PEDRO DE SILVA
La transición española a la democracia, que no deja de ser el vientre del que venimos, fue posible gracias a tanta gente como se cambió de lado, cruzando sobre aguas antaño turbulentas. Uno de los puentes más anchos y más largos fue el que logró unir el continente de la izquierda con el continente cristiano. Cabría preguntarse si la transición hubiera sido posible sin el Concilio Vaticano II, que implicó a parte de la Iglesia en el movimiento obrero, desactivando el viejo anticlericalismo de éste. Tal vez el más convincente divulgador en España del mejor Concilio, con el acento en el diálogo y el compromiso social, haya sido el teólogo Enrique Miret Magdalena, un barquito de frágil aspecto con las velas hinchadas por el verdadero humanismo cristiano, que, cuando el viento dejó de soplar en la Iglesia, siguió a rumbo con los remos, sin abandonar la sonrisa. Ahora ha tocado playa.