Tresgrandas (Llanes),
Begoña DÍAZ
Carlos Sáenz de Tejada García, uno de los guardias civiles asesinados por ETA el pasado jueves en la isla de Mallorca, descendía de familia asturiana. Su abuela Esther García era del pueblo de Tresgrandas, en el concejo de Llanes. La mujer se casó con un burgalés, con el que tuvo tres hijos, la última de ellos Esther María García García, madre de Carlos y de otras dos hijas, Patricia y Cristina, que son mayores que el guardia. Como muchas de las familias que viven lejos de su pueblo natal, regresaban cada verano para disfrutar de las vacaciones, durante las que Carlos pasó muy buenos momentos al lado de sus parientes y amigos. Por ello, Tresgrandas también sufrió con la bomba de ETA.
Angelines Gutiérrez, prima carnal de la madre de Carlitos, como llamaban en el pueblo al guardia civil asesinado, afirma que era un niño «muy callado, de pocas palabras, pero muy dulce y tranquilo» y, por supuesto, «la alegría de la casa». Cuando llegaba el verano, su deseo no era ir a la playa, «no le gustaba nada». Su interés era estar con su tío Manolo el Curiosu montando en tractor. «Se pasaba el día con las katiuskas puestas porque le gustaba muchísimo la vida de campo», señala la pariente del agente. Y es que Carlos era un niño más, «hacía lo que hacen los niños de su edad en un pueblo: andar entre las vacas y jugar», afirma una de las vecinas que lo conocieron.
Carlos era un niño «muy delgadito, tenía canillas», añade Angelines, visiblemente afectada por su muerte. También era «mal comedor». La comida que él no quería comer se la guardaba en los bolsillos para dársela después al perro de la familia. Le encantaban los animales, de hecho él tenía un perro «enorme» llamado «Ron».
También le gustaba el fútbol, era gran seguidor del Real Madrid y de la selección española, y de pequeño sus amigos le apodaban Panucci debido a su vena merengue. «Cada vez que la economía se lo permitía, se iba de viaje para ver a sus dos equipos», añade su familiar.
Formar parte de la Guardia Civil era algo «totalmente vocacional, desde siempre», asegura la misma mujer. Tras acabar la Educación Secundaria no quiso seguir estudiando. Deseaba ser policía nacional. Primero entró en el Ejército, con 20 años, concretamente en la unidad de transmisiones, con base en el acuartelamiento «Cid Campeador» de Castrillo del Val, muy cerca de la capital burgalesa, lo que le permitía estar cerca de sus seres queridos.
Estuvo varios años en ese destino. Según afirman sus parientes, estaba muy contento, pero tenía que abandonar el Ejército profesional por razones legales, por lo que decidió presentarse a las oposiciones para entrar en la Guardia Civil, un cuerpo que le atraía desde siempre.
Como asegura su primo Guzmán Ortega, residente en Burgos, justo enfrente del cuartel volado por ETA el miércoles de la semana pasada, «miedo al terrorismo no tenía, quería ir destinado a las Vascongadas». Este mismo primo del asesinado también resalta que «era una persona que le gustaba el Ejército y la Guardia Civil; siempre le han gustado, era su vocación».
Carlitos intentó por dos veces acceder a la Benemérita. Se le resistía la natación, por lo que no podía aprobar las pruebas físicas de ingreso, pero al final, en el año 2007, las superó e ingresó en la Academia de Jaén, donde finalizó sus estudios. Hace unos diez meses aproximadamente le destinaron provisionalmente a Palma de Mallorca para realizar las prácticas y sólo hace unos días se le había concedido una plaza en las Baleares.
Carlos Sáenz de Tejada y su compañero no se encontraban de servicio cuando ocurrió la tragedia. «Estaban vestidos de calle, habían salido a hacer unos recados. El coche que explotó con ellos dentro lo habían utilizado otras personas durante toda la mañana», añade Angelines Gutiérrez. Tras el funeral de Estado en Mallorca, Carlos fue enterrado en el panteón familiar del cementerio de su ciudad natal, el pasado sábado, en medio del dolor y la solidaridad de los burgaleses.
La familia del infortunado agente aún se pregunta cómo pudo sucederle algo así y no encuentran ninguna justificación para un crimen tan vil. «Va a ser muy difícil que sus padres se sobrepongan de algo como esto», afirma Angelines. Carlos, «el de Burgos», será siempre recordado como el niño «moreno, delgadito y tímido» que pasaba los veranos rodeado de los suyos en un pueblecito asturiano.