Gijón, A. R.
«Cuando pudimos dejar de llorar por su muerte y nos dedicamos a hablar de todo lo bueno que habíamos compartido, entonces no pudimos parar de reír. Y ese buen momento, como tantos, también se lo debemos a Nacho». En ese testimonio de duelo que ayer ofrecía un médico del Hospital de Jove queda resumido el imborrable recuerdo que ha dejado entre sus compañeros de profesión sanitaria, sus amigos, sus muchos pacientes y convecinos el cardiólogo gijonés José Ignacio Martínez Trabanco, fallecido el sábado a los 52 años, tras una caída fatal en su casa familiar de Villaviciosa. Nacho Trabanco, como era conocido por sus pacientes y amigos, era un hombre célebre, entrañable, de humor infinito desde primera hora de la mañana, gran profesional y mejor cuidador de sus pacientes.
Sus muchas cualidades, su don de gentes, su capacidad para hacer amigos y conservarlos -alguno de ellos se refirió a ello en la ceremonia-, y el impacto producido por un fallecimiento inesperado provocaron una impresionante demostración de duelo en la iglesia de San José, donde se celebró el funeral. El mismo párroco, Adolfo Mariño, dejó constancia de que en los seis años que lleva al frente de la iglesia gijonesa «nunca había asistido a una ceremonia tan numerosa. Eso dice mucho de Nacho y debe ser consuelo para su familia».
El infortunado médico cayó el viernes de una escalera cuando intentaba colocar en una pared unas piezas cerámicas que eran recuerdos turísticos. La fatal caída, de unos tres metros, y que fue presenciada por su esposa, María Jesús Blanco, le produjo heridas craneales gravísimas de las que nunca se recuperó, falleciendo un día después. Todo el cariño que Martínez Trabanco se granjeó en vida quedó ayer convertido en pésame y muestras de apoyo a su madre, esposa e hijos, Ignacio, Pelayo y Gonzalo, alguno de los cuales sigue la vocación sanitaria del padre.