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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Oviedo, L. Á. VEGA
El caso de la niña siberiana criada entre perros y gatos, que ladra y maúlla, come directamente del plato e incluso rasca las puertas cuando la dejan encerrada, tiene un antecedente asturiano. En septiembre de 1965, un sacerdote rescató del gallinero en el que estaba encerrado en una aldea de Colunga a un niño de 6 años, sordomudo y deficiente psíquico. Aquel niño, de nombre Rafael, terminó siendo conocido como el «niño gallina», porque imitaba los gestos y los cacareos de los animales con los que compartía la mayor parte del día. Murió hace unos siete años, según los vecinos de la zona de Libardón, que lo recuerdan como una persona buena.
La de Rafael es una historia que ilustra las terribles condiciones de la Asturias de no hace muchas décadas. Nacido en una casería a pocos kilómetros de Libardón, en plena cadena del Sueve, los padres de Rafael no encontraron una forma mejor de protegerlo, mientras ellos atendían las labores del campo, que encerrarlo largas horas en el corral junto a las gallinas.
El contacto constante con esos animales a una edad vital para la socialización dio como resultado un comportamiento que imitaba a las pitas. El menor aleteaba con los brazos cuando estaba contento, pasaba largo rato apoyado sobre un pie e, incluso, bebía como lo hacen las gallinas, con pequeños sorbos e inclinando la cabeza hacia atrás. Al menos es lo que relatan los medios de la época, tomando las palabras del ya fallecido José María Batlló, médico de la Fundación Vinjoy de Oviedo, el centro en el que el niño pasó al menos cinco años de su vida tras abandonar la aldea.
En el centro, dirigido por aquel entonces por Ángel Pérez Iraola, Rafael hizo algunos progresos e, incluso, demostró tener dotes especiales para el dibujo. Como reconocía el doctor Batlló, el niño recreaba con exactitud las labores del campo y pintaba a los animales con gran exactitud, especialmente las aves. Rafael tenía una edad mental de 5 años, según el médico, y fue inscrito como «subnormal», algo que indica lo mucho que se ha recorrido en la atención a los discapacitados psíquicos desde los años sesenta.
En Colunga, los más viejos afirman que «cacareaba y daba brincos como una gallina». «Era deficiente, pero muy bueno», indicó una vecina. «Le queda un hermano, que vive en Colunga», añadió. Este periódico intentó, sin éxito, localizar a sus familiares.
Quedan pocas personas que hubiesen tratado al menor en los años sesenta. Un cura que prestó servicio en la Fundación Vinjoy, hoy ya retirado en la Casa Sacerdotal de Oviedo, rememora con cuánto dolor dejaron que se marchase con sus padres, cuando tenía unos 11 años, a pesar de que en el centro hubiese podido quedarse hasta los 18. «Es cierto que tenía comportamientos propios de un ave de corral. Fui a verlo a los tres años de marcharse a la aldea, más arriba de Libardón. Pero ha pasado mucho tiempo», señala el sacerdote. En el centro hicieron un día una prueba, que suena un tanto cruel desde la perspectiva actual. Tiraron maíz al suelo y el menor se lanzó casi de inmediato a cogerlo.
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