J. C. GEA
No voy a las ferias de antigüedades porque, escorado como estoy hacia la búsqueda de simbolismos y señales de otro mundo hasta en el más inane de los trastos de éste, no alcanzo a comprender de qué va en el fondo el asunto. Me explico: no sé si lo que se expone debería animarme, porque ese despliegue de artículos pasados de moda es una especie de canto a la supervivencia más allá de la caducidad fijada a las cosas (el «revival» es una forma pop de la resurrección de la carne); o si, por el contrario, debería deprimirme al comprobar de qué desesperada manera impostan una segunda vida objetos que, de todos modos, van a acabar de nuevo en el contenedor. O en otro anticuario, para una nueva reencarnación. Quizá simplemente debería ir a comprar alguna cornucopia o bargueño que me gustase para la salita por un precio notablemente más caro que el original. Pero es que estoy metafísico y veo avisos de la fugacidad del mundo desde que a Javier Fernández le hacen encerronas en las Cuencas para que reduzca a la condición de antigüedad ese portento de la persistencia llamado Areces.