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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Noreña,
Franco TORRE
El cineasta madrileño Javier Maqua estuvo hace unos días en Noreña, donde ofició de pregonero en las fiestas del Ecce Homo. Durante su estancia en la localidad, Maqua se reunió con LA NUEVA ESPAÑA para dialogar sobre sus vínculos con la localidad chacinera y el estado actual del cine español.
-En el pregón habló de sus vivencias infantiles en Noreña.
-La verdad es que no tengo ni idea de lo que es dar un pregón, por lo que decidí hablar simplemente de mis días de niño aquí, y de lo que conocía de Noreña, que era un palacio.
-¿Nunca salía del palacio del Rebollín durante aquellas estancias?
-Nunca, pero es que era muy grande, con muchos prados. No hacía ninguna falta salir, y cuando lo hacíamos era para ir a otro palacio, al de Meres o a casa de Ramona Bustelo.
-¿Conoció también a Camilo Alonso Vega?
-Yo conocía a un viejín que estaba todos los días con los pies en una palangana, por las durezas. Después me enteré que aquel ancianín, «Don Camulo», era Camilo Alonso Vega.
-En su pregón mencionaba que «arriba era abajo, y abajo era arriba», refiriéndose al palacio?
-Sí, me refería a que las cocinas estaban arriba, y allí estaban los criados, las chachas y amas de leche, con una cocinera que era la que más mandaba, y los señores estaban abajo, en el prado. Y en aquella cocina, la «cocinona», era donde pasaban las cosas. Entre bambalinas. Era un espectáculo.
-Como en las películas de Lubitsch?
-Como eran las cosas a principios de siglo. Esto era lo último de aquella época, y yo lo pasaba bien allí. Cada uno teníamos una chacha, y luego ellas comentaban las cosas que iban pasando. Y eso era lo más divertido: las conversaciones de las chachas.
-¿Qué prepara ahora, en el ámbito profesional?
-Estoy con una novela, «El prestidigitador manco», y he terminado dos guiones, coescritos con Álvaro del Amo: «El tigre dormido», ambientado en Llanes, y «El niño y el emperador», una especie de «Marcelino pan y vino» ambientado en Yuste durante los últimos días de vida del emperador Carlos V.
-Tiene buena pinta?
-Pero creo que será difícil darles salida. Lo veo duro.
-¿Tan mal está el cine español?
-No sólo el español: el cine en general ha perdido el valor que tenía. La gente ya no va al cine, ya no es lo que era. Las películas se ven en otras pantallas, porque internet y la televisión lo han modificado todo. La tele debería tomar el testigo, pero no se puede soportar la tele que hay ahora. Nos tratan como imbéciles. Las ficciones que se hacían en cine, hay que hacerlas en televisión, pero tienen que ser ficciones dignas.
-¿Y la nueva ley del cine no aporta soluciones?
-La nueva ley del cine lo que contempla es que las pequeñas películas, como «Carne de gallina», ya no se puedan hacer, porque sólo van a premiar a las películas con un cierto caché. Han fijado un mínimo, y todo lo que esté por debajo no merece ayudas. Ni una película digna rodada en los últimos años en este país, salvo coproducciones muy puntuales como las de Amenábar, ha costado más de mil millones de pesetas.
-¿No es un contrasentido imponer esa norma en un momento en el que la revolución digital puede rebajar mucho los costes?
-Claro. Hoy rodar es baratísimo: se puede hacer película con cuatro pesetas y con unas condiciones mejores que las que tuvo Fritz Lang en «Metrópolis». Y luego del montaje y la postproducción es baratísimo. Por eso, lo que lograrán será que aumente la picaresca, que se hagan trampas para inflar el presupuesto y obtener las ayudas. Un disparate.
Nacido en Madrid en 1945, este cineasta y escritor se siente asturiano de adopción. Comenzó su relación con el séptimo arte escribiendo críticas periodísticas. En 1969 ingresó en la Escuela de Cine, de la que fue expulsado.
Entre sus largometrajes destaca «Carne de gallina», de 2001. Se trata de una comedia coral en la que refleja en clave de humor negro la crisis de las cuencas mineras asturianas.
En 2003 estrenó el largometraje «Apuntarse a un bombardeo», un docudrama sobre su estancia de las brigadas Mohammed Belaidi en Irak.
Como escritor, ganó el prestigioso premio «Café Gijón» con la novela «Invierno sin pretexto», que editó en Alfaguara.
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