JOSÉ RUBIO PRENDES
MÉDICO INTERNISTA DEL HOSPITAL DE JOVE
Ha muerto Nacho, para los pacientes el doctor Trabanco, y es imposible borrar el pasado cuando hablas de un amigo. Y es precisamente ese pasado que alimenta los recuerdos y las emociones cuando esta noche, frente al mar, escribo estas palabras. Sin el pasado no existiría el presente y el futuro ya no existe, se truncó de forma violenta e injusta.
Son ya casi veinte años juntos y al galope se juntan mil imágenes y a la garganta mil palabras que quisieran ser, sobre todo, el reflejo de lo que nuestros corazones sienten un día como hoy, desgraciado para todos nosotros.
Nosotros es ese grupo de amigos y médicos del servicio de medicina interna del Hospital de Jove. Ese hospital donde trajiste la cardiología moderna que todos aprendimos junto a ti, donde nos enseñaste, en palabras tuyas, «que la medicina es una escuela de humildad», y hoy más que nunca la realidad se empeña en demostrarlo. Nosotros tenemos que decir a quienes no lo conocisteis que no sólo era un gran médico y un gran profesor, sino que, además y por encima de todo, era una gran persona.
Hay algo muy hermoso en la historia de un hombre que se muere, y es la huella que ha dejado en los que le lloran. Y contigo no se cumplirán los hermosos versos de Ángel González...:
«Yo sé que existo / porque tú me imaginas / pero si me olvidas / quedaré muerto sin que nadie lo sepa».
Atrás quedan muchas penas y algunas glorias, un buen puñado de amigos, muchas horas de guardia, tu eterna sonrisa, el Braunwald y muchos lunes al sol hablando de tu querido Sporting y riéndonos de tu incorregible indigestión carbayona. Atrás quedan promociones de residentes que te lloran tanto, que oírlos quiebra el alma.
Atrás quedan, lo que más te gustaba, cientos y cientos de pacientes, a quienes los que quedamos intentaremos sin éxito aliviar su orfandad. Atrás queda tu magisterio en lo que se ha venido en llamar el arte de la medicina, una combinación equipotente de conocimiento científico, intuición, buen criterio y comprensión humana.
Te has ido a hurtadillas, sin avisar, en pos de aquello que creías y ojalá encuentres. Fray Luis de León lo definió así:
«Inmensa hermosura / aquí se demuestra toda, / y resplandece clarísima luz pura, / que jamás anochece; / eterna primavera aquí florece».
Mientras escribía estas palabras la noche ha cerrado finalmente sus puertas y el mar baña paciente la orilla.