ENRIC JULIANA. SUBDIRECTOR DE «LA VANGUARDIA», AUTOR DE «LA DERIVA DE ESPAÑA»
Oviedo, L. Á. VEGA
El periodista Enric Juliana (Badalona, 1957), subdirector de «La Vanguardia» de Barcelona, responsable de la delegación del periódico en Madrid, ha intentado trazar en dos libros, «La España de los pingüinos» y «La deriva de España», las líneas futuras de la vida política española. Aunque augura una etapa de importantes tensiones territoriales, opina que «España no se rompe», aunque avisa de que los españoles deben acostumbrarse a convivir con otras formas de «pensar y sentir» el país. Juliana duda que España vaya a salir de la crisis con la actual división autonómica y apunta la tendencia a una agrupación territorial en base a otros intereses que los políticos.
-Su definición del Noroeste como el nuevo Sur ha chocado.
-Buscaba cierta provocación. Es cierto que en el Noroeste hay unas regiones que están perdiendo población, que por su posición geográfica afrontan unas mayores dificultades. Quería ilustrar la idea de que el tema de la solidaridad interterritorial debe ser replanteada. Ese consenso grande que había respecto a la redistribución se está resquebrajando.
-¿No hay un riesgo en eso?
-Cuando hay dificultades, todo el mundo piensa para casa. Estamos ante unas discusiones muy francas, impensables hace 15 años. A veces estas discusiones acaban mal, pero hay que afrontarlas sin miedo. Todo el mundo tiene sus argumentos. Hay una sensación de que algo se está rompiendo, pero no lo creo. El problema es que no hay instrumentos adecuados. España ha desarrollado una dinámica federal, que no tiene vuelta atrás, sin unos instrumentos más objetivos, como tienen los alemanes. Con lo del Noroeste quería indicar que, igual que Andalucía ha invocado justicia social, quizá otras regiones, con problemas muy graves, podrían también invocarla.
-En Asturias no hay un consenso sobre ese Noroeste.
-Hay un riesgo de simplificación. No creo que dentro de 20 años alguien diga: «Soy del Noroeste». En este área geográfica hay realidades diversas. Asturias tiene una historia muy singular, aquí se inició la revolución industrial. Galicia viene de otras circunstancias. Hay dispersión, pérdida de habitantes, envejecimiento, elementos comunes que explican que en el debate de la financiación autonómica se haya prefigurado un cierto frente común. Al presidente de Asturias algún disgusto interno le ha tenido que suponer.
-Usted habla de compartir estrategias entre diferentes regiones.
-Hay 17 autonomías, pero también hay unas dinámicas que podrían dar lugar a estrategias compartidas. Hay unas dinámicas suprarregionales que comienzan a pesar, sin que signifique una anulación de las entidades regionales. Habrá cooperación, se tendrá que ir a mancomunar servicios. No lo vemos aún, pero pasará.
-No hay quien sostenga esto.
-La duda es si con la crisis se van a poder costear las competencias de cada comunidad. Si estamos en una urbanización de 17 edificios, lo más lógico es que la limpieza la paguemos entre todos. Pasa algo parecido con las cajas. Las hay tocadas, y el Banco de España está impulsando las fusiones, con reticencias de las comunidades. Acabará pasando. Las autonomías pondrán estrategias en común para aprovechar las sinergias, lo que ahora se lleva.
-¿Ha salido ganando todo el mundo con la nueva financiación?
-Tengo mis dudas sobre la realidad del nuevo modelo. Se han puesto unas bases, pero dentro de un par de años, cuando se tenga que aplicar ese modelo, se verá que el asunto no está ni mucho menos cerrado.
-La impresión es que Cataluña ha salido beneficiada.
-Y si pregunta a los catalanes dirán que no. La población en Cataluña se ha incrementado en millón y medio. Todas estas personas tienen derecho a tarjeta sanitaria y a llevar a sus hijos a la escuela pública. Y todo eso se ha hecho con mecanismos diseñados cuando la población era muy inferior. Valencia no ha estado en contra de la nueva financiación. Madrid, con la mano izquierda ha dicho que no, pero con la derecha la ha firmado. Cataluña es la que aporta más al PIB, un 19 por ciento, sin embargo está en el quinto puesto de renta per cápita. Nadie puede discutir que hace una aportación real a la economía española. De acuerdo que son los ciudadanos los que pagan impuestos, pero que se genere o no riqueza está en función de unas condiciones colectivas.
-De ahí su interés por blindar su puesto en el ranking regional.
-En Cataluña hay la sensación de que nos estamos quedando atrás. Este discurso no es fácil de hacer, tiene todos los números para resultar antipático, más en una situación política complicada. La política catalana, muy enfática, plantea las preguntas, pone las cuestiones sobre la mesa. La primera vez, todo el mundo se levanta irritado. Pero al final se reconoce que hay que discutir sobre aquello. Eso tiene un coste y la sociedad catalana lo está pagando. Hay un disgusto sordo respecto a sí misma. Bajo la apariencia de ser diferente, es el que tiene un estatuto menos diferente. No tiene el cupo vasco, no tiene el estatus moral del Sur.
-Montilla avisa de problemas si hay cambios en el Estatuto.
-No habrá problemas, lo que no quiere decir que no pase nada. La sentencia del Constitucional no será «dinamitera». Que será restrictiva, parece evidente. Será interpretativa y garantizará 50 años más de pleitos. Lo que vaya a pasar, se expresará en las elecciones.
-Lo cierto es que desde que llegó al poder el PSC, la cuestión catalana ha elevado su temperatura.
-El independentismo en Cataluña es un estado de ánimo, es como los gases, se contrae y se dilata dependiendo de la temperatura ambiente. En todo catalán late siempre un separatista, forma parte de su cultura. La situación actual es compleja. Con poco acierto en las frases, se ha generado un debate marcado por la competición, con tres partidos disputándose el alma nacionalista. Por tanto hay un recalentamiento. Dudo que se genere una mayoría política.
-¿Y el referéndum de Arenys?
-Fue muy llamativo, pero todo el mundo cumplió la ley. Es una expresión de algo, quizá molesta, pero lo anormal es lo otro, lo del País Vasco, que alguien crea que se puede matar para lograr unos objetivos políticos. En España hay que irse acostumbrando a convivir con opciones distintas, siempre que respeten la ley.
-Usted habla de las bases confusas de la transición.
-Ha habido cosas mal resueltas, como las relaciones entre Iglesia y Estado. En la Iglesia persiste el intento de tener una gran influencia política. Desde la izquierda, la tentación es explotar el anticlericalismo, como seña de identidad. Tampoco está resuelto el tema territorial. No digo que haya que revisar el mapa territorial. Sólo dudo que el esquema actual permita salir de la crisis. ¿Tiene sentido, por ejemplo, La Rioja? Algunas competencias deben ser mejor definidas. Y el Estado debe tener unas competencias. Se precisa un consenso nuevo.
-Parece difícil.
-Hay quien opina que ese consenso para revisar el acuerdo general deben hacerlo sólo PSOE y PP. Sería de una extraordinaria temeridad intentar modificar las reglas en contra de aquellos que hicieron posible la Transición. En este país debemos convivir con sectores que disienten de la corriente principal respecto a cómo pensar y sentir España. La tentación de algunos es provocar la expulsión o autoexpulsión de esos sectores. España no se quiebra, aunque tiene una necesidad de decir cada cierto tiempo que sí se rompe.
«La duda es si con la crisis se van a poder costear las competencias de cada comunidad; si estamos en una urbanización de 17 edificios, lo lógico es que paguemos la limpieza entre todos»
Enric Juliana pone el dedo en la llaga de la división territorial española, fruto de las tensiones y los miedos de la transición. Una de las arbitrariedades fue la negativa a constituir una región eminentemente minera, formada por Asturias y León. Las razones de esa negativa, señala Juliana, hay que buscarlas en la Revolución de 1934. «Causaba una cierta inquietud, por eso se prefirió que Asturias fuese una región más pequeña», señala el periodista, que participó hace unos días en una charla en el Club Prensa Asturiana, organizada por Tribuna Ciudadana. «La transición fue un proceso virtuoso, pero muy condicionado, hubo que improvisar cosas que ahora regresan», añade el periodista. Sin embargo, las cosas han cambiado. «La democracia está asentada y podemos discutir de cosas sensibles sin que se rompa el mundo», asegura. Una de ellas es la cuestión territorial.
«El referéndum de Arenys es una expresión de algo, quizá molesta, pero lo anormal es lo del País Vasco, que alguien crea que se puede matar para lograr unos objetivos políticos»