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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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PEDRO DE SILVA
Imaginemos una persona normal, con aspecto de funcionario clásico, atuendo austero, forma de vida y moral a tono, y una capacidad limitada para cebar la libido del otro sexo. Aunque nada de esto, desde luego, sea malo, e incluso puede ser admirable, y ayuda a concentrarse en el objetivo propuesto -sin distracción ni derroche de energía-, es natural que genere un íntimo rencor hacia quienes exhiben glamour físico y erótico. A su vez todo rencor genera una fijación, un deseo secreto. Ahora imaginemos que esa persona descubre el erotismo del poder, con la posibilidad de realizar aquel deseo secreto, y va haciendo con éxito pruebas de reconversión: una melena aquí, una bufanda volandera allá, un esquí de fondo, una entrega furiosa al paddle, etcétera. Víctima ya del mal de altura, da un paso más, se imagina un sex symbol y, fiado en su tenacidad, se pone a hacer planchas como un poseso.
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