JAVIER NEIRA
Tenía autóritas. Esa capacidad de mando o de liderazgo o como se quiera ver que es un don natural o quizá aún mejor una cualidad adquirida en el duro ejercicio de la vida, una capacidad superior que hacía que su criterio siempre se tuviese en cuenta porque, y ahí está el gran secreto, sin duda valía más. Por eso Sabino Fernández Campo despertaba devoción más allá todavía de la enorme admiración que levantaba.
Hablaba siempre desde la ironía, tan sutil que muchos ni se enteraban de sus frases cargadas de intención e inteligencia. Y escribía como aquellos soldados de tiempos mejores que de Garcilaso a Cervantes dejaron páginas literarias y épicas de verdadera gloria.
Vivió en primera persona dos décadas decisivas en la historia de España. Y aún más, las protagonizó hasta un punto que quizá no seamos todavía capaces de imaginar. Paró la locura golpista de algunos de sus compañeros de armas y siempre subrayó con especial amargura que, después, no supiesen afrontar con hombría sus graves responsabilidades. La transición si tiene algún apellido, después de los nombres capitales del Rey y de Suárez, es el suyo. De naturaleza conservadora se llevaba mejor, sin embargo, con la izquierda moderada que gobernaba en España mientras él dirigía la Casa del Rey que con la derecha que la sucedió. Sufría por los riesgos de secesión de la nación porque también a él le dolía España.
La vida le trató con crueldad al tener que asistir una y otra vez al fallecimiento de varios de sus hijos. Como buen carbayón siempre se preocupó por los asturianos que es la mejor manera de atender a Asturias. Querido, admirado, respetado y útil. Una biografía plena de un gran patriota que hizo historia.