuarse por la excelente razón de que los sitiadores habían cortado la comunicación telefónica con el interior de la fortaleza.



Podríamos seguir contando historias de este institucionista que, seguramente, no se sentía reflejado en el naciente y balbuceante movimiento estudiantil de oposición al franquismo, pero veía en él alguna perspectiva de futuro a la que apoyaba en la medida de sus posibilidades y, en algunos casos, con generosidad. Habiendo sido detenida la hija menor de Lorenzo Rodríguez Castellanos, éste se hizo cargo de los gastos de la defensa de los demás detenidos en aquella acción policial.

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