JAVIER
RODRÍGUEZ MUÑOZ APROXIMACIÓN A LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE DE 1934
La entrada de tres ministros de la CEDA en el Gobierno formado en la tarde del 4 de octubre de 1934 por Alejandro Lerroux fue considerada un punto de no retorno en la deriva de la República hacia unas posiciones que nada tenían ya que ver con las esperanzas concebidas tres años y medio antes, en el momento de su proclamación.
La CEDA era una amplia coalición de partidos de derecha, que se movía entre el autoritarismo filofascista y la democracia cristiana, con una gran base social de antiguos monárquicos, unidos por una férrea defensa de la religión católica y del estatus que su Iglesia había gozado en España. Gil Robles, máximo dirigente de la CEDA, se había desenvuelto siempre en una calculada indefinición de aceptación del régimen vigente sin reconocimiento expreso de la República. Entre las bases de la CEDA y entre algunos de sus dirigentes, existía el convencimiento de que su llegada al Gobierno serviría para desmontar la obra de la República y volver a la Monarquía. La CEDA, básicamente, defendía en el marco parlamentario-democrático lo mismo que otros grupos más radicales de monárquicos y tradicionalistas pretendían conseguir por una vía violenta.
Desde el 14 de abril de 1931 había gobernado una coalición de socialistas y republicanos, que se rompió el 12 de septiembre de 1933, con la formación de un Gobierno de concentración de partidos republicanos presidido por el radical Lerroux, que excluyó a los socialistas, a los que venía haciendo objeto de duros ataques verbales desde un año antes. No pudo sostenerse el Gobierno Lerroux y otro Gobierno presidido por el republicano radical Martínez Barrio convocó elecciones el 28 de noviembre de 1933. La ley electoral primaba excesivamente a las mayorías y castigó a los antiguos aliados de la conjunción republicano-socialista, que concurrieron por separado. Los resultados no dieron una victoria clara a ningún grupo, y en términos de votos absolutos, la situación fue muy equilibrada entre izquierda y derecha, con ligera ventaja de esta última, y ello con la abstención declarada de los anarquistas. Pero en escaños, la CEDA resultó ser la minoría más numerosa, con 115 diputados, seguida por el Partido Republicano Radical de Lerroux, con 104 actas. En los diez meses que transcurrieron hasta octubre de 1934 gobernaron los radicales, con participación en el Consejo de algunos otros pequeños grupos, como el Liberal Demócrata de Melquíades Álvarez, y el apoyo parlamentario de la CEDA, que poco a poco fue haciendo gala de su poder. Durante ese período las reformas emprendidas en el bienio anterior sufrieron un frenazo y vuelta atrás en muchos casos, lo que contribuyó a radicalizar y movilizar a amplios sectores obreros y populares contra el Gobierno.
Desde casi los inicios del régimen republicano el movimiento anarquista había manifestado su oposición al mismo, con la convocatoria de varias huelgas generales e intentos de insurrección. También entre los socialistas, el otro gran movimiento representante de la clase trabajadora, se habían levantado voces, antes ya de su salida del Gobierno, que cuestionaban la estrategia reformista ensayada con la colaboración republicano-socialista, que no había supuesto ninguna mejora para las masas obreras, y que propugnaban la conquista del poder para llevar a cabo desde el mismo una política verdaderamente socialista. Largo Caballero, encumbrado a la máxima dirección del PSOE y la UGT, era la figura más destacada en la defensa de este discurso, que mantuvo y radicalizó a lo largo de los primeros meses de 1934, y que fue calando muy hondo en las Juventudes Socialistas y en otros sectores del partido. La participación de la CEDA en el Gobierno había sido señalada como una especie de causa belli, que haría estallar una revolución en defensa de la República.
La idea de que la CEDA constituía un verdadero peligro para la República no era una exclusiva de los socialistas. La entrada de tres ministros de la CEDA en el Gobierno fue considerada, por ejemplo, por el Partido Republicano Conservador de Miguel Maura, como si se entregara la República a sus enemigos declarados, e hizo manifiesta su esencial incompatibilidad con esa República desfigurada. Al otro extremo del espectro, la Izquierda Republicana de Manuel Azaña calificó de hecho monstruoso y traición la entrega del Gobierno de la República a sus enemigos (la CEDA), y proclamó su decisión de acudir a todos los medios en defensa de la República.
Cuando el 1 de octubre de 1934 Gil Robles retiró en sesión parlamentaria su apoyo al Gobierno del radical Samper, y para solucionar la crisis impuso la entrada de tres ministros de la CEDA, sabía que el peligro de un estallido revolucionario era muy posible, pero aun así estimó que era mejor correr el riesgo en ese momento y no más adelante, cuando el movimiento revolucionario estuviera más organizado. Largo Caballero había lanzado un órdago revolucionario si la CEDA entraba en el Gobierno, y ésta le aceptó el reto.