Rioseco (Sobrescobio),
M. PALICIO
Antonio Suárez está en Sobrescobio «mejor que en mi casa». Tal vez porque éste nunca ha dejado de ser su hogar aunque viva en México y haya nacido en Oviedo. El empresario asturiano, miembro del patronato de la Fundación Príncipe de Asturias y propietario en el país azteca de un imperio marítimo que le ha dado el sobrenombre de «El rey del atún», multiplicaba ayer por dos el orgullo del coyán que proclama la belleza de los paisajes de su infancia. Por si no bastara su condición de anfitrión de los Príncipes en la tierra de «todos mis antepasados, el pasado viernes supo que un acuerdo del Consejo de Ministros le condecora con la gran cruz de la Orden del Mérito Civil.
El gozo de recibir la noticia bajo «estos montes que han pisado todos mis ancestros» redobla la categoría del premio, aseguraba ayer en Rioseco, debajo de un hórreo. Por eso acertó don Felipe cuando le recibió. «Estarás contento en tu pueblo», le dijo. Asiente rememorando que «aquí tengo bisabuelos, tatarabuelos... todo. Unos son de Soto de Agues y otros de Campiellos». «Aquí», celebra, «en cuanto pregunto a alguien por sus apellidos, casi siempre descubro que somos parientes». Le sucedió esta misma semana incluso con el Alcalde. El pasado jueves, Antonio Suárez acudió a Rioseco a comer y a comprobar que todo estaba en orden para la visita de los Príncipes e invitó a Marcelino Martínez. A fuerza de bucear en el árbol genealógico de la familia con la ayuda de José Gutiérrez, tío segundo de Antonio Suárez y «el único eslabón que queda de la generación anterior», acabaron detectando la conexión: «Uno de mis bisabuelos era el tatarabuelo del Alcalde».
«Orgullosísimo» de todo lo que ayer experimentó en Sobrescobio, el empresario, que controla una de las mayores flotas atuneras del mundo, se tomó un momento para regresar a aquel instante de la infancia en el que supo de dónde venía. Fue antes de cruzar el charco y de casarse con una mexicana cuyo padre también tiene orígenes asturianos. Ocurrió, relata, «siendo yo muy niño, la primera vez que mi padre me llevó al cementerio. Nuestros apellidos estaban allí, en todas partes, y él me dijo: "Allí donde pises, pisarás cenizas de tus antepasados; mires a donde mires, la tierra habrá sido hollada por tus antepasados"».