Oviedo, L. Á. VEGA
El controvertido ex presidente extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra (Mérida, 1948), acudió ayer al Club Prensa Ibérica de LA NUEVA ESPAÑA para trazar su visión de lo que será una sociedad futura dominada por la tecnología de la información, pero también ofreció algunas perlas sobre la situación política, sin obviar que ya está «fuera de circuito». Rodríguez Ibarra ha sido presentado como uno de los miembros de la «vieja guardia» contrarios a la política de Zapatero para salir de la crisis. Un artículo en un periódico nacional abrió la caja de los truenos. Zapatero adujo, con displicencia, que quienes le criticaban habían perdido el apoyo de los ciudadanos. Ibarra, a su vez, respondió ayer al Presidente: «Cuando abandoné la Junta fue porque me quise ir, no porque me echaran».
Ibarra, «un nacionalista extremeño vestido de patriota español», según las palabras de su amigo Pedro de Silva, también ex presidente (aunque de Asturias), se ha distinguido por su acerada crítica al nacionalismo excluyente catalán y vasco. Ayer, sin embargo, su diagnóstico sonó prácticamente a reconocimiento de una derrota. «Desgraciadamente, todos los partidos políticos en España son nacionalistas, el PSOE de Asturias, el de Galicia, el PP de Valencia, IU. Todos nos hemos hecho nacionalistas y estamos buscando elementos identitarios. El discurso nacionalista ha triunfado, ya no hay partidos de ámbito nacional, sino partidos nacionalistas en cada territorio», lamentó. No obstante, afirmó su convicción de que «el que más tiene, es el que más debe aportar».
A lo largo de su discurso, casi en exclusiva centrado en el fracaso de la educación en España y la necesidad de redirigirla para fomentar la innovación, Rodríguez Ibarra fue dejando caer algunas pinceladas de su oposición a lo que se está haciendo. «Las medidas contra la crisis podríamos haberlas puesto en marcha hace 25 años», indicó. «Los 5.000 millones que Zapatero ha dado a los ayuntamientos los pondría para proyectos de capital riesgo de jóvenes innovadores, y sacar así a este país de la situación ruinosa en la que está», dijo más adelante.
Hay una fuerte crisis, pero las cosas no cambian. «En los bancos se siguen dirigiendo las cosas como antes. No dan dinero para proyectos innovadores, pero sí para pisos», opinó. «El sector del automóvil pide 50.000 millones, pero es para seguir haciendo lo mismo, y no se dan cuenta que darles dinero es prolongar la agonía y quitárselo a gente que lo necesita». La crisis, añadió, «es financiera, pero también de modelo», y a España le «va a costar más trabajo». Trazó una línea imaginaria a la altura de París. «Los que están al Norte, saldrán antes».
Expresó la poca gracia que le hizo la ceremonia de ayer en Copenhague. «Ha sido bochornoso el espectáculo de políticos y monarcas. Las cosas cambiarán cuando salgamos a recoger premios Nobel en vez de a buscar olimpiadas», dijo.
Con 61 años, apartado de la política «por una mala pasada del corazón», como ha dicho alguna vez, Rodríguez Ibarra definió el papel que le queda. «Sentarse en el asiento de atrás del autobús y estar bien callado, no vaya a distraer al conductor y al resto de los pasajeros y provocar un accidente. Yo lo he intentado, y a veces no lo he conseguido», aseguró con un punto de ironía. Dicho lo cual, añadió: «El conductor actual me pregunta de vez en cuando», con lo que dejó claro que el rifirrafe con Zapatero no ha sido tan serio como se ha pintado.
Eso sí, reivindicó su derecho a continuar asomándose a la actualidad política: «Cuando uno abandona la política, se vuelve invisible. He procurado mantenerme invisible, pero no voy a perder mi libertad, que es la de hablar cuando tenga algo que decir y no enredar». Y también su derecho a no ser encasillado. Primero negó haber sido tan «guerrista» como le atribuyó Pedro de Silva, y luego, rechazó pertenecer a la «vieja guardia». «Yo, ni soy viejo, ni soy guardia, la porra la dejo a Esperanza Aguirre con su proyecto educativo».