Oviedo, E. L.
Traición. Ése es el delito que el fiscal le imputa y por el que reclama 12 años de cárcel al ex espía asturiano Roberto Flórez, en prisión preventiva por haber vendido a Rusia numerosos documentos secretos con todas las tripas del espionaje español a cambio de 200.000 dólares.
La fiscalía de Madrid, encabezada por Ángel L. Perrino, ya ha hecho pública su petición de condena para el antiguo agente de los servicios secretos españoles que nació en el pueblo de Bayo (Grado) el 22 de mayo de 1965 y que terminaba su carrera por los oscuros pasillos del espionaje internacional el pasado 23 de julio de 2007. Ese día era detenido en su casa de Tenerife. Se había destapado su doble juego: cobraba del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), pero, al parecer, habría intentado sacarse un sobresueldo de 200.000 euros pasándole a los servicios secretos rusos abundante documentación con un sinfín de detalles del espionaje español.
El escrito de la fiscalía madrileña revela que, pese a lo que pudiera pensarse de una actividad laboral pensada para moverse en los dudosos terrenos de la más absoluta discreción, Roberto Flórez ofreció sus servicios simplemente escribiendo una carta a los espías de Rusia. Gila, en su parodia de la guerra, hacía algo parecido, pero al teléfono: «¿Es ahí el enemigo? Que se ponga», decía bajo su boina. En las calificaciones del fiscal, que ayer publicó el diario «El Mundo», se transcriben las dos explícitas cartas que Flórez le mandó a los rusos.
No disimuló su identidad con nombres en clave o mensajes encriptados, como el lego en la materia supone en un empleo tan secreto. Nada de tinta invisible. Flórez fue directo como una oferta de trabajo: «Soy un directivo del Cesid (como antes se denominaba al actual CNI) que tiene interés de comunicarle su disposición a colaborar con el servicio y el país que usted representa». «Le manifiesto mi disposición a una colaboración profesional con base a los siguientes contenidos: identificarles y mantener actualizado quién es quién en el Centro, nombres y apellidos, elaboración de sus perfiles psicológicos y profesionales, DNI, seudónimos (...) empleos, organismo e instituciones de procedencia y destinos que ocupan cada uno de sus miembros». La carta iba dirigida al jefe de los espías rusos destinados en España, un señor de apellido Melnikov.
En el año 2000, Flórez había sido descubierto mientras trataba de infiltrarse en el gabinete de Alejandro Toledo, por entonces candidato a la Presidencia de Perú. Aquel resbalón cometido mientras estaba destacado en la Embajada española en Lima obligó a sus jefes a sacarle inmediatamente del campo de juego donde se disputa con el balón de los secretos de Estado. Como en el parchís, también en el espionaje español tienes que volver a casa cuando te comen. «La Casa» es como se denomina en la jerga interna al CNI. Y Flórez tuvo que volver a ella.
Que lo hubieran pillado en 2000 no sirvió, al parecer, para que entre 2001 y 2004 tomase mayores precauciones a la hora de negociar su producto con los rusos. Las cartas que les envió ofreciendo el material no estaban precisamente codificadas, tal y como se comprueba en el escrito de la fiscalía. En sus misivas les ofrecía «la estructura y organización de diferentes divisiones de Inteligencia, normas generales de actuación, las principales misiones que tiene cada una de las dependencias del Centro y sus objetivos informativos». No engañó precisamente a los rusos sobre sus intenciones pues incluso se brindó para «informarles sobre los procedimientos de trabajo que utiliza el Centro contra su país (tanto en España como en la Federación Rusa o en terceros países)».
Flórez mantiene que no está acreditado que cobrase a los rusos por pasarles la información. Lo que está claro es que, tal y como consigna el fiscal en su escrito, el agente asturiano se había hecho con «numerosa documentación perteneciente al CNI, tratándose de información legalmente clasificada de secreto». Se le incautó abundante documentación y en el más variado repertorio de soportes: desde papel a cintas de vídeo, discos duros de ordenador o DVD. Un tesoro de secretos que tenía acumulado en casa.
¿Raro? ¿Travieso?
«Igualito que su padre, igualito». Así recuerdan a Roberto Flórez en Bayo, el pueblo de Grado donde vivió hasta los 18 años. Su madre regentaba un bar y el joven, a quien unos recuerdan como «raro» y otros como «travieso», dejó la localidad cuando ella falleció.
Agencia de resolución de conflictos
Se hizo guardia civil y abandonó el cuerpo en 1997. Trabajó en el cuartel de Inchaurrondo, en el País Vasco. Después ingresó en los servicios secretos españoles. En 2005 se casó y, ya fuera de «La Casa», montó una «agencia de resolución de conflictos».