JAVIER RODRÍGUEZ MUÑOZ
En la retaguardia de la Revolución se desplegó también una gran actividad. Ni las minas ni las fábricas se abandonaron. En las primeras se atendieron las labores de mantenimiento (achique de agua, ventilación...) y en las segundas no se permitió que se apagaran los hornos. En las principales fábricas se trabajó intensamente en la fabricación de vehículos y trenes blindados para la Revolución. Los revolucionarios tenían gran fe en estos ingenios, que ya habían sido utilizados con éxito en la Revolución Rusa de 1917.
En Duro Felguera los anarquistas de la CNT-FAI pusieron todo su empeño en blindar camiones, llegando a fabricar doce, de los que diez se enviaron a Oviedo y dos a Gijón. Empleaban unas ocho horas de trabajo continuado. Tenían el aspecto final de una garita con troneras a los lados, donde se emplazaban las ametralladoras. En Trubia se fabricó un tren blindado en 24 horas para atacar la cárcel modelo. Otro tren blindado se llevó hasta Vega del Rey, contra las fuerzas que mandaba el general Bosch. Pero una bala consiguió perforar la caldera y la máquina no funcionaba, debiendo el tren retirarse aprovechando la pendiente, perseguido por la aviación, hasta refugiarse en un túnel entre Pola de Lena y Ujo. En Fábrica de Mieres se ideó una especie de catapulta para lanzar a más distancia los cartuchos de dinamita, y también se fabricaron bombas. Una de la principales tareas, sin embargo, fue la recarga de munición, aprovechando una máquina de la Fábrica de Armas. Su producción era de unos 3.000 a 5.000 proyectiles al día, totalmente insuficiente. Hubo equipos dedicados a recoger las vainas, y se rebuscó incluso entre los escombros de los cuarteles de la Guardia Civil destruidos.