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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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MATÍAS RODRÍGUEZ INCIARTE
PRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN PRÍNCIPE
El fallecimiento de Sabino Fernández Campo supone una inmensa pérdida para Asturias y para España. Era una de esas raras personalidades que, ya en vida, cobra proyección histórica. Tendrá, sin embargo, que transcurrir aún algún tiempo para que los españoles puedan calibrar adecuadamente su extraordinaria contribución a la España moderna.
Conocí a Sabino de la mano del profesor Uría y de mi padre, allá por los finales de los años setenta, en plena transición política. Nunca les agradeceré bastante el haberme facilitado lo que fue una verdadera inmersión en un pozo de sabiduría y sentido común. Tuve la gran fortuna de repetir, en aquella época y en no pocas ocasiones, esos encuentros, normalmente los cuatro alrededor de la mesa para almorzar. Cada reunión era un verdadero descubrimiento que, para una persona como yo, que daba, entonces, los primeros pasos en la vida pública, supuso un curso de formación profesional acelerada en las complejidades y sutilezas de la política española. Me sorprendió, entonces, de Sabino su clara inteligencia, que se dirigía como un rayo láser al meollo de los problemas; su perspectiva para situar cada cuestión en el marco de una trayectoria histórica y -se ha subrayado en muchas ocasiones- su sutil sentido del humor; una ironía distante, llena de ingenio y que surgía de dentro, de manera casi espontánea, para esquivar así cualquier tentación de gravedad pomposa.
En los más de treinta años transcurridos, desde aquellos primeros encuentros, tuve la fortuna de seguir coincidiendo con Sabino en muy diversos ámbitos, desde la política y la empresa a la etapa actual de la Fundación Príncipe de Asturias, sin olvidar las periódicas cenas de esa cofradía que tenemos en Madrid y que responde a las siglas A. P. Q.
No recuerdo ocasión alguna en la que, de una reunión o encuentro con Sabino, no surgiera una reflexión atinada sobre la cambiante realidad de nuestro país o un juicio certero sobre la mejor forma de abordar un proyecto o de resolver una cuestión. Esa innata creatividad y curiosidad por las cosas, afortunadamente, no le abandonó nunca. Se entregó a todos los importantes proyectos que tuvo entre las manos, entre ellos el de la Fundación Príncipe de Asturias, con entusiasmo y con dedicación, de las que pude ser testigo, sin regatear su talento y con una infatigable ilusión por el futuro.
Asturias, singularmente, le debe mucho. Sería muy conveniente que, como ejemplo para generaciones futuras, se llevara a cabo una divulgación biográfica de todo lo mucho que Sabino Fernández Campo llevó a cabo en su vida. Ejemplos como el suyo servirían de referencia de honestidad, entrega y, en definitiva, de dignidad para la vida pública y reforzarían, en la sociedad civil, el estímulo para hacer, desinteresadamente como él lo llevó a cabo, algo permanente en favor de los demás.
Su familia, sus hijos y, muy especialmente, M.ª Teresa tienen muchos motivos para sentir un profundo orgullo y, a los que nos consideramos sus amigos nos queda el estímulo y el aliento permanente que representa su ejemplo.
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