La oportunidad del eje cantábrico

El intento de cooperación entre las regiones de la Cornisa brinda posibilidades de desarrollo para la metrópoli asturiana

 

FERMÍN RODRÍGUEZ La reciente reunión entre representantes de los tres gobiernos autónomos cantábricos para avanzar una estrategia de cooperación interregional es indicativa de que algo, muy importante, está cambiando en este eje de desarrollo regional, en el que durante las últimas décadas la línea política directriz en el País Vasco tendió a aislarse de las regiones españolas vecinas, lo que frenó los potenciales de desarrollo del País Vasco, como refleja el estancamiento de la metrópoli vasca, que perdió 64.000 habitantes entre 1981 y 2006 y cuyas funciones se han debilitado, pues de acoger a actividades punteras en 1970 hoy la especialización continúa siendo la misma aunque tales actividades ya no son las más avanzadas.



Bilbao, gracias al «efecto Guggenheim», es un ejemplo de revitalización posmoderna muy utilizado por algunos urbanistas. Como tal ejemplo impide ver otros aspecto del problema, derivados de su inclusión en uno de los ejes de desarrollo menos dinámico de la Unión Europea, el denominado espacio atlántico o arco atlántico que agrupa a 44 regiones de cinco países con 73 millones de habitantes, el 15 de la población de la Unión.



No es éste un espacio homogéneo ni una zona de integración económica mundial. Al contrario, la orla periférica atlántica presenta grandes desigualdades internas y una muy notable diferencia con el pentágono de las capitales, el espacio central continental, delimitado por las ciudades de Hamburgo, Londres, París, Milán y Munich. Por eso, dentro de una visión de escala continental y buscando reducir las desigualdades y aumentar el grado de cohesión territorial se establecen grandes ejes territoriales de desarrollo, siendo precisamente uno de ellos el Atlántico, para el cual si pudiéramos avanzar una identidad geográfica diríamos que vendría dada por su mirada atlántica, su carácter periférico, el asentamiento asimétrico de la población, concentrada en las áreas litorales y en los corredores fluviales, un sistema urbano desequilibrado y no de primer orden en la jerarquía europea y unas grandes diferencias internas en la productividad y en el empleo.



Por tanto, no estamos ante un espacio homogéneo sino ante un intento de armar la Unión Europea en varios y grandes conjuntos continentales cada uno de los cuales puede dividirse en otros menores, en función de los proyectos de cooperación que en su interior se establezcan; así por ejemplo, la reunión de los consejeros deberíamos denominarla cantábrica, pero si la cita hubiera congregado a los de Galicia, Castilla y León y región norte de Portugal, sería pertinente referirnos al noroeste peninsular. Por tanto hablamos de geometría y geografía, cambiantes, modulables en función del proyecto de estrategia a jugar.



En cualquier caso, este juego a la Europa tiene ciertas reglas: las del planteamiento estratégico, la del proyecto territorial, las de conjugar cooperación y competencia y la consideración de los marcos generales de la planificación territorial europea, dentro de la cual tiene existencia el espacio atlántico, en el que se diferencian espacios motores (dotados de ciudades de proyección e influencia internacional, alto nivel en investigación y desarrollo, buenas comunicaciones y diversificación productiva con presencia significativa de actividades de alta tecnología) y espacios de integración (nivel de desarrollo menor, densidad débil, despoblación, sistema urbano menguado y baja accesibilidad producto de las deficientes comunicaciones) diferenciando dentro de estos los de fuerte potencial y los frágiles, en función de la diferente intensidad con la que se presentan los factores anteriores.



Esto lo concretamos distinguiendo dentro de la fachada atlántica cinco espacios motores (el corredor Lisboa-A Coruña; la bisagra vasca expandida hacia Valladolid y Burdeos; Nantes; el corredor Bristol-Birmingham-Liverpool-Manchester, y Dublín), cuatro de integración de fuerte potencial (Andalucía atlántica, Asturias y meseta norteLa Rochelle, Irlanda del Norte) y el resto de integración frágil (interior de Portugal, interior de Galicia, bordes occidental y oriental de la meseta norte, interior francés y Normandía, litoral occidental irlandés y las Tierras Altas escocesas).



Todos los espacios motores presentan áreas metropolitanas o grandes ciudades, únicamente aparecen dos de estos grandes artefactos urbanos en dos espacios considerados de integración de fuerte potencial, como son Sevilla y Ciudad Astur, siendo precisamente el reforzamiento de la cualidad urbana de estas dos metrópolis uno de los vectores de fuerza para constituir su área de influencia como un motor de desarrollo, otro sería la búsqueda de complementariedades para la ocupación dinámica del territorio regional y el tercero las alianzas estratégicas interregionales para reafirmar la cohesión del eje de desarrollo dentro de la UE, mejorando la accesibilidad urbana, los grandes ejes de saturación de tráficos (ferrocarriles, autopistas marítimas y terrestres, conectividad aérea...). En esta dimensión cobran sentido las alianzas de cooperación con las regiones ibéricas atlánticas, a la vez que conviene tener en cuenta las estrategias de cada una de ellas.



Hace una década ni para Galicia ni para el País Vasco ni para Cantabria era una prioridad el eje cantábrico costero. En ese momento se estaba configurando un eje transcantábrico que viniendo de Porto ensartaba sus cuentas en Benavente, Valladolid, Burgos, Vitoria y Bayona y que era aprovechado por Galicia para conectarse con Madrid, Francia y el Mediterráneo. Hoy estas comunidades ya tienen aseguradas sus enlaces prioritarios y vuelve la vista hacia el eje cantábrico. En esta coyuntura, el área metropolitana de Asturias podría encontrar una oportunidad de liderazgo para la integración Este-Oeste, entre el corredor luso-galaico y la bisagra vasca y, sobre todo, del espacio situado al sur de ella y a ambos lado de la vía de la plata.



En cualquier caso, la estrategia territorial europea anima estas alianzas interregionales que para el caso de Asturias la sitúan en el campo de juego atlántico como eje entre el mundo luso-galaico y el vasco-francés, entre los cuales tiene que repartir la mirada a la vez que la situación de la metrópoli asturiana en la cabecera del eje peninsular de la plata le podría permitir, de mejorar las comunicaciones y la proyección exterior, constituirse por vez primera en un punto importante de ruptura de carga peninsular.

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