PEDRO DE SILVA
Ha tardado Carlos Solchaga, pese a su reconocida inteligencia, en enterarse de que con Zapatero estamos en un régimen presidencialista, y extraña que no diga lo mismo de Aznar, de Felipe y de Suárez. El caso es que en España el diseño de Gobierno que se hizo para el Estado, reproducido en las autonomías, es presidencialista, pues el modelo pretendía conjurar el peligro del desgobierno, al que, en los albores de la democracia, los autoritarios aseguraban que estaba abocado el sistema de libertades. La razón de que se estableciera un sistema electoral que favorece la formación de mayorías y perjudica a las minorías es la misma. O sea, que la culpa no es de Zapatero, sino del sistema. En el fondo las críticas que le llueven a Zapatero desde la vieja guardia socialista vienen del comprensible rencor de todos sus prejubilados, a los que el señor de las cejas no les pide ni el consejo.