PEDRO DE SILVA
En tal día como hoy, de 1811, Jovellanos tuvo uno de los escasos momentos de dicha de su vida, cuando regresó a su amado Gijón y fue aclamado en sus calles. Fue un breve oasis en que los frutos de su obra -aunque fueran los de dimensión local- parecieron ser comprendidos y valorados, entre tantas incomprensiones y tergiversaciones. Después de su muerte, en noviembre de aquel año, ese mismo destino de incomprensión y tergiversación persiguió su memoria. Los modos de tergiversar son diversos, y uno de ellos consiste en silenciar algunas de sus convicciones más señeras. Aún siendo católico, aplicó su energía y asumió grandes riesgos en la lucha frente a las intromisiones de la Iglesia en ámbitos cuya regulación pertenece al Estado. Pocos de los abundantes asuntos polémicos en que se implicó resultan tan actual. Pero este es un Jovellanos silenciado por muchos que hoy dicen celebrar su ejemplo.