Oviedo, Marcos PALICIO
Rafael Arnáiz Barón, el monje criado en Oviedo que hoy certifica su ascenso a los altares, fue un joven enfermizo al que la diabetes se llevó prematuramente a los 27 años, pero ha alcanzado la santidad curando. La Iglesia acepta que la mano del santo está detrás de dos milagros con forma de curaciones científicamente inexplicables, una que se incorporó a la causa de su beatificación, aprobada el 27 de septiembre de 1992 por Juan Pablo II, y otra que forma parte del proceso de canonización, certificada por Benedicto XVI el 21 de febrero de este año. En cumplimiento de este último decreto, el Papa presidirá hoy en la plaza de San Pedro del Vaticano la solemne ceremonia de incorporación al canon del hermano Rafael, que nació en Burgos en 1911, vivió y se educó en Oviedo entre 1922 y 1932 por el traslado laboral de su padre y murió en 1938 en su retiro de la abadía trapense de San Isidro de Dueñas (Palencia).
Sus escritos espirituales, de gran difusión, le han dado un lugar entre los grandes místicos del siglo XX y El Vaticano ha certificado su intercesión en dos milagros con los que cumplió los requisitos para la beatificación primero y la canonización después. Se trata de las curaciones de dos mujeres, una palentina y una madrileña, desahuciadas por los médicos y encomendadas por familiares y amigos al hermano Rafael. La Congregación para las Causas de los Santos aprobó la beatificación de Arnáiz al reconocer un milagro detrás de la sanación de una joven palentina que fue atropellada por un tractor y que se recuperó a pesar de que el médico que la trataba había dicho a sus familiares que podían desconectar la alimentación artificial porque no había nada que hacer por su vida.
Unos años más tarde, los médicos comunicaron a los padres de Begoña León Alonso, una madrileña que ha cumplido 39 años, que su muerte era «cuestión de horas». Corría la Navidad del año 2000 y su segundo embarazo se había complicado en el quinto mes con el síndrome de Hellp, una rara y grave enfermedad que acarrea hipertensión, desintegración de los glóbulos rojos, fallo hepático o infartos cerebrales, entre otros síntomas, y que en su caso fue diagnosticada mortal. Begoña, sin embargo, puede contarlo y lo ha hecho. Se recuperó con una rapidez que sorprendió a los médicos que la trataban, tuvo a su hija Laura y ha escrito un libro, «El milagro del hermano Rafael», en el que cuenta su experiencia. Su madre y algunos amigos la encomendaron al beato y ella, a la pregunta de si su curación había sido milagrosa, respondía el año pasado a LA NUEVA ESPAÑA que «soy creyente, pienso que ha habido algo de eso».
En los dos casos, una comisión de médicos peritos de la Sagrada Congregación de las Causas para los Santos certificó que las curaciones eran inexplicables desde el punto de vista de la ciencia. A continuación, un grupo de teólogos dictaminó sobre la conexión entre la sanación y las oraciones dirigidas al beato y un cardenal ponente presentó la causa al resto de los miembros de la congregación, cardenales y obispos, que dictaron el veredicto final, aprobando ambos milagros.