PEDRO DE SILVA
Edward Kennedy ha logrado algo que parecía imposible, fallecer de muerte natural, y casi de puro viejo. En realidad le salvó del destino fatal de sus hermanos mayores un ardid de su ángel de la guarda, que echó su coche al agua desde el puentecito de la isla de Chappaquiddick, junto a una mujer que resultó ahogada, y luego apartó de él la tentación de pedir ayuda. Eso le inhabilitó para siempre como presidente, lo que no sólo le libró de ser también asesinado, sino que le llevó a ser el más grande legislador de la historia, como ha dicho Obama. En aquel exacto momento de 1969 Edward Kennedy comenzó a ser Edward Kennedy, en lugar del último de una fila con charco de sangre. Dicho lo cual, y pagado al destino lo que es suyo, es justo añadir que el Kennedy resultante acabó mostrando una grandeza y una altura de espíritu político que lo ponen incluso por encima de sus maravillosos hermanos.