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Asturias defiende el chiringuito

Hosteleros y turistas rechazan la aplicación de la ley de Costas que pretende acabar con los bares de playa

 
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Tapia / Valdés,

Ignacio PULIDO

Tomar una cerveza mientras se paladea, por ejemplo, un bocata de calamares es uno de los placeres más castizos de todo arenal que se precie. El chiringuito de playa, una de las figuras cumbre de la idiosincrasia del verano español, lleva varios años en el punto de mira tras la aplicación de la ley de Costas aprobada en 1988, normativa abordada según la ministra de Medio Ambiente, Elena Espinosa, desde un punto de vista objetivo en todo el litoral nacional.

A pesar de gozar de una menor presencia que en la costa oriental asturiana, este tipo de negocio cuenta con varios ejemplos en el Occidente. Durante los últimos meses, algunos de estos chiringuitos han sido demolidos en concejos como Valdés o han sido objeto de reformas necesarias para cumplir con la normativa vigente. A pesar de todo, LA NUEVA ESPAÑA ha podido constatar cómo aún existe un cierto desconocimiento con respecto los entresijos de una ley que resulta impopular.

Desde que fuera aprobada hace más de dos décadas, la ley fue interpretada flexiblemente por todos los inquilinos del palacio de la Moncloa, hasta que con la llegada de Zapatero los socialistas decidieron embarcarse en su aplicación, generándose un gran revuelo entre numerosos particulares y hosteleros. Y es que el negocio de los chiringuitos de playa supone una importante fuerte de ingresos en zonas como el Levante o Andalucía, donde miles de personas viven al calor de este servicio. Concretamente la norma sostiene que estas edificaciones no deben de superar los ciento cincuenta metros cuadrados de superficie, no pueden estar erigidos sobre la arena, debe existir una separación de doscientos metros lineales entre cada uno de ellos y tienen que ser estructuras desmontables.

María Dolores Creo es propietaria del chiringuito El Pirata, sito en la playa tapiega de Serantes. Tras la barra, Creo atiende cada día a decenas de bañistas que acuden en busca de un tentempié o de un refresco para calmar su sed. «Éste es el cuarto verano que estoy aquí. Veo mal que los chiringuitos sean eliminados siempre y cuando no estén deteriorando el medio ambiente», comenta. Según Creo su bar cumple con la normativa y hasta el momento no ha recibido ninguna notificación referente a la ley. «Al final del verano tenemos que desmontarlo todo», señala.

Siguiendo hacia el Este, pero sin abandonar el concejo de Tapia de Casariego, se encuentra la playa urbana de Los Campos, una de las cunas del surf español. Fernando López es un hostelero curtido en el negocio playero. Desde 1980, este hombre regenta chiringuitos durante el verano. Actualmente, es el propietario de Los Apaches, un bar situado en pleno paseo marítimo. «Cuando empecé había dos chiringos y después llegaron a ser tres. Ahora sólo queda éste, que desmontamos en invierno», subraya mientras explica cómo el sector no sólo está capeando el temporal legislativo. «Julio y septiembre cada vez son más flojos. Antes estaba todo más repartido, pero actualmente la gente viene de sopetón en agosto. La crisis se está notando, hay mucho bocadillo partido por la mitad. Todos piensan que es un negocio, pero vives a expensas del buen tiempo», comenta y añade que ve absurdo que los arenales se puedan quedar sin un servicio bien recibido por los usuarios.

Ya en Valdés, el verano se vive a pie de playa en Luarca donde este invierno los chiringuitos fueron objeto de reformas o demoliciones. El Barlovento está presente desde hace décadas en el arenal de Salinas, también conocido popularmente como la «Tercera Playa». Este verano, Antón Gayol se encarga de su gestión. «En invierno tuve que derribar una estructura fija de piedras y cemento. Los otros bares que había fueron derruidos y ahora han sido sustituidos por casetas prefabricadas», afirma Gayol, el cual comenta no mostrarse en total desacuerdo con la ley de Costas. «Está bien controlar que no se desmadre la construcción en primera línea de costa y que la gente no construya de forma ilegal. No obstante, hay casos de negocios establecidos que deberían ser estudiados puesto que son el sustento de familias», recalca.

Por su parte, una mayoría de los bañistas ve imprescindible la presencia de los chiringuitos. «Me parece bien que las casas en terreno de costas sean demolidas, pero los chiringos no porque son un recurso necesario. Que sería de las playas sin ellos», concluye el turista madrileño Nacho Rodríguez de Ribera mientras saborea una caña.

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