Oviedo, L. Á. V.
Fueron los primeros «ángeles» de las carreteras asturianas, los primeros motoristas de la Agrupación de Tráfico que recorrieron unas calzadas en las que, con muchísima frecuencia, circulaban sobre todo carros y que no conocían de atascos kilométricos, aunque sí tuvieron que lidiar con algún «kamikaze» adelantado a su tiempo. Luis Peláez Nido, nacido en San Martín de Luiña (Cudillero) hace 74 años, y Julián Ruiz-Cantabrana Díez, natural de Treviana (La Rioja), de 72, eran unos pimpollos cuando en el año 1959 solicitaron hacer el curso para ser guardia de tráfico.
En septiembre de 1960 ya recorrían la carretera de Galicia por la costa. «En un turno de ocho horas podían pasar tres camiones con patatas», señala Peláez. «Las carreteras viejas de ahora son autopistas comparadas con las de aquella época. La de Galicia no tenía arcenes, estaban todos descarnados», añade el subteniente jubilado.
Julián Ruiz-Cantabrana tiene por su parte grabado en la memoria el curso para ser guardia de tráfico. «Fue durante el invierno de 1959 en El Escorial, en un campamento de las Juventudes a 1.600 metros de altura, con un metro de nieve. Pero no pasaba nada. Estudiábamos por la noche, en las literas, con velas», señala Ruiz-Cantabrana, que ahora es presidente del Centro Riojano de Asturias y de una asociación de guardias jubilados que agrupa a unos 400 compañeros.
Los dos septuagenarios sonríen cuando se acuerdan de las condiciones en que tenían que realizar el trabajo. Primero utilizaban las Sanglas, de fabricación española, para luego montar en BMW. «No tenían parabrisas y para no pasar frío nos poníamos periódicos dentro del traje», rememora con sorna Luis Peláez. Julián Ruiz-Cantabrana apunta otra de las posibilidades. «También nos poníamos unos chalecos de pastor, cada uno lo que tenía a mano», asegura.
Comparados con los métodos actuales, los que desarrollaban los motoristas de antaño pueden sonar un poco voluntaristas, pero daban resultado. Por ejemplo, para detectar a los vehículos que se excedían del límite de velocidad establecido, los guardias no tenían otro remedio que ponerse a su altura y comprobarlo en su propio cuentakilómetros, que, por otro lado, «estaba homologado», según indica Ruiz-Cantabrana.
No había tanta persecución del alcohol al volante, claro está, siempre que no se causase algún siniestro. «Nadie se preocupaba del que andaba en moto y se emborrachaba. Allá él», añadió el mismo guardia. Por las carreteras asturianas había pocos turismos, algún Seat 600. Sobre todo, motos y carros. Fue un carro sin luces, a la altura de Barcia (Valdés), lo que provocó que Ruiz-Cantabrana fuese víctima de un gravísimo accidente. «Sufrí una rotura abierta de fémur. Estuve dos años y pico en el hospital, hasta febrero de 1964. Luego me reincorporé durante 20 años al cuerpo, aunque ya no en moto», explica el guardia jubilado.
En aquel accidente estaba presente Luis Peláez, que lo rememora como si hubiese ocurrido ayer. «El compañero se dio contra la parte del eje que sobresale de la rueda del carro. Antes había visto morir a un compañero de academia, en la carretera de Galapagar. El pobre iba sin casco. Dicen que a lo mejor quiso coger un lagarto», señala Peláez.
Un total de 310 guardias de tráfico han muerto en España en estos cincuenta años, ocho de ellos en Asturias, a los que hay que sumar al gijonés José Antonio Vidal Fernández, uno de los agentes asesinados por Jaime Giménez Arbe, «el Solitario», en Castejón (Navarra). Vidal estaba destinado en el destacamento de Tráfico de Calahorra. A todos ellos se les rindió ayer un sentido homenaje.