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¿Qué pasó el 7 de octubre de 1934?

Oviedo, objetivo minero

n La capital tenía un atractivo especial, casi irresistible, para las fuerzas revolucionarias
l En Gijón los revolucionarios se hacen fuertes en los barrios de Cimadevilla y El Llano, donde levantan barricadas l El crucero «Libertad» llega al puerto de El Musel con un batallón de Infantería l Los revolucionarios de Avilés hunden el vapor «Agadir» a la entrada de la ría para imposibilitar el desembarco de fuerzas en el puerto avilesino l Al atardecer, un batallón de Lugo entra en Grado.

 
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Oviedo, objetivo minero
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JAVIER RODRÍGUEZ MUÑOZ APROXIMACIÓN A LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE DE 1934 Oviedo centró desde el primer momento la mayor atención de los revolucionarios. Lo que capital asturiana significaba para los mineros y para el resto de los trabajadores de otras industrias lo expresó certeramente el escritor José Díaz Fernández, en un libro titulado «Octubre rojo en Asturias», publicado en 1935. «La gran ciudad brillante y atractiva, a la que muchos sólo habían entrevisto en rápidos viajes desde sus miserables viviendas del monte, ejercía en los mineros una atracción irresistible. Aquel foco de lujo, de comodidad, de vida fácil, la ciudad a la que escapaban los ingenieros para pasar el fin de semana, allí donde vivían los dueños de las minas de los cuales los que arrancaban el carbón apenas tenían una vaga noticia, les sugestionaba como un imán. En todos los tiempos, mientras la vida esté organizada en fracciones sociales, el impulso que moverá a los hombres será el instinto de poderío. Los rudos mineros querían mandar sobre la capital, someterla. El dominio político implicaba en sus almas simples la conquista de todo lo que hasta entonces les había sido negado. La palabra "revolución", que trepidaba dentro de ellos, como un motor, quería decir sobre todo acceso a una existencia hasta entonces vedada. El hombre de la vida difícil, el desterrado de la aldehuela inhóspita y del suburbio minero llegaba como una tromba a tomar posesión de una existencia nueva».

En todos los pueblos de las cuencas mineras se reclutaron hombres para marchar sobre Oviedo y los voluntarios saltaban a las camionetas que les conducían a la capital, sin armas, y con una mezcla de espíritu jubiloso y sentido trágico, porque sabían que lo que les esperaba no era un juego. Consciente del peligro, gritaba uno ya subido en uno de los camiones. «¡También se muere en la mina, chacho!». Desde el edificio del Ayuntamiento de Oviedo, ocupado ya por los revolucionarios el día, y convertido en sede del Comité Revolucionario, se intentaba organizar a los cientos de voluntarios que habían afluido a la capital para participar en la conquista y que, en muchos casos, deambulaban un poco sin ton ni son por todas partes.

El 7 de octubre, los revolucionarios se apoderaron de la iglesia de San Pedro de los Arcos, del Depósito de Máquinas, situado al pie del Naranco, y de la estación del Norte. Dos eran los principales núcleos de resistencia que sostenían las fuerzas gubernamentales. Uno ocupaba una amplia franja al norte y estaba integrado por la Cárcel Modelo, el cuartel de la Guardia Civil en el barrio de Pumarín, el cuartel de Pelayo de Infantería y la Fábrica de Armas de La Vega. El otro comprendía la calle Uría y comienzos de la de Fruela, en la que varios edificios estaban ocupados por soldados y guardias, el cuartel de Santa Clara, sede de la Guardia de Asalto y del Centro de Movilización de Reclutas, y todo un conjunto de edificios en torno al Gobierno Civil, que estaba al lado de la Catedral. Precisamente en la mañana del día 7, fuerzas al mando del comandante Caballero forzaron el pórtico y una puerta de la Catedral y un grupo de guardias se apostaron en lo alto de la torre. Desde ella dominaban buena parte de Oviedo, y los disparos de los guardias causaron bastantes bajas a los revolucionarios. A partir de ese momento, la Catedral dejó de ser un edificio neutral y se convirtió en objetivo militar. Se suele condenar, con toda la razón, los atentados revolucionarios en el entorno de la Catedral, entre los que llegaron a dinamitar la Cámara Santa. No cabe ninguna disculpa. Pero igualmente censurable es el abuso cometido por las fuerza gubernamentales al apoderarse violentamente de la Catedral y utilizarla como lugar privilegiado, aunque fuera en defensa de la legalidad republicana. Un joven socialista caminaba un día con aire apesadumbrado. Le preguntaron qué le pasaba: «Nada», dijo. «Desde la Catedral, la joya que debemos respetar, acaban de matarme a un hermano».

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