J. C. GEA
Hay personajes que dabas por casi olvidados y de cuya desaparición no hubieras esperado tanto impacto, y otros que, por el contrario, tuvieron su importancia en algún momento de tu vida, pero cuya muerte no parece alterarte demasiado. En la de Luis Aguilé curiosamente coinciden los dos casos. Me ha sorprendido ver la cantidad de sentidos y rendidos fans que se han destapado después de su fallecimiento, y me ha sorprendido lo poco que -sintiéndolo en el alma, claro- me ha arañado el auténtico limo emocional, porque Aguilé estuvo en el primer compás de mi educación pop. Junto con una petarda, y aún así conmovedora versión orquestal de «Moonriver» y un elepé de los «Blue Diamonds» cantando en español, el primer disco que recuerdo haber disfrutado en mi vida fue un «grandes éxitos» que Aguilé ya se había merecido a finales de los sesenta. Y lo cierto es que «El tío Calambres» entró en mi vida mucho antes que el «Sargento Peppers»; lo cual, aparte de imprimir carácter, merecería un poco más de calambre emocional por mi parte. Se lo debo, don Luis.