J. C. GEA
Un amigo, buen profesional y mejor persona, perdió su empleo al friso de los 50 a causa de una pésima gestión de la constructora para la que trabajaba. Sucedió justo antes del advenimiento oficial de la crisis. En lugar de dejarse encallar en las listas del paro, intentó seguir en lo suyo por su cuenta, pero la pequeña empresa no pudo aguantar. Y como el empleo no llegaba, investido de su dignidad, se puso a prepararse para lo que nunca hubiera imaginado: empleado de seguridad privada. Dejó de fumar. Se puso el chándal. Engulló temarios. Y aprobó. Ha vigilado de noche obras de las empresas para las que pudo haber trabajado de día. No es un héroe, ni falta que hace, pero sí una vida ejemplar. No tenía pensado airearla, pero lo hago hoy, cuando los propios corresponsables del desastre admiten ya sin filtros que vienen tiempos «muy duros», y sólo las cifras de demandantes en Salud Mental parecen crecer más que las de parados. Quizá sirva de Prozac moral. (Me olvidaba, aunque no haya relación causa-efecto: mi amigo ha vuelto a encontrar empleo. En lo suyo).