PEDRO DE SILVA
Admito mi flojo entusiasmo por el olimpismo, tal como es hoy, o sea, por la competitividad más brutal a costa de casi lo que sea. Hace mucho que las olimpiadas han dejado de ser una noble competición física para convertirse en una feria en la que cada país exhibe los mejores ejemplares de sus granjas. Sólo salvo de las olimpiadas a la mayoría de los deportistas. Lo demás, es decir, los comités, las federaciones, los químicos del cuerpo y el alma, las marcas comerciales, los tinglados publicitarios, y, sobre todo, esa ideología que recorre la feria, y que se inocula al atleta como si fuera carne de cañón, me aburre mortalmente. Lo siento, y pido perdón al lector al que pueda ofender. Dejo escrito esto antes de saber el resultado, con dos frases finales, a colgar una u otra según cuál haya sido aquel: «Hemos ganado, qué le vamos a hacer» y «ha perdido el tinglado, no los deportistas».