J. C. GEA
Lo siento. Viví el fabuloso ambiente previo en directo; asistí en chigre al dignísimo primer tiempo; tuve abierta la ventana virtual para el seguimiento en tiempo real del partido mientras volvía a casa para rematar el trabajo del día; me encrespé con las telegráficas notificaciones de acoso madridista en el último tercio; suspiré y celebré cuando llegó el final del encuentro y me alegré una barbaridad, todo el tiempo, de que este Sporting sea capaz de resistir sin abrasarse la radiación de un cúmulo estelar de supernovas blancas. Pero ayer mi (escaso) corazón deportivo estaba en otro sitio. El viernes por la mañana llegué de chiripa a los últimos compases de la rueda de prensa de Yelena Isinbayeba en las elegantes mazmorras del Reconquista y ya quedé noqueado por una belleza y una dulzura a juego con su talento para la ingravidez; pero, para redondear el impacto, ayer me sometí en el bendito Youtube a varias exposiciones del momento de su recogida del premio, que no había podido ver el viernes. Lo del balón es apasionante, lo admito, pero yo ayer estaba saltando con pértiga.