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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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PEDRO DE SILVA
Un observador imparcial debería reconocer las renuncias de la izquierda española en la construcción de la democracia. De antemano dejó a un lado su vieja vocación revolucionaria, y aceptó integrarse de lleno en el sistema. Asumió también que España fuera una monarquía, y, aun más, que el monarca no fuera el que correspondía en la línea dinástica, sino el que Franco había designado. Renunció a cualquier depuración, una práctica habitual en cualquier cambio de sistema, y ni un solo empleado político del anterior régimen perdió su trabajo. Tampoco se exigieron responsabilidades de ninguna clase. En cuanto a símbolos, aceptó que la bandera bajo la que Franco había derrotado a la República pasara a ser la de la democracia. Con esa hoja de servicios, las críticas a la izquierda por conservar algún símbolo de su historia, como la «Internacional» o el puño en alto, suenan a recochineo.
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