J. C. GEA
No sé si he dicho ya aquí que esta profesión es, al menos, tan rutinaria como cualquier otra (que no lo recuerde quizá sea una prueba de ello). Tener que repetir cíclicamente rituales informativos soldados a la rotación del calendario produce, con los años, la sensación de estar atrapado en el bucle de una pieza de videoarte: un anillo de 365 días en el que aparecen y desaparecen los elementos adventicios -los invitados a una «Semana negra», los presentadores de una gala, los premiados en tal o cual certamen, los pregoneros de tal o cual fiesta- sobre un fondo invariable en cada momento del giro. Uno de los elementos que empezábamos a creer tan fijos como ese fondo era Sabino Fernández Campo, plantado en el centro del atrio de la casa de Jovino, esperando para elogiar sin desvelar las candidaturas del premio «Jovellanos» y capeando con elegancia y un punto de socarronería alguna cuestión del momento relacionada con la monarquía. Finalmente, ha resultado ser también uno de los elementos peregrinos. No así su recuerdo: seguirá en el centro del atrio cada mes de enero.