PEDRO DE SILVA
El otoño tiene varias formas de presentarse. Una muy frecuente es la súbita, en la que un par de fuertes borrascas sucesivas bajan un tercio las temperaturas, nos constipan y obligan a cambiar la ropa. El otoño, en esos casos, llega haciendo ruido, se instala y ya no se va. Otra forma es la de este año: el verano no acaba de irse, o al menos no se le ha oído cerrar la puerta, pero cada día se acorta la luz unos minutos, hojas caídas de su árbol se echan en las calles y, sobre todo, un sentimiento de dulce tristeza se adueña de no pocos espíritus. En estas otoñadas cadenciosas, que se columpian morosamente en el aire antes de posarse, y en las que cada día se disfruta como una prórroga y no como una promesa, algunos creen percibir algo asimilable a la felicidad, o al menos a lo que esos seres melancólicos y algo cursis -tan distintos de los que gozan de las vísperas- conocen como tal.