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¿Qué pasó el 15 de octubre de 1934?

Nada es de nadie, todo es de todos

n El ensayo de un nuevo régimen de igualdad económica, política y social
l Los revolucionarios resisten a las fuerzas gubernamentales en los barrios de Villafría y San Lázaro l El Ejército recupera la fábrica de explosivos de La Manjoya y vuela la línea férrea para impedir que vuelvan a utilizarla los revolucionarios l Dos compañías del Batallón n.º 29 y otra del n.º 8, que desembarcaron en San Esteban de Pravia, son detenidas cerca de Grado y tienen que retroceder a Pravia tras ocho horas de combate l La columna del coronel Solchaga llega a Infiesto.

 
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JAVIER RODRÍGUEZ MUÑOZ APROXIMACIÓN A LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE DE 1934 El objetivo final del movimiento revolucionario de Octubre de 1934 era la consecución de un nuevo régimen de igualdad económica, política y social. El triunfo conseguido por los revolucionarios en las cuencas mineras y otras zonas próximas les permitió poner en marcha el diseño de esa nueva sociedad a la que aspiraban y por la que luchaban. Pero antes, por si acaso, tenían que destruir algunos de los instrumentos del anterior régimen. Fue así como en muchos lugares los revolucionarios se dedicaron a quemar los archivos de los juzgados, registros de la propiedad y ayuntamientos. En Mieres, después de haber hecho una hoguera con todos los documentos del Juzgado de primera instancia, algunos quisieron hacer lo mismo con el archivo del notario, pero un comunista les hizo desistir argumentando que si se destruía, cómo se iban a hacer luego los amillaramientos para imponer los impuestos de la nueva sociedad. Amillaramiento y amillarar son palabras que hoy resultan desconocidas para la mayor parte de la gente, pero en aquel tiempo en el que todavía la mitad de la población se dedicaba a las labores agrarias, se sabía perfectamente que amillarar era regular los caudales y granjerías de los vecinos para repartir entre ellos las contribuciones. En Pola de Siero, el juez, el registrador y el notario huyeron con los guardias. El registrador sólo pudo llevar consigo un tomo de la ley Hipotecaria. Un cronista de la revolución anotó: «Es todo lo que resta del antiguo Estado en Pola de Siero». No se atentó, en cambio, contra los archivos eclesiásticos y en algunos lugares, como en Mieres, se tuvo que reconstruir el Registro Civil con los datos de los libros de bautismo, de defunciones y de matrimonio.

En algunos pueblos se destruyeron los libros en los que se apuntaba en los comercios lo que debían los vecinos. Uno de los revolucionarios le dijo a la dueña de un comercio en Nava: «Señora, ya nada es de nadie. Todo es de todos. El dinero no tiene valor, y de hoy en adelante los artículos de primera necesidad serán despachados contra vales del Comité Revolucionario». Y, efectivamente, durante unos cuantos días el dinero dejó de tener valor por sí y pasó a ser sólo una referencia de cuenta. Se formaron comités de barrio y se confeccionaron libretas en las que se registraban los miembros de cada familia para, según su número, asignarles las cantidades a recibir. A una familia de tres miembros se le fijaba un consumo de 3,50 pesetas; para cuatro miembros, 4, y así sucesivamente, hasta un máximo de 8 pesetas en las familias numerosas.

El abastecimiento alimenticio de toda la población, tanto de los combatientes como del resto, fue uno de los mayores problemas que hubo de afrontar la revolución, porque todas las redes anteriores habían quedado de repente suspendidas. Se incautaron de todos los productos que había en los almacenes y en las tiendas, pero había que conseguir también muchos alimentos de origen animal y vegetal que debía aportar la población campesina, que se resistía a entregar una vaca, una gallina o simplemente los huevos, a cambio de un vale. Las directrices de los comités eran que las requisas nunca supusieran una destrucción total de la riqueza, con vistas a la normalización posterior del nuevo orden. Pero como se decía en un tono muy poético en un manifiesto lanzado por los anarquistas en Grado: «Compañeros: Estamos creando una nueva sociedad. Y, como en el mundo biológico, el alumbramiento se verifica con desgarrones físicos y dolores morales [...]. Es fatal que así sea. La muerte produce la vida [...]. No es extraño, pues, trabajadores, que el mundo que estamos forjando cueste sangre, dolores y lágrimas; todo es fecundo en la tierra».

Parafraseando una canción del valenciano Raimon que rememoraba su histórico recital en la Universidad de Madrid, en 1968, por unos cuantos días, los revolucionarios se sintieron dueños de sus vidas y sus destinos, y eso les dio la fuerza para luchar.

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